Hablando, en serio, de hacer reír

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Berto Romero apareció en el programa de Buenafuente (que no en el panorama humorístico de este país) ejerciendo de sobrino del susodicho. A las pocas semanas su agilidad en las réplicas, su desenfado y, claro está, unos estupendos guiones, consiguieron que hiciera sombra a Andreu. A partir de ahí se disparó su carrera y su talento. No, no diremos que practica el humor inteligente (horror de etiqueta), más bien que lo inteligente es disfrutar su humor. Pero, ¿con qué humor disfruta él?

¿Cuál es tu primer recuerdo de algo que te hizo reír?
No lo tengo claro, pero supongo que fue algo así como la sensación de tener la teta de mi madre en la boca o que me limpiaran el culo con un paño húmedo y caliente, como a todo el mundo.

Y ahora, ¿qué cosas te hacen gracia?
Soy de buen reír, me río mucho y a gusto, me gusta la comedia, premeditada o espontánea, lo inesperado, la sorpresa, todo eso acostumbra a hacerme reír.

¿Cuándo decidiste que el humor era lo tuyo?
De adolescente, cuando comprobé que la gente (y cuando digo gente quiero decir mujeres) me prestaban más atención cuando hacía el payaso que cuando no.

Has hecho humor en radio, teatro, televisión, monológos,… ¿Crees que cada medio tiene sus propios códigos humorísticos?
Cada medio tiene su oficio y sus trucos, pero la esencia de la comedia es la misma, y se aplica en todas las circunstancias de una forma u otra.

En tu libro “Cero estrellas” (escrito con Xavier Tribo) se reproducían las supuestas críticas del incisivo (e inexistente) periodista Antonín Fajardo. ¿Has vivido alguna vez en tus carnes (por ejemplo cuando se estrenó tu programa en solitario) el ataque de algún crítico similar?
Criticar es el deporte nacional de este país, ya sea en forma profesional o amateur. Claro que he vivido críticas, muchas, pero hago con ellas como con los halagos, estoy al corriente pero no me obsesiono.

En ese caso, ¿sabes buscarle el punto gracioso al asunto?
Lo de buscarle el punto gracioso a todo para mí ya es cuestión de supervivencia.

En muchas de tus actuaciones consigues transmitir la sensación de que tus réplicas son improvisadas, ¿son así o hay detrás una labor importante de guión?
De todo hay. Pero no puedo darte más detalles para no romper la magia.

Ya que hablamos de guión y humor, ¿qué guionistas  te interesan?
De los vivos he tenido la suerte de trabajar con los mejores. No te voy a dar nombres porque sería injusto ya que me olvidaría de muchos, pero siguen en activo y siguen siendo muy buenos. De los muertos, mi favorito es y será siempre Azcona.

Y si hablamos de humor en España, ¿de quién te encuentras más cercano?
No lo he pensado demasiado. Me siento cercano a Andreu y su gente, pero también a los Chanantes y los que cultivan el post-humor. Es que me gustan todos, y supongo que me quiero parecer a todos, y a ninguno. Todos mis compañeros monologuistas,  desde Leo Harlem a Dani Rovira, desde Miguel Lago a Iñaki Urrutia, yo qué sé. Faemino y Cansado como referentes vitales. Rubianes… Si empiezo, no paro.

¿Y a nivel internacional?
Sigo a todos. Ricky Gervais, Louie CK, los del Saturday, The IT Crowd, Little Britain, Conchords… Intento estar al día. Todos me hacen reír.

¿Crees que la comedia está, en todos los sentidos, infravalorada?
Puede que sí, pero ¿acaso no está infravalorado también el teatro dramático? ¿Y el cine? ¿Y el arte en general? Por lo menos, con la comedia, nos reímos, los de arriba y los de abajo del escenario, A mí la verdad es que me importa más bien poco que me infravaloren o me sobrevaloren. Lo que quiero es que la gente se ría conmigo. El resto son asuntos que no me competen demasiado.

¿Tienes la sensación que los políticos, por sus declaraciones, cualquier día os quitarán el puesto a los humoristas?
La verdad es que no. A mí no me hacen ninguna gracia. Y cada vez menos.

¿Cómo valoras el surgimiento de un humor muy agresivo (incluso a veces maleducado, que no subversivo ni transgresor) que podrían representar la revista Mongolia y algunos twitteros?
Pues depende de quien lo valore, claro, como siempre. Los límites del humor los pone siempre el público. A mí por ejemplo me gusta lo que hace Mongolia, y no me parece más agresivo que los comportamientos de aquellos a quienes satirizan. En cuanto a los twitteros, pues sí, a mí por ejemplo, me ofende cuando la cosa se pone muy bronca, pero ese es mi nivel de tolerancia, como cada cual tiene el suyo. Al final, se reduce a no comprar la revista o darle al block en twitter y ya está. Yo no llevaría el debate más allá, porque entonces caemos en la tentación de empezar a cortar alas, y me consta que el resultado es peor.

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