Películas, guitarras y periodistas

Eden-dj

Paul es un DJ parisino especializado en garage house. Junto a su amigo Stan forma el dúo Cheers con el que planean dominar la escena electrónica francesa. Ese es el eje sobre el que gravita “Eden”, película dirigida por Mia Hansen-Løve, sobre la eclosión house en el país vecino en los años 90. Basada en la experiencia personal de su hermano Sven, el film (en el que incluso aparecen Daft Punk interpretándose a ellos mismos) sigue a lo largo de veinte años (de 1993 a 2013) al protagonista, narrando su auge y caída tanto personal como detras de los platos.

Su estreno es la excusa perfecta para llamar a la puerta de cinco periodistas musicales valencianos e interrogarles sobre su película musical de ficción favorita. La selección es impecable. Un programa quíntuple (aunque en realidad salen más cintas a colación) que todo melómano debería ver sí o sí.


Rafa Cervera

El País, Cuadernos Efe Eme, Cultur Plaza, Primera Línea, Jot Down, Ruta 66, GQ.

“Tommy” (Ken Russell, 1975)

“Tommy” es una película extraña en todos los sentidos, tanto como lo fueron su director, Ken Russell, y casi toda la filmografía de este. Con “Tommy”, Russell se dio el gusto de hacer lo que no había podido hacer hasta entonces, aprovechando que adaptaba un disco de rock, y se le fue la olla más de la cuenta (un año después se le fue completamente con “Lisztomania”). Uno de los aspectos más interesantes de “Tommy” es que fue un acontecimiento porque por primera vez se hacía una película basada en un álbum de rock. Hasta entonces la relación entre el cine y el rock había sido muy concreta: las películas de los Beatles, los retratos generacionales tipo “American graffiti” y “Jesucristo Superstar”. “Tommy” estaba en otra órbita.

Roger Daltrey, cantante de The Who, la protagonizó y después de eso quedó condenado a ser “Tommy” durante unos cuantos años; también había cameos de Eric Clapton, Elton John y Tina Turner en momentos únicos de sus respectivas carreras (antes de que los tres se convirtieran en figuras domesticadas durante la década siguiente, quiero decir). Cuando la película se estrenó fue una especie de acontecimiento que en España se sublimó aún más por el momento político en el que vivíamos. Franco aún no había muerto pero se respiraban ya aires de cambio; la censura le puso peros a la película y cortaron la secuencia en la que los feligreses del reverendo Clapton comulgan con whisky y anfetaminas. La puesta en escena era tan disparatada que hoy tiene la misma gracia que los viejos programas de variedades de Valerio Lazarov. A veces me preguntó si éste no le copió a Russell algunas cosas de la película, esos zooms totalmente fuera de control, los decorados que convertían la noche familiar del sábado en una experiencia encubiertamente surrealista.

Vista desde el presente, “Tommy” se mantiene como algo único e inclasificable. Recuerdo que cuando al fin logré verla –creo que en el cine de verano de Pobla de Farnals, un año o dos después de su estreno en el cine Oeste- me descolocó lo cutre que era todo; en las fotos que se habían publicado en Vibraciones y Popular 1 todo parecía de primera división cuando en realidad abundaba el cartón piedra. Hace unos años me compré el DVD con la versión del 30 aniversario y sentí de nuevo esa combinación de admiración y vergüenza ajena que para mí la convierte en algo imprescindible. Ann-Margret está espectacular (gracias a Tommy se convirtió en una de mis obsesiones preadolescentes) y Roger Daltrey seguía resultándome irritante. La escena en la que Margret se revuelca en una mezcla repugnante de champán, habichuelas y detergente me sigue pareciendo uno de los momentos más perversos del cine. Eso y las bailarinas de cabaret que aparecen huyendo de los bombardeos alemanes por la calles de Londres con máscaras antigás son mis momentos fetiche de “Tommy”.


Eduardo Guillot

Rockdelux, La Cartelera de Levante, Cultur Plaza.

