Exposiciones Ilustración La ciudad despierta

La memoria pétrea de Nuria Riaza

1- Las cosas han cambiado en los últimos años más de lo que a veces recordamos, aunque aún haya mucho camino que recorrer. Por eso no está mal que el destino nos agite la memoria cada cierto tiempo. El día de la inauguración de la exposición La memoria de las piedras, de Nuria Riaza, en Pepita Lumier (se puede visitar hasta el 9 de marzo) fue una de esas ocasiones. Justo en la puerta nos cruzamos con Consuelo Císcar. Acababa de bajar de un taxi. El luminoso rojo de su particular pelo había mutado en negro. No entraba en la galería. Iba al patio de al lado parece ser que a ver a su abogado. Tenía mucha prisa y el gesto torcido. A unos metros de su destino se festejaba el arte, la cultura, sin prebendas ni cosas raras. Las dos Valèncias, la de antes y la de ahora, colisionaban en la calle Segorbe y eso que aún no eran fallas.

2- De Nuria Riaza oí hablar por primera vez en la galería Walden. Lo primero que llamaba la atención, sin duda, era su técnica, todo con bolígrafo azul. Pero aquellas obras ya proyectaban que más allá de la forma había un fondo con mucho que contar. En la misma Pepita Lumier, hace ahora dos años, demostró con Aquelarre, que el relato de sus piezas se imponía a la curiosidad y admiración que podrían despertar su proceso de elaboración. Lo del boli quedaba en un segundo plano ante la inmensidad narrativa y sensitiva de aquellos episodios de parálisis del sueño que capturaba. Ahora con La memoria de las piedras vuelve a seguir creciendo en todos los sentidos, desde el compositivo hasta el discursivo.

3- La memoria histórica, la memoria de las mujeres, la memoria de las víctimas. Y el peor de los males, el olvido. La muestra de Riaza se sumerge, poética y llena de simbolismo, en el silencio para que se escuche por todas las paredes de la galería. Mujeres sin caras porque la historia también discrimina. Rostros bordados que reclaman la libertad que no tuvieron. Un retrato con lágrima de Lorca que evoca su ausencia. Flores marchitas y secas en la pared como souvenir para que nadie reescriba lo sucedido. Y un mapa, el mapa, de la vergüenza y la verdad. Así respira esta exposición.