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Vidas ilustradas

Foto: Eva M. Rosúa.
Foto: Eva M. Rosúa.

Historias del rock se han escrito unas cuantas y muy buenas, así que insistir con una más puede ser un ejercicio baldío, si no se tiene un enfoque nuevo o alguna teoría revolucionaría sobre su evolución, apoyada con argumentos racionales. “A Bam Bam Boo Loo Ba” (Expediciones Polares), de Javier Polo y Saioa Brutaran (Susi Quiu), huye de ese totémico intento y se centra, tal y como se recoge en su subtítulo, en ilustrar curiosidades vividas en primera persona por grandes nombres del rock and roll, desde mediados de los años 60 hasta finales de los 70. Anécdotas como el origen del baile del pato de Chuck Berry; la “expulsión” de Syd Barret de Pink Floyd; el motivo del silbido final en “(Sittin’ On) The Dock of the Bay”, de Otis Redding o descubrir quiénes fueron los pioneros en eso de hacer cuernos con los dedos. Más de cien páginas de interesante y agradable lectura, con unas estupendas ilustraciones que podrían decorar más de una pared melómana, variedad estilística en los invitados y cierta sensación de reivindicar a unos clásicos, a veces, arrinconados por el frenético ritmo diario de novedades musicales.

Entre los escritores Venceslau Ayguals de Izco y Rafael Chirbes transcurrió casi un siglo. Ahora, también, un libro entero: “Il.lustres Valencians Il.lustrats” (Drassana), con textos de Judith Coronado e ilustraciones de Migue Martí. Un recorrido, por dos siglos (el XIX y el XX) de nombres importantes en el arte y la cultura valencianos. Una estupenda iniciativa, muy bien editada, en la que se combinan figuras más conocidas como Teodor Llorente, Azorín, Concha Piquer, Josep Renau, Nino Bravo o Luis García Berlanga, con otras que han trascendido menos, popularmente, como el historiador Roc Chabàs, la maestra y escritora Ana Maria Ibars o el crítico de arte Vicente Aguilera. Ese afán pedagógico es, precisamente, uno de los aspectos más interesantes del volumen. Difundir, gracias a unas caricaturas tremendamente conseguidas y unos textos concisos y directos, una serie de imprescindibles que deberían tener mayor presencia en el imaginario diario de la ciudad. Un regalo perfecto para esos tiempos muertos en los que el verano nos incita a la pereza máxima.

Serena Schinaia es una dibujante italiana, ganadora de los premios de Coop For Word 2014 y el Premio Reportage por Reality Draws 2012, y autora de “Ceniza / Cenere” (Ediciones Valientes). 20 páginas, en formato A4, en las que la fuerza de las imágenes se acaba imponiendo al escueto texto que le acompaña. El recuerdo de una ausencia parece marcar a la protagonista desde la infancia, descubriendo que está destinada, precisamente, a repetir aquellos mismos pasos. La belleza de sus dibujos que parecen detener el tiempo, el encuadre de las viñetas que respira un aire elegante y cinematográfico, el inteligente uso de la bitonalidad, la localización en un relajado pueblo costero y la hipnotizante y pausada narración, convierten este pequeño (por su extensión) cómic en una absoluta delicia, que invita a volver a empezarlo cada vez que se termina.

Abrir “Otoño” (Impedimenta), de Jon McNaught, no es empezar a leer un cómic, sino adentrarse en la pequeña localidad inglesa de Dockwood. Como si de un poderoso 3D se tratara, sus dibujos (preciosos y minimales) y su ritmo pausado envuelven al visitante, con la calma con que una hoja cae en la estación del año que bautiza el libro. Un joven, encargado de repartir las comidas en una residencia de ancianos, mientras ardillas o pájaros siguen su devenir diario, y otro que vuelve a su casa, después de trabajar como repartidor de periódicos, en un viaje en bus tan contemplativo como adictivo, para jugar con un videojuego que le ha dejado un amigo, son los dos protagonistas de esta novela gráfica. No necesita más. Conversaciones lacónicas, melancolía bien dosificada, costumbrismo apoyado en una gama de colores fascinantes. Bendecido por Chris Ware y ganador del premio Autor Revelación en la Feria del Cómic de Angoulême gracias a “Otoño”, McNaught hace de la cotidianidad la base de un relato que consigue al mismo tiempo ser universal e íntimo.

Las historias de iniciación y los veranos interminables han bañado un sinfín de narraciones. Algunas inolvidables y otras a las que mejor no volver nunca jamás. “La Reina Orquídea” (El Verano del Cohete), de Borja González, pertenece al primer grupo. Matilde y Teresa son dos amigas que comparten el estirado tiempo libre vacacional. Viven en castillos y lucen vestuario de época, pero cuando hablan lo hacen como dos adolescentes actuales. Se baten en duelo con espadas, pero leen al historietista norteamericano Terry Moore y cantan canciones del canadiense Chad Van Gaalen. Piden un deseo a Oberón, el rey de las Hadas, pero se intercambian lindezas como cerdamiga o zorra. Licencias que le permiten a González eludir cualquier lugar común y transitar libremente por espacios (grandioso el paseo por el jardín) y realidades. Podría pensarse, erróneamente, que todo ello acaba lastrando la trama argumental, pero ocurre lo contrario. La historia está por encima de esos pequeños detalles, igual que de la ausencia de rostro de las dos protagonistas. Los dibujos estilizados y sugerentes acaban transmitiendo inquietud y desasosiego, para acabar desembocando en un final que roza lo fantástico, sino fuera porque, leído lo anterior, es pura coherencia.