Bocados Verlanga

Croquetas de pollo y jamón en Rivendel

Eva Muñoz continúa su ir y venir por Valencia cual gourmet solitaria, escogiendo sus platos favoritos. Una galería de sabores, texturas, aromas, de aquellos platos que forman su lista de reproducción sobre la que podría volver una y otra vez. De los más sencillos, a los más creativos, cocinas genuinamente valencianas y/o de otros mundos. Una selección deliciosa para que el lector de Verlanga o el turista ocasional que pase por Valencia, pueda disfrutar al menos una vez. ¡O más!

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Foto: Eva M.Rosúa

Las croquetas viven un buen momento. O quizás nunca lo vivieron bajo, porque la pregunta es: ¿a quién no les puede gustar ese recoleto y concentrado bocado?

Hablar del mundo croquetil es retrotraerse a la infancia, a la intendencia de la cocina de sobras y subsistencia, en cuyo podium se sitúa las famosas croquetas de cocido que se codean casi a trompicones (o habría que decir a tropezones) con las de bacalao. Son famosas porque son protagonistas en nuestro mapa emocional, y nos pasamos toda la vida buscándolas.

Pero no será ni de unas ni de otras sobre las que hablaré en esta sección de bocados. Esta vez le toca el turno a otros dos clásicos: las de pollo y jamón. Y en Rivendel Restobar saben bien lo que se traen entre manos.

Comer una croqueta es practicar una operación de cata en el sentido de explorar hacia abajo las sucesivas capas de esta arquitectura perfecta para el paladar. Las de Rivendel son crujientes por fuera con ese precioso color dorado que alegra al oído antes incluso de probarlas porque los sentidos de adiestrados que los tenemos, van ya por delante. La segunda capa es la más compleja y aquí es cuando una croqueta se la juega. En este restaurante regentado por una familia argentina, la masa es una oda a la besamel bien hecha y al intenso paladar de la carne protagonista en cada caso. Me gusta cuando estos dos sabores (el de la besamel y el objeto de la croqueta) están diferenciados y no son una amalgama sin carácter porque entonces se pueden hacer croquetas hasta de pipas y la fórmula no puede ser tan plana como triturar todo en la túrmix y rebozar. No a las croquetas sin carácter. Pero aún hay más, y así como una entrevista se compara en lenguaje culinario, con pelar una alcachofa para llegar a lo más dulce, el corazón; en el vocabulario croquetil, el fin de la labor de espeleología son los tropezones. Contundentes los de jamón, y los otros más discretos, porque la carne de pollo así es. Satisfactorias, adictivas. Unas riquísimas croquetas de elaboración casera con certificado de madre. Que no les líen por ahí.

Rivendel cuenta además con una de las mejores terrazas de Valencia, que da a la transitada calle del Hospital que tanto le hubiera gustado a Cartier-Bresson: trasiego de viandantes, estudiantes que acuden a la cercana biblioteca, perros integrados en la vida urbanita, ciclistas atentos de no comerse a ningún peatón… Cuando se cansen de ver la vida pasar y para rebajar, salen de Rivendel,  y continuando con el trasunto de las capas, cruzan el Jardín Arqueológico, para mover el músculo de la lectura, en nuestra hermosa Biblioteca Pública. Croquetas y libros, unos tras otras, para no manchar las páginas.


Rivendel Restobar (Calle del Hospital, 18. Velluters. Valencia).