Escenarios

Mágica lucidez

LUCID PREMSA rafa 2
Foto: Iaia Cárdenas

“En general me gusta la música genuina; cuando la persona que hizo esa canción realmente disfrutaba haciéndola, sabía que era una buena canción y la grabó absolutamente convencida. Eso siempre transmite una cierta magia, conserva algo especial. Cuando sucede eso, cuando escuchas eso, simplemente lo notas de inmediato; es una cualidad indefinible y no sabes decir por qué sucede”. Esas palabras de Beck, releídas recientemente en una entrevista antigua, me acompañaron durante toda la representación de Lúcid. Cambiando, obviamente, las referencias musicales por otras teatrales.

La magia del teatro. Esa entelequia, de la que uno se había hartado oír hablar, no es tal. Existe. Bastan unos minutos para comprobarlo. La actriz Verònica Andrés iluminada en un lateral del escenario. Mis ojos se quedan fijos como si estuvieran ante un fotograma congelado. Dan ganas de aplaudir a Marc Gonzalo por su trabajo con las luces. Es casi un cuadro. Es algo más. La puerta a la historia que nos van a contar. La clave, entonces imposible de descifrar, de todo lo que vendrá después.

Porque nada en Lúcid es casual. Y uno lo va descubriendo con el tiempo. Unas horas después. Unos días. O nunca. Da la sensación que ni al director, ni a los actores les importa. Ellos necesitan esa información para seguir avanzando en la narración, para entender mejor los personajes y sus maneras de actuar. Y, como bien dice, Beck, eso se nota de inmediato.

Lúcid es una coproducción de Teatrencompanyia y Lupa Teatre sobre un texto de Rafael Spregelburd, adaptado por Xavier Puchades a partir de la traducción al catalán de Pere Puig. Puchades es también el director del montaje. ¿El argumento? Mejor saber lo justo. Una madre, dos hijos, un camarero, un hombre casado aficionado al tenis, un terapeuta de métodos algo estrambóticos, Miami-Morella-El Cabanyal, unos sueños con mando a distancia y alguien que reclama algo del pasado.

Foto: Iaia Cárdenas
Foto: Iaia Cárdenas

Cuatro actores bastan para contar esta historia llena de matices y metáforas. Verònica Andrés borda su personaje de Teté. Capaz de pasar (sin que el espectador perciba esa transición) de un perfil de señora que ha perdido su buena posición social (agarrándose a las apariencias como último clavo ardiendo) al retrato de una mujer casi de pueblo; una Lola Gaos obsesionada con sus pensamientos, manías y miedos; medio perdida en su mundo interior. Tan brillante cuando exhibe su galería de tics o movimientos casi-seniles (frotarse los brazos, rascarse las piernas, estirarse el vestido,…) como cuando desprende toda su sensualidad. Resulta imposible no buscarla con la mirada incluso cuando la acción narrativa no recae en ella. Siempre hay un gesto que refuerza lo que se está contando, o que ofrece el contrapunto, o que marca un paréntesis cómico. Sé que es injusto, por todo el trabajo que hay detrás, pero para el espectador, Verònica Andrés (o, igual sería más correcto decir, Teté) es Lúcid.

Àlex Cantó tiene el papel más difícil. Saber controlar a su personaje debe haber sido un desafío (para él y para Xavier Puchades). Cualquier exceso interpretativo estaría justificado por un texto que, con él, coquetea con el absurdo. Pero no hay histrionismo. Y tampoco contención. Fluye incluso en situaciones realmente dantescas, recibidas con risas en voz alta, pero que se funden de inmediato en el curso de la obra. De haber traspasado esa delgada línea roja hacia la exageración o la caricatura, Lúcid se habría convertido en algo parecido a esas series de televisión tan dadas a la desmesura y a los chillidos.

Álvaro Báguena luce una elegancia actoral que por desgracia parece perdida hoy en día. Siguiendo la estela de Michael Caine (por poner un ejemplo) circula de la comedia al llanto, de la bonhomía a la confesión cruel, con una fluidez y una naturalidad desbordante. Le bastan un cambio de vestuario (una simple rebeca), una expresión facial, unos hombros caídos para transitar de un estado anímico a otro a una velocidad excelsa.

Y Arantzazu Pastor es el motor de la historia. Tienen la difícil papeleta de conseguir que su personaje permanezca en el recuerdo de todos nosotros aún sin estar en escena unos cuantos minutos. Es increíble su capacidad para empatizar con los otros protagonistas. Su rol es el menos disparatado (aunque también en ocasiones) y parece muy trabajado evitar caer en el contagio. Es la que tiene más momentos, digamos, fuera de plano, que no de la atención argumental. Y eso tiene mucho mérito.

El mismo que haber construido este animal escénico que no deja casi parpadear al espectador. Un ritmo frenético. Una dirección milimétrica, que en ocasiones (el pedaleo en la bici, la taza con la infusión, el movimiento de sillas, el camarero tomando nota,…) parece una coreografía cuyo objetivo es mandar continuamente a la platea estímulos que ayuden a entender mejor la obra. Xavier Puchades aúna perfectamente un dominio brutal sobre todo lo que ocurre en el escenario (dudo que se pueda sacar más provecho al vestuario de María Almudéver, la escenografía de Xavo Giménez y Iaia Cárdenas, la música de Po Poy y Agnès Pe,…), con un control del texto magistral. La escena de la conversación telefónica es el mejor ejemplo. En ella se resume, perfectamente, las virtudes de este imprescindible montaje.

No vayan buscando humor descocado. Ni un drama lacrimógeno. No. Puchades quiere, mima y respeta tanto a sus personajes que nunca les haría eso. Vayan con la intención de disfrutar una historia de, y sobre, personas. Con sus miserias y con sus alegrías. Y con sus sorpresas. Con muchas emociones. Con algo de humor. Una historia que les arrollará y hará con ustedes lo que quiera. Una historia de la que no podrán salir ni cuando hayan abandonado el teatro. Una historia muy bien contada. Una historia con muchos referentes cercanos. Una historia mágica, lúcida, genuina.