Escenarios

A la caza del maillot amarillo de la vida

“Tourmalet” en Russafa Escenica 2017. Foto: Abad Fotografia.

Tres ciclistas. El espíritu de Ocaña, Poulidor y Bartali. El ascenso a uno de los puertos de montaña más duros del Tour de Francia. El ciclismo como metáfora de la vida. Son algunas de las claves de Tourmalet, la nueva producción de Groc Teatre, dirigida y escrita por Miguel Ferrando Rocher, con el que charlamos aprovechando una parada de avituallamiento.

¿Cómo surge la idea de Tourmalet?

Si digo la verdad casi ni recuerdo cómo surgió. Por un lado, todo arrancó con el festival Russafa Escénica. En el festival cada año proponen un tema que sea el eje de las propuestas escénicas. En 2017 el lema fue “Caminos” y, supongo, que, a partir de ahí, algo dentro de mí me llevó al Tourmalet que literalmente quiere decir “camino de mal retorno”.

¿Eres aficionado al ciclismo? ¿Ha sido intencionado situar la obra en un período histórico en el que los escándalos por dopaje no habían aún saltado a los medios?

Sí, soy aficionado al ciclismo, hubiera sido muy difícil arrancar este proyecto sin estar de algún modo enamorado de este deporte. Estrictamente hablando la obra se sitúa en el presente, todo empieza con una peregrinación de tres hermanos, ciclistas profesionales, que se dirigen al Tourmalet. A partir de ahí entran en juegos las leyendas épicas, las historias de otros tiempos y es donde aparecen las figuras de Bartali, Poulidor, Ocaña…. pero también se cuentan las sombras, por supuesto. Lance Armstrong también forma parte de la historia, por ejemplo.

¿Qué te aporta creativamente hablando el ciclismo que no se encuentra en otros deportes?

Es difícil encontrar la épica del ciclismo en otros deportes. En todos los deportes hay historias de superación, por supuesto, pero el ciclismo tiene algo especial. Son ellos, los ciclistas, solos contra el mundo. En las Grandes Vueltas hay etapas de hasta 200 km casi diariamente, superando montañas de desniveles increíbles. Es inevitable encontrar ese paralelismo con la vida. Con los muros que hay que superar. Creativamente los actores además han encontrado un elemento clave en la bicicleta. Lo que podría ser algo estático sobre un escenario se transforma en un elemento de una riqueza infinita.

¿En qué ha cambiado el Tourmalet que fue seleccionado en Russafa Escénica 2017 y el que ahora se estrena en el Micalet?

Es radicalmente diferente. Apenas hemos mantenido 14 minutos de la primera propuesta en Russafa Escénica, ahora la obra dura 70. En Russafa Escénica la estructura de la obra eran principalmente dos monólogos centrados en las vidas de Luis Ocaña y Gino Bartali. Ahora, lo que allí era el eje neurálgico, es ahora una pata más dentro del engranaje de la obra. La historia de tres hermanos (Federico, Miguel y Alberto) cobra el verdadero protagonismo de la obra y creo que será una de las cosas que más guste a los espectadores.

¿Cómo llevaste a cabo la selección de los actores? ¿Escribiste la versión definitiva sabiendo quienes iban a ser?

Héctor Fuster debía ser Gino Bartali. Eso lo tuve claro desde el primer momento. Fue una suerte tremenda que se enamorara del proyecto y se involucrara tanto desde el minuto uno. Respecto a Luis Ocaña, es cierto que no tuve la misma intuición, pero entonces apareció Jorge Valle con el que había trabajado en un taller en la Escuela Superior de Arte Dramático y en seguida supe que debía ser él Ocaña. Ahora se han unido al equipo Robert Roig y Guille Zavala. Nunca antes habíamos trabajado juntos así que no escribí nada concreto pensando en ellos, pero tras las primeras lecturas sí fuimos ajustando partes del texto que sabía que funcionarían mejor siendo ellos los cuerpos que iban a dar vida a cada uno de los personajes. Así pues, nunca ha habido una versión definitiva sino una primera versión que se ha ido transformado durante el proceso, y eso desde luego es una ventaja. En mi opinión, es una buena manera de trabajar, al menos en este montaje.

¿Estás abierto a la colaboración de los actores en el texto o se trabaja sobre uno cerrado en el que no hay lugar a improvisaciones o propuestas?

Por supuesto. En la segunda semana de ensayos vino Guille Zavala y me dijo: “Mira, he escrito esto, a ver qué te parece.” Y estaba realmente bien. Aportaba una visión de su personaje que yo nunca hubiera imaginado. Nunca hay que descartar ideas, nunca hay que decir que no. El texto está vivo a posibles cambios. Evidentemente llega un momento en que el director toma las decisiones correspondientes y se cierra el texto, pero antes de eso tiene que haber un periodo de intercambio, de aceptar las ideas y propuestas de los actores.

Cartel diseñado por Jorge Lawerta.

El diseño gráfico corre a cargo de Lawerta y es todo un acierto porque ayuda desde el primer momento a introducirse en un época y una manera de entenderse el ciclismo muy concreta. ¿Por qué te decidiste por él?


Jorge Lawerta es uno de los mejores ilustradores de Valencia y sabía que contar con él solo podría traer algo bueno. De hecho, el logo de Groc Teatre es diseño suyo también.
 La idea de volver a contar con él para este nuevo proyecto me surgió cuando vi una ilustración suya de Luis Ocaña. Se me encendieron todas las alarmas. Era exactamente lo que necesitaba. Le llamé, le conté la historia y en apenas unos días ya lo tenía todo claro. Además, la estética retro de Tourmalet encaja perfectamente con la propuesta artística de Lawerta.

¿Crees que hay algún hilo invisible que va uniendo todas tus obras provocando que una no exista sin la anterior?

Completamente. Creo mucho en unir los puntos. Estoy donde estoy y hago lo que hago porque todo lo que he hecho antes me ha traído exactamente hasta aquí. Genovese, mi anterior obra, trataba un tema completamente diferente como es la violencia machista, pero sin embargo hay un rasgo indistinguible en la estructura de Tourmalet que bebe de aquella obra. No diré ahora cual, pero creo que los espectadores de ambas obras podrán detectarlo. Además, tanto Genovese como Tourmalet parten de historias reales como disparadero para contar algo que va más allá del hecho.

¿Se podría hacer una analogía entre la dureza que supone ascender el Tourmalet y
sobrevivir profesionalmente del teatro?

Sí se puede. Te pondré un ejemplo: en un momento de la obra, los personajes, que llevan un buen rato pedaleando, se plantean qué están haciendo. “¿Qué necesidad hay? ¿No sería mejor bajarse de la bici y volver a casa? ¿Por qué pedalear? ¿De verdad merece la pena?”. Tratar de sobrevivir haciendo teatro es como subir al Tourmalet… a pesar de que cueste, a pesar de a veces no encontrarle el sentido, es inevitable.