“Pasajero del final del día” de Rubens Figueiredo

Pasajero del final del día

El dibujante Juan Berrio tiene un fascinante blog, al que bautizó como Cuaderno de frases encontradas, y en el que recrea conversaciones que pilla al vuelo en cualquier lugar. Para todos aquellos que, en el día a día, nos convertimos en voyeurs profesionales, es una delicia. Es fácil descubrirse en ese afán por pescar en vidas ajenas, intencionadamente o no. Uno de los mejores caldos de cultivo para tan adictiva afición son los autobuses. Microcosmos en los que hasta un guionista mediocre podría encontrar la historia de su vida.

Pasajero-del-final-del-diaEn todo ello pensaba al sumergirme en las páginas de Pasajero del final del día, del escritor brasileño Rubens Figueiredo, editado por Rayo Verde, uno de esos nuevos sellos que están insuflando un aire fresco e inconformista al panorama literario español. La novela nos narra el viaje, en autobús (como no), que hace Pedro, un joven librero, hacia el barrio periférico en el que vive su novia Rosane. Y, afortunadamente, en lugar de esforzarse por radiografiar los paisajes con los que se va encontrando, opta por diseccionar a las personas que se cruzan en su camino (tanto en el presente como en la memoria).

Figueiredo se pone el chandal y emulando a Cruyff (siendo brasileño, no podía ser de otra forma), despliega un tridente narrativo ofensivo. Por un lado, las fabulaciones de Pedro respecto a sus compañeros de viaje. Ese deporte nacional, no oficial, que tantos practicamos (ahora menos, por culpa de los smartphones) con devoción. En segundo lugar, están las vidas reales, la del propio joven librero y la de las personas que le rodean. Con la misma habilidad con la que un mago saca un pañuelo infinito de su chistera, el escritor nos traslada del interior del autobús al lugar, momento y entorno que desea, con una historia, que crece con el discurrir de las páginas. El tercer delantero tiene nombre y apellido: Charles Darwin. El personaje principal lleva consigo un libro (que le sirve al novelista para seguir haciendo incursiones en el pasado) sobre un viaje del naturalista inglés a tierras brasileñas. Se establece aquí un delicioso paralelismo entre el estudio que hace el científico sobre el comportamiento de los insectos y el que realiza el protagonista sobre la gente de su entorno.

La apuesta es sugerente, pero complicada. Sin embargo, el escritor brasileño se vale de una pericia narrativa que parece perfectamente estudiada, y de un estilo sobrio pero incesante, que permite alejar los grumos de la novela. Así, salimos y entramos de las numerosas historias secundarias que van salpicando el viaje, con la misma naturalidad con que en nuestra realidad pasamos de una conversación ajena a otra. Parte de ese éxito compositivo, creo que está en que Figueiredo, aunque partidario del detalle, rechaza los malabarismos y las filigranas estilísticas. Es un fanático del arte de contar historias, y eso es lo único que le importa. De hecho, si pudiera desaparecer de la narración, yo creo que lo haría. Sin importarle que fuera la imaginación del lector la que rellenara los posibles huecos libres.

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