“Hedwig and the Angry Inch” (John Cameron Mitchell, 2001)

Cada vez que reviso “Out of the blue” (Dennis Hopper, 1980), además de quedarme destrozado, pienso que no hay película que haya sido capaz de transmitir mejor el sustrato nihilista del punk. Y siempre reivindico “One-trick pony” (Robert M. Young, 1980), probablemente la que ha retratado con más fidelidad y realismo los sinsabores de la vida del músico (el guión es de Paul Simon), lejos de relatos falsos, edulcorados y que mitifican el tópico como la detestable “Casi famosos” (“Almost Famous”, Cameron Crowe, 2000). Pero si solo puedo elegir una, y dejo de lado “This is Spinal Tap” (Rob Reiner, 1984), el mockumentary por excelencia, me quedo con “Hedwig and the Angry Inch” (John Cameron Mitchell, 2001), un musical glam (adaptación de la obra teatral homónima) que contiene un puñado de magistrales canciones firmadas por Stephen Trask (un tipo que ha tocado con Debbie Harry, Lene Lovich o Joey Ramone) y cuenta la delirante historia de una estrella rock transexual. Un espectáculo total que, además, es una apología de lo diferente y de la música como vehículo de autoafirmación personal.


Marta Moreira

ABC, Esquire.

“Alta fidelidad (High Fidelity)” (Stephen Frears, 2000)

Si tenemos que situarla dentro de un género, “High Fidelity” no es más que una comedia romántica, pero a mí me encanta porque presenta la música como el último asidero de nuestra felicidad. Sobre todo porque lo hace con sentido del humor y sin erudiciones innecesarias.

La película –que es la adaptación cinematográfica del libro de Nick Hornby, realmente ambientado en Londres, no en Chicago- tiene como protagonista a un treintañero propietario de una tienda de discos para gente de gustos exquisitos (al resto de clientes los mandan al mall). A Rob (John Cusack) le deja la novia, y para restañar sus heridas decide reordenar su ingente colección de vinilos. No por género, no por orden alfabético, sino siguiendo un complejo sistema autobiográfico al que solo él puede dar forma.

Y ahí le vemos en su salón, acompañado de una suculenta montaña de vinilos en la que nos encantaría meter las narices. Apilados a su alrededor como metáfora perfecta de los escombros de su corazón, Rob comienza a recordar y a comprender las razones que le han llevado adonde está. Es un proceso catártico que entendemos bien: si ya no sabes qué lugar ocupas en el mundo, enciérrate con tus discos y pronto verás alguna luz. Son los únicos amigos con los que queremos estar cuando no queremos estar con nadie.

Pero la película habla de más cosas. De hacerse mayor conservando la curiosidad y el fervor adolescente; del esnobismo entrañable que rodea al mundo del coleccionismo y de la costumbre, ya tristemente perdida, de grabar recopilatorios personalizados para alguien a quien quieres.


Carlos Pérez de Ziriza

El País, Mondo Sonoro, Cuadernos Efe Eme, Cultur Plaza, Cartelera Turia, El Hype, Portal Cannabis, Beat Valencia.

“24 Hour Party People” (Michael Winterbottom, 2002)

Puestos a escoger una película de temática musical, se me ocurren pocos films como “24 Hour Party People” (2002). Más que un largometraje, siempre me pareció un prodigio. No es ni un biopic ni un documental, aunque participe de algunos de sus códigos. No es tampoco una obra de ficción, aunque -obviamente- redibuje los contornos de una epopeya musical tan poco lucrativa en su momento como elevada -con el paso del tiempo- al estatus de leyenda seminal. Y, sobre todo, recrea la cuadratura del círculo con el más difícil todavía: revisar una veta esencial en quince años de evolución del pop británico (desde el primer bolo de los Sex Pistols en Manchester, en 1976, al ocaso de The Haçienda, bien entrados los 90) aunando rigor, un sano y descacharrante sentido del humor y la prosperidad en taquilla que todo proyecto comercial merece. Y en esas artes, toca quitarse el sombrero ante la escuela británica. Y toca hacerlo doblemente si ese director responde al nombre de Michael Winterbottom, el versátil responsable de obras de la talla de “Wonderland” (1999), “El perdón” (2001), “In This World” (2002), “Tristram Shandy: A Cock and Bull Story” (2006) o “Génova” (2008).

