Periodismo

Ella y él

Ilustración: Eva M. Rosúa.
Ilustración: Eva M. Rosúa.

El desprecio tiene algo de irracional. Cosas que nos molestan sin que exista, en principio, una razón para ello. Contaba Bernardo Carrión, dentro de la interesante serie “Desmontando culturetas” que Mikel Labastida publicó este verano en Las Provincias, que no aguantaba la canción “Sabor de amor”, de Danza Invisible. No es el único. No hay motivo aparente para profesar asco hacia esa composición, pero sin embargo ocurre. Se podría pensar que su escucha lleva asociados ciertos recuerdos, pero el odio infundado surgió la primera vez que se cruzó en mi camino. Ese desprecio irracional llevado al extremo puede ser incluso divertido. Algo que no ocurre cuando existe un desencadenante lógico.

Hace unas semanas, el diario digital Valencia Plaza estrenaba nuevo diseño web. Para presentarlo organizó un evento en L’Oceanogràfic. Allí, entre gente de toda condición y profesión, había un hombre con barba rasurada, mirada baja, mueca de arrepentido y rostro laxo. Alguien que, como un niño el primer día de colegio o el preso que ha cumplido condena y busca reinsertarse, mendigaba miradas cómplices y la aceptación de todos los presentes. Tiempo atrás, este personaje lucía ese moreno artificial que parece conferir cierta superioridad vacua al que lo lleva, gustaba de ostentar riqueza y poder y ansiaba siempre ser el pico de gallo de todos los nachos. Hablo de Lluís Motes. El mismo que manipulaba desde todos los puestos de responsabilidad que tuvo. El mismo que se limpiaba el culo con cualquier principio básico del periodismo. El mismo que inoculaba miedo en su redacción porque no había manera de ganarse el respeto profesional. Allí estaba en la Ciudad de las Ciencias, donde poco más de nueve años antes, siendo Jefe de Informativos de Canal 9, presentó el noticiero en el que se daba cuenta de la visita del Papa y ocultaba, mentía y censuraba todo lo relacionado con el accidente de metro que se había cobrado 43 vidas dos días antes. No fue sólo un insulto a un oficio en el que aún algunos creemos, lo era también a la esencia del ser humano. No era la primera vez que estaba invitado a un acto similar organizado por el mismo medio de comunicación. Imposible no preguntarse el motivo. Más difícil es entender que el diario Levante lo siga teniendo como colaborador, con una sección semanal que ocupa una página entera.

Cuatro días después de aquello, el destino se puso juguetón. Viendo el informativo territorial de TVE y en el marco de una información sobre el día del Día Mundial del Alzheimer apareció ella. Con los gestos y la manera de comportarse calcados de Motes. Hablando a menos revoluciones por segundo de las normales. Poseída en un limbo etéreo. Con la misma necesidad de recibir el cariño del resto que su excompañero televisivo. Tantos años de genuflexión algo tendrán que ver. Hablo de Maribel Vilaplana. La misma que fue la voz de su amo popular sin importarle, sino todo lo contrario, faltar a la verdad y aumentar el sufrimiento de gente inocente. La misma que parecía tan devota de los diez mandamientos, pero luego se olvidaba de la mayoría de ellos. La misma que jugaba con su marido Xavier Carrau (otro al que la palabra deontología le debía sonar a dolor de muelas) a imaginar que eran los reyes de un inexistente Tea Party valenciano, cuando no pasaban de una caricatura sin gracia de Los Morancos. Allí estaba, de maestra de ceremonias (días después repitió en los Foros de Empleo VLC 2015), incluso compartiendo un mes del calendario que se presentaba, con supuestos compañeros de profesión. Esa a la que, día sí y día también, esputaba desde los platós de la televisión autonómica.

Mal vamos si la desmemoria le gana el partido al sentido común. No se trata de desear el peor de los males a nadie. No, porque eso es lo que nos debe diferenciar de ellos. Pero de lo que no tengo ninguna duda es que él y ella (y no serían los únicos) deberían estar inhabilitados de por vida para ejecer una profesión (del periodismo a la comunicación) a la que pisotearon, mearon y después se rieron en su cara. Verles de nuevo en primera línea como si no hubiera pasado nada hace preguntarme si no será mejor dedicarme a otra cosa para que NUNCA, nadie, pueda relacionarme con la actividad que desarrollan semejantes personajes. Parecía que los silencios o la complicidad por omisión no iban a volver, pero eso es olvidar que el ser humano es irracional, al menos cuando le interesa.