Somos lo que leemos

Eduardo Guillot

Eduardo Guillot. Foto: Liberto Peiró.

Eduardo Guillot es periodista, escritor y programador cultural.

¿Somos los que leemos?

Los libros solo forman parte del ADN si nos ponemos metafóricos, pero sí es cierto que la cultura, lo que leemos, lo que vemos, lo que escuchamos, contribuye a formarnos y a hacernos como somos. En ese sentido, la respuesta es sí.

Un libro de tu infancia.

Los primeros recuerdos de lecturas de mi infancia están relacionados con los tebeos de Bruguera. Mi padre trabajaba para la editorial, así que no había álbum de Mortadelo y Filemón, Astérix o el Teniente Blueberry que no cayera en mis manos puntualmente. También, por supuesto, clásicos resumidos e ilustrados de Julio Verne o la serie de novelas de Alfred Hitchcock y los tres investigadores.


Un libro de tu adolescencia.

Recuerdo que me marcó muchísimo Encerrados con un solo juguete, de Juan Marsé. Me afectó profundamente a nivel personal, de tal manera que no he querido volver a leerlo nunca, para preservar aquella impresión. Fue mi Guardián entre el centeno, que leí después y no me dejó tanta huella como a otros. En esa época recuerdo también que tuvimos que leer en el colegio el Lazarillo de Tormes, y me gustó tanto que, por iniciativa propia, leí también otras novelas picarescas como El Buscón, Guzmán de Alfarache o El diablo cojuelo. Me pasaba las clases con la cabeza gacha y el libro de turno entre las piernas.

Un libro de tu juventud.

Estudié varios años en los Jesuitas, experiencia que no le deseo a nadie, pero tuve la suerte de tener allí como profesor de literatura a Alfons Cervera, que estimuló nuestro interés por géneros considerados supuestamente menores. Así descubrí a H. P. Lovecraft, que a fecha de hoy me sigue pareciendo (con perdón de Poe) el mejor en el terreno del horror sobrenatural. Pero si estoy en deuda con Alfons fue por meterme en el cuerpo el veneno de la novela negra clásica. Por su culpa (es decir, gracias a él), devoré a Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes, Ross Macdonald, el gran Jim Thompson, Horace McCoy, James M. Cain… Quizá por eso me deja frío eso que ahora llaman novela negra en los suplementos literarios. Y también, siempre, Drácula, de Bram Stoker, que tengo en varias ediciones diferentes solo por los prólogos y estudios preliminares que contienen.

Un libro actual.

Entre los que he leído recientemente, 4 3 2 1 me ha reconciliado con Paul Auster. Soy adicto a algunos autores contemporáneos, y devoro todo lo que se publica de gente como Ian McEwan, Don DeLillo, Pilar Pedraza, Jonathan Franzen, Javier Pérez Andújar, Irvine Welsh, Martin Amis, Roque Larraquy, Michel Houellebecq, Hanif Kureishi, Amélie Nothomb, Jonathan Coe y otros, aunque alguno de los citados, como Welsh, haya ido a menos con el tiempo. Precisamente llevaba años sin prestar atención a Auster, después de padecer algunas decepciones, y enfrentarme a 950 páginas suyas se me hacía un poco cuesta arriba, pero me fié de las críticas y la verdad es que he disfrutado mucho. También acabo de descubrir al argentino Antonio Di Benedetto. Leí Zama por la adaptación cinematográfica que ha hecho Lucrecia Martel y es magnífico.

Un libro de siempre.


No seré muy original: La metamorfosis me sigue pareciendo una novela corta magistral. Kafka, de hecho, es de mis autores de cabecera. Creo que mantiene una vigencia fuera de duda. Tampoco descubro nada si cito clásicos como Moby Dick (Melville), Crimen y castigo (Dostoievsky), Rojo y Negro (Stendhal), Madame Bovary (Flaubert), Las afinidades electivas (Goethe), Viaje al fin de la noche (Celine) o las obras de Edith Warton, Manuel Vázquez Montalbán, Edward Bunker, William Burroughs, Joseph Conrad, J.G. Ballard, los cuentos de Chéjov y Carver, todo Borges (no tanto Cortázar o Bolaño, aunque suene a sacrilegio)… Me gusta mucho leer autores vivos, pero la historia de la literatura es tan rica y está tan llena de obras maestras, que a veces pienso que solo debería leer autores muertos.

Un libro por leer.


Tengo en lista de espera Solenoide, de Mircea Cărtărescu. Como 4 3 2 1, es muy extenso, así que lo estoy reservando para un viaje largo en el que pueda sumergirme en sus páginas durante varias horas seguidas y sin interrupciones.

Un libro que no pudiste acabar de leer.

Con los libros me pasa como con las películas: Me cuesta mucho abandonarlos, incluso aunque después de cien páginas tenga claro que no van a mejorar. Por motivos de trabajo, leo bastantes relacionados con el cine o la música que a veces dejaría sin terminar, pero no lo hago por una cuestión de profesionalidad. Entiendo que para escribir una reseña debo llegar hasta el final.

Un libro que te gustaría haber escrito.

Casi todos los que he ido citando en las anteriores respuestas. Me encantaría tener la precisión y capacidad de síntesis de Melville en Bartleby el escribiente, pero también la claridad expositiva de Jeffrey Eugenides. Y la agudeza de ambos para crear personajes complejos y llenos de matices. Cuanto más leo, más me convenzo de que no es necesario que me ponga a escribir ficción, esa eterna aspiración de todos los que nos dedicamos a teclear. Hay tanto ya publicado, y tan bueno…

Un libro que te gustaría que existiera.


Hay muchos que podrían no existir… La industria editorial se ha vuelto un poco loca. Cada vez que visito una librería me pregunto si hay lectores para tantísimas novedades. El libro que me gustaría que existiera seguramente ya está escrito, y más teniendo en cuenta todo lo que aún me falta por leer.

3 cosas que te gustan más que leer.

No me imagino un mundo sin libros, pero tampoco establezco categorías. Si tuviera que elegir entre escuchar música, ver cine y leer libros, mis tres formas favoritas de ocio (que, por suerte, tienen mucho que ver con mi trabajo), probablemente me quedaría con los libros, pero disfruto muchísimo con las tres. También me encanta viajar. Y comer en un buen restaurante. Y el sexo. Y tomar un vermú con amigos de buena conversación. Y compartir cualquier cosa, hasta la más insignificante, con mi pareja. Y visitar una exposición. Incluso dormir a pierna suelta. Como decía Andrés Montes, ese gran filósofo de lo cotidiano, la vida puede ser maravillosa, y todas estas cosas contribuyen a darle la razón.