La espléndida galería de personajes que pueblan esta historia de independencia creativa sin peana para mitificaciones ya por sí sola vale un potosí. Entre ellos, no falta ni un solo agente de la industria del pop, bien sea a una escala bastante menor a la que estamos acostumbrados de ver en la gran pantalla. Con sus luces y con sus sombras. Desde Ian Curtis (vocalista de Joy Division, interpretado por Sean Harris) hasta Shaun Ryder (jefe de los Happy Mondays, abordado por Danny Cuningham), pasando por el diseñador talentoso, de arte intransferible (Peter Saville), el productor visionario y excéntrico (Martin Hannett), el manager de fidelidad inquebrantable (Rob Gretton) y el músico comercialmente invisible pese a sus destellos de genio (Vini Reilly). Sin olvidarnos de los breves cameos de los mismísimos Howard Devoto (Buzzcocks, Magazine), Mark E. Smith (The Fall) o Mani (Stone Roses). Y por encima de todos ellos, claro está, un mayúsculo Steve Coogan, dando vida al simpar Tony Wilson: el entertainer y empresario que puso en pie Factory Records y The Haçienda, sala de conciertos y meca del baile del norte de Inglaterra desde que el furor rave y el éxtasis la alcanzaron de pleno, a finales de los 80. Todo un personaje, en el sentido más amplio del término.

“24 Hour Party People” es, además, un auténtico caramelo para todo aquel que se haya educado musicalmente al calor del primer indie británico, el sonido Madchester o cualquier tramo de la discografía de New Order (“Here To Stay”, uno de sus últimos grandes singles, era el único tema inédito en su banda sonora). Así que si alguien nos hiciera la clásica pregunta de la isla desierta, no albergaríamos ni una duda: de cabeza con ella.


Juan Puchades

Cuadernos Efe Eme, Babelia, Efe Eme.com.

“American graffiti” (George Lucas, 1973)

Puro ejercicio de nostalgia juvenil, George Lucas —en una de sus escasas incursiones en la dirección— decidió recrear en 1973 un tiempo definitivamente perdido, el de los Estados Unidos felices previos a la guerra de Vietnam. Un film ambiento en 1962, un momento de placidez y bonanza económica, que no es en absoluto una película musical, pero donde la música es elemento esencial y constante, con aquel roll and roll previo al desembarco de lo que se conoció como la “british invasion” (con los Beatles en cabeza dispuestos a hacerse con las listas de éxito estadounidenses) subrayando cada escena.

En realidad, lo que narra “American graffiti” es el final de la adolescencia desde el corazón de los hijos del llamado “sueño americano” en la última noche de las vacaciones estivales, horas antes de que los protagonistas emprendan el camino hacia la vida adulta, en la Universidad o a la búsqueda de empleo, fijando para ello una serie de tópicos clichés definidos por el perfil de cada uno de los personajes principales: chicos y chicas bonachones, tontorrones, sin obviar al malote, “rebelde sin causa” empachado de James Dean. De fondo, relaciones sentimentales, escarceos sexuales, carreras de coches y diversión sin excesiva maldad ni cerebro.

No es una de aquellas cintas que integran ningún canon, ni de las más rutilantes que ha dejado el cine al enredarse con temáticas musicales, pero, con toda su carga de buenismo e ingenuidad, fija un tiempo que los aficionados al rock and roll primero reconocemos: el de su eclipse inexorable. Y es que en esa noche última que relata hay algo también del crepúsculo de una era: en realidad estamos asistiendo al final de la explosión musical surgida en los años cincuenta: el rock and roll hace tiempo que ha sido deglutido por el sistema y ahora se oferta domesticado y envasado al vacío. El increíble, pero real, DJ Wolfman Jack, el locutor radiofónico, es prácticamente quien desde el micrófono y con sus parrafadas está celebrando el responso, extensible a todo un ciclo vital y social en Estados Unidos.

“American graffiti” mantiene su magnetismo de certero espectáculo comercial para sábado por la noche en compañía de palomitas y refresco con burbujas, que es, a fin de cuentas, lo que el cine de Lucas siempre ha perseguido. Pero es imposible referirse a este film sin mencionar su banda sonora, que en realidad no es tal, ya que recoge canciones que se escuchan en la película junto con otras que pertenecen al periodo, siendo pionera en esto de discos “inspirados” por una peli pero que tienen vida propia. El resultado es un incendiario tratado de rock and roll y doo woop agrupado en un doble álbum con una selección de canciones matadora. A veces me pregunto si el interés que despierta “American graffiti” no estará justificado casi exclusivamente por tan abrumador disco. No me extrañaría en absoluto.

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