La máquina del tiempo

