Escenarios

¿Quién fue Carmen Tórtola Valencia?

Carmen Tórtola Valencia (Triana 1882 – Barcelona 1955) fue mucho más que una bailarina, especialista en danzas orientales, que giró por el todo el mundo. Rompió con todos los corsés, tabús y tópicos de su época, se relacionó con intelectuales y artistas, viajó mucho por su trabajo y sus inquietudes, y dicen que hablaba cinco idiomas.

Tórtola (Teatre Rialto, del 17 de mayo al 2 de junio), la nueva producción del Institut Valencià de Cultura, habla de ella. Dirigida por Rafael Calatayud, está interpretada por Mª José Peris, Resu Belmonte, Marta Chiner, Anna Casas, Anaïs Duperrein, Alejandra García. La dramaturga, actriz y directora Begoña Tena es la autora del texto. Con ella, hablamos de su escritura.

¿Cuándo y cómo se cruza Carmen Tórtola Valencia en tu camino?

Fue hace 20 años a través de unas fotografías. Tengo un par de amigos, Jasón Anaya y Jaime Medina, que son muy tortolistas, que me comentaron cosas sobre ella. Medina regentaba una galería de arte, la Kitsch International, en El Carmen, y allí tenía una pequeña colección de productos de cosmética, con unas cajas de jabón con la imagen de Tórtola. Primero me llamó la atención las fotografías, porque tenían una puesta en escena increíbles, y luego la propia sonoridad del nombre, Carmen Tórtola Valencia, que me parecía como muy evocador.

Durante 20 años ha estado ahí rondándome su figura, me parecía muy interesante, pero no conocía tampoco demasiado sobre ella. El año pasado salió una convocatoria de residencia de escritura (el Laboratorio de Dramaturgia Insula Dramataria Josep Lluís Sirera) y el lema era la identidad. Enseguida me acordé de ella porque jugó a tener tantas identidades que me pareció el personaje perfecto.

¿Te costó encontrar cómo querías contar su historia?

Al principio no lo tenía nada claro. Además, hay muy poca información accesible sobre ella. Nunca escribió sus memorias, así que no me podía agarrar a lo que hubiera contado de su vida. Lo que sí hay son muchas entrevistas que concedió a revistas, pero eran fantasiosas totalmente, era una mentirosa patológica. Mentía muchísimo. Documentándome, lo que sí encontré es que muchos artistas habían hablado de ella. Fue la musa de bastantes pintores españoles, varios poetas le escribieron poemas, también fue la protagonista de alguna novela. Y a partir de lo que dijeron otros sobre ella empecé a construir la obra.

Lo que sí tenía claro desde el principio es que ella era la protagonista porque en teatro se vive el presente y ella iba a estar en escena. Pero cómo contarlo ha sido un proceso muy largo. Lo bueno de tener la residencia es que eran nueve meses de escritura y te da mucho tiempo para ir probando cosas. Llevaba como un par de años escribiendo mucho teatro, pero por encargo o junto a otras personas, y lo que me apetecía era poder hacer lo que yo quisiera. Y eso casaba mucho con el personaje, porque si algo define a esta mujer es que hizo, o intentó hacer, siempre lo que quiso. Tórtola es el trabajo más importante que he hecho como autora, o del que más satisfecha estoy. Por la libertad que he tenido y por recuperar mi voz.

Dices que, sin proponerlo, Tórtola es una obra política.

En un principio, yo estaba fascinada por el personaje de Tórtola, o mejor dicho por su máscara artística. Ella era una intelectual que se relacionaba con muchos intelectuales en España y en el extranjero. Fui al Institut del Teatre de Barcelona donde hay parte del material de Tórtola que ella misma cedió. Allí me encontré un álbum con recortes de prensa, porque era muy fetichista y guardaba todo lo que se publicaba sobre ella y la gente que le interesaba, y también dedicatorias. Las había de, por ejemplo, Valle-Inclán, pero también de la hermana de José Millán-Astray, el fundador de la Legión. Ahí me di cuenta que Tórtola se relacionó con gente muy diversa. Ella sintió fascinación por Francesc Macià, y de hecho encontré una dedicatoria de él. La obra, poco a poco, llega a un momento político cuando Tórtola se retira de la danza, decide volver a Barcelona desde América y se declara republicana catalana. Estalla, entonces, la guerra civil y decide quedarse.

La obra es política porque el personaje intenta luchar por una república que no existe, muy utópica. Aunque pueda parecer un personaje frívolo o superficial, anclado solo en lo estético, en realidad ella hizo una lucha muy política en su momento por vivir como quiso. Fue una mujer contradictoria, poliédrica, no es perfecta, pero en el fondo luchó por la liberación de la mujer y creo que su lucha está muy presente todavía viendo el panorama que tenemos.

¿Cómo afectaron estos descubrimientos al proceso creativo?

Fui documentándome y escribiendo a la vez. La obra es muy diversa, tiene estilos muy distintos, hay escenas con reminiscencias de coro griego, hay tragicomedia, melodrama,… Durante el proceso creativo me sentí como una detective privada que va hurgando en esta vida, algo muy complicado porque no tengo su testimonio en primera persona. Fue muy divertido, me lo pasé muy bien.

Empecé escribiendo una escena sobre la imagen que yo tenía de ella y, luego, poco a poco, me fui encontrando información que me conducía a que aparecieran otros personajes como Pilar Millán-Astray. En este caso concreto ya llevaba bastante avanzado el texto y tuve que reescribir otras partes, pero como digo fue muy divertido. Estuve casi seis meses solamente con el proyecto. Era casi como unas vacaciones pagadas.

¿Es una obra documental, de ficción o ninguna cosa de las dos?



Hay una biografía suya escrita por la novelista María Pilar Queralt y está descatalogada. Al final la encontré gracias al servicio de préstamo interbibliotecario de la Biblioteca de València. También, Irene Peypoch publicó un pequeño librito sobre ella en el que recogía todas las obras en las que había trabajado y contaba algunas cosas íntimas sobre su vida, como el caracter que tenía. Y poco más. 

He hecho una ficción, no es teatro documental. Algunas cosas que cuento son verdad y otras no. Y en algún momento me debatí sobre si tenía derecho a ficcionar sobre la vida de otra persona. Pero luego pensé que Tórtola se pasó media vida ficcionándose, así que creo que le gustaría que siguiera, un poco, la mentira.



¿Cuál ha sido tu relación con la obra una vez el texto estuvo acabado?

La fase final de la residencia consistía en una lectura dramatizada de todas las obras escritas y una de ellas era escogida para montarse, al final resultó Tórtola elegida. La lectura dramatizada sirvió para acabar de fijar el texto porque reescribí en la escena con las actrices, ellas fueron muy importantes para ello. El montaje que ahora se estrena con la dirección de Rafa Calatayud no es el texto original, es una adaptación que respeta el espíritu de la obra y que estuvimos trabajando conjuntamente durante unos meses.

Pau Pons, de El Pont Flotant, nos dijo en una ocasión que para ella las obras estaban vivas, y por lo tanto podían ir modificándose, hasta que se publicaban. ¿Estás de acuerdo?

Cada vez que alguien dirige una obra hace una lectura particular de la misma. Y a su vez, el equipo dirigido por dirección hace otra lectura. Las obras van mutando. Creo que es muy interesante cuando se establece una relación de respeto y de comunicación entre autoría y dirección. 

Los textos cuando estás en montaje son susceptibles de ser cambiados porque el material humano prevalece sobre lo textual. Todo el equipo de una obra debe asimilar ese texto y hacerlo vivo. No creo en esos autores que no quieren que le muevan ni una coma. Ha de crearse una buena relación y que sea fluido el proceso.

Yo, antes, no le daba mucho valor a la publicación de la obra. Y ahora cada vez le doy más. Que se publiquen los textos también es una manera de que no mueran porque estamos viviendo una época en la que la exhibición es tan corta, con producciones que en el mejor de los casos dura tres semanas, que con la publicación se permite que la obra perdure y sean entonces los lectores y lectoras con su capacidad creativa quienes eviten que se muera en el olvido.

¿Cuándo y por qué empezaste a escribir teatro?

Yo he escrito siempre, desde que soy pequeña, pero no escribía teatro. Si no fuera actriz no hubiera escrito teatro. Llego a la escritura teatral por la interpretación. Uno de los motores que me hace escribir es darme trabajo porque las actrices y los actores estamos, muchas veces, esperando que nos llamen. Ese querer hacer, juntado con una voz poética que había palpitando en mí, fue lo que me hizo entrar en la escritura teatral.

El hecho de que además de dramaturga, seas también acrtriz y directora, ¿en qué te beneficia a la hora de escribir?

Para mí es muy importante ser actriz a la hora de escribir. A mí me sirve muchísimo. Yo creo mucho en las actrices y los actores. Me parece que son el material básico para el presente en escena. No puedo dejar de pensar en ellos cuando escribo. También, es cierto, que he tenido la suerte de haber escrito para otros y no solo para mí. Algunos me han dado muchísimo y creo que no podría escribir si no me hubiera relacionado con esos actores, como puede ser el caso, por ejemplo, de Pep Ricart.

También empiezo a escribir porque veo que hay un vacío de personajes femeninos potentes. Sobre todo de mujeres a partir de 40 años. Era una necesidad poner eso en acción. Y, por eso, en Tórtola solo hay personajes femeninos.