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El arte de tomar notas y contarlo

Fotos: Eva M. Rosúa.
Fotos: Eva M. Rosúa.

A principios de 1996, Los Planetas le cantaban a una nueva prensa musical. 15 años después, Jot Down recogía el guante y, aunque no centrados especificamente en ese campo cultural, sí llegaban dispuestos a hacer suyos las dos primeras palabras de la frase. Aparecieron en nuestras pantallas de ordenador como quien no quiere la cosa, haciendo apenas ruido si se puede decir eso de gente que apostaba por las entrevistas largas, muy largas, bien preparadas y con enjundia. El boca a boca hizo que un país en el que el inglés cuesta más de lo que debería, todos supieran pronunciar aquellos términos que daban nombre a la cabecera, consiguiendo que se convirtiera en algo familiar. Se rieron en la cara de todos los manuales y consejos que por entonces daban la paliza en la burbuja de las redes sociales y consiguieron imagen de marca en muy poco tiempo. Apostaron por un tipo de periodismo y descubrieron que había gente al otro lado.

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El siguiente paso era constatar que ese público potencial estaría dispuesto a pagar por esos contenidos. Así, y con el respaldo que suponía la comunidad fiel que supieron crear (con mucho trabajo, que nadie piense que esto fue suerte o algo similar), un año y algún mes después, Jot Down tuvo un hermano en papel. Aquel primer número era robusto, de diseño espartano, en blanco y negro (recogiendo el relevo de la web) y con 320 páginas. Una viñeta de El Roto daba la bienvenida y una foto de Gervasio Sánchez ponía el epílogo. Dentro firmas como Soledad Gallego-Díaz, Antonio Muñoz Molina, Santiago Segurola, Enric González, Manuel Jabois o Antonio Orejudo. Y entrevistas a Xabi Alonso y Arturo Pérez Reverte. Sin la actualidad como faro al que seguir y combinando temas, sin secciones a las que rendir cuentas.

El número siete es el más reciente y en él siguen presentes aquellas señas de identidad de su debut. Si bien ahora, priman más los artículos que los reportajes. La variedad temática está elevada a la quíntuple potencia pudiendo desorientar al lector en alguna ocasión. Pero cuando se apuesta por temas como la españolidad de los hijos de inmigrantes nacidos aquí, Hollywood y sus intrahistorias, la precariedad como fuente creativa o los clichés sobre la narrativa, vale la pena correr ese riesgo. También la nómina de colaboradores es menos “mediática”, aunque firmen Enric González, Ramón Lobo, Kiko Amat o Hernán Casciari. Siguen apostando por las mismas líneas visuales, centrando (como en su admirado The New Yorker) toda la atención en el texto, y por el formato con lomo incluido.

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Mención especial merecen las entrevistas. Resultaba extraño que habiendo sido su bandera en los inicios digitales tuvieran tan poco protagonismo en los primeros números en papel. Afortunadamente ya no es así y en este ejemplar hay cuatro charlas para disfrutar. La actriz Elena Anaya, el cómico Berto Romero, el escritor Sergi Pàmies y el músico Johnny Cifuentes las protagonizan. Esta última es especialmente recomendable. Los fans de este género reconocemos enseguida cuando el periodista se ha preparado las preguntas. Si encima, da la casualidad que admira (o le interesa especialmente) su interlocutor, ríanse ustedes del Big Bang. Una delicia la química que se establece entre el miembro de Burning y Álvaro Corazón Rural. Una conversación que acaba atravesando varias décadas y en la que el rockero tira de humildad y generosidad para reconciliarnos con esta profesión (la de juntar palabras, no la de hacer canciones, aunque también) tan injustamente maltratada por unos y otros.

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Ahora que resulta tan complicado acercarse a un quiosco y salir con un periódico en las manos, hay que valorar en su justa medida la labor que están haciendo revistas como Jot Down (o Panenka, Líbero, El Estado Mental o todas las valencianas que ya os presentamos en su día) convirtiéndose en alternativa a la necesidad de leer en papel textos más reflexivos o creativos. Que ni se conviertan en algo pasajero, ni en aquello contra lo que nacieron, no sólo está en mano de ellos, también del lector. Y la próxima vez que dudes con una de estas publicaciones al ver su precio en portada, acuérdate de la última noche que saliste. Todo lo que te gastaste entonces se ha evaporado, mientras que estas cabeceras seguirán descansado en la mesita, esperando a ser leídas.

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