Letras

4 libros que no necesitan un titular llamativo para ser leídos

La merienda del parque, de Pablo Albo y Cecilia Moreno (Narval Editores)

El alicantino Pablo Albo es un cuentista de largo recorrido y eso se nota cuando depura su estilo, porque lo minimiza y expande al mismo tiempo. Groucho Marx y Gloria Fuertes se funden en él, para contarnos una historia tan disparatada como divertida en la que una marciana cotidianidad se acaba alojando en el cajón más racional de nuestro cerebro. Las ilustraciones de Cecilia Moreno resultan imprescindibles para que ello ocurra. Juega con pericia, elegancia e imaginación con las formas geométricas; se decanta por colores básicos y reconocibles acertadamente combinados y permite avanzar la narración de la historia a partir de recursos sencillos que no simples.

Un niño se lleva merienda al parque y allí se irá cruzando con 75 gorriones pardos, 167 gusanos aburridos, un ornitorrinco viejo, un guardabosques retirado o algunos mosquitos trompeteros, entre otras visitas variadas.  ¿Ha llegado el posthumor a la literatura infantil? Pregunta sin respuesta, pero se agradece que este libro trate a los más pequeños como lectores inteligentes.

Nueva York. La ciudad de los espejos (Aventuras Literarias)

El mundo editorial español goza de una estupenda salud si a propuestas nos referimos. No solo cada vez surgen más sellos, sino que buscan diferenciarse y aportar algo distinto a la, por otro lado imprescindible, tarea de publicar ficción. Aventuras Literarias es un claro ejemplo. Como ellos dicen en su web, publican mapas para amantes de los libros. Del Londres de las aventuras de Sherlock Holmes al Madrid de las novelas de Pérez Galdós pasando por el París y Buenos Aires de Rayuela. O este ensayo geográfico sobre La trilogía de Nueva York de Paul Auster.

Y sí, el libro contiene un mapa, o muchos mapas para ser más exactos, pero sobre todo en su interior hay una inmersión inagotable en las novelas referidas del autor estadounidense. Consigue lo más difícil, evitar los aires de inventario para dotar de vida lo que cuenta. Se abre con un estupendo preludio firmado por Chus Fernández, “olvidando que todo libro es escrito sobre un libro anterior”, pero guiñando el ojo a los mismos. Continúa con un cuaderno de viaje que merece el aplauso seguido y proyecta en la mente escenas de la trilogía que se podían pensar olvidadas. Hace parada en un entretenido cuaderno de juegos y antes de una agradecida bibliografía, añade una coda que debería haberse bautizado como joya, un ensayo mayúsculo por el que pasean Cervantes, Thoreau, Poe y un sinfín de referencias a la obra analizada y paseada.

Yonquis de las letras, de Jorge Comensal (La Huerta Grande)

“La lectura induce estados alterados de conciencia que pueden trastornar la mente”. “Las letras son el agente psicodélico más poderoso que existe”. Son dos de las muchas afirmaciones que el mexicano Jorge Comensal regala en pequeñas dosis en este libro tan adictivo como argumentado. Porque más allá de lo elocuente del título, del barniz gamberro del que acompaña su prosa o de la euforia contagiosa con que comparte su pasión por las letras, lo importante es lo que se puede leer en sus páginas y es de una pureza que ningún traficante podría cortar por respeto.

Comensal no ha venido aquí para lucirse, ni para epatar.  Sino para defender, eso sí con erudición, su teoría de que los libros enganchan. Para explicarse y explicarnos su obsesión lectora compulsiva. Y para ello, y por fortuna para los lectores, nos habla de sus primeros recuerdos bibliófilos, de lo (peligroso) que enseña el Quijote, de la fatal historia del pastor y coleccionista de libros Johann Georg Tinius, de las primeras frases punzantes de algunos clásicos o de la relación (en un capítulo memorable) entre la lectura y los sueños y el sueño.

Picasso, de Gertrude Stein (Casimiro Libros)

Precios asequibles, tamaño similar al de una postal y ensayos cortos sobre el arte y las ciudades. Esa es la columna vertebral de una editorial que le debe su nombre a una fruta y no a un monstruo como algunos pudieran pensar. Por su extensísimo, a pesar de que nacieron en 2010, catálogo aparecen Victor Hugo y Pamplona; Ramón Gómez de la Serna y el humor; Baudelaire y Wagner; Alvar Aalto y España; o este talentoso pack que conforman Gertrude Stein y Picasso.

En poco más de sesenta páginas, la escritora estadounidense traza un delicioso perfil artístico de Picasso a partir de sus conocimientos en la materia, pero también de su cercanía con el pintor, incluyendo algunas curiosas reflexiones sobre los españoles. El texto, publicado originalmente en 1938, transmite cierto afán divulgativo. Stein se esfuerza en ello. Con una prosa muy clara, un vocabulario accesible, sin perderse en soliloquios exhibicionistas, va desgranando las etapas pictóricas del artista malagueño entre 1930 y 1937. Su necesidad de vaciarse siempre, su relación bipolar con su obra, sus viajes y estancias en París, … Como bien indica Stein, “Picasso fue el único que al pintar veía el siglo XX con sus propios ojos y veía la realidad del siglo XX”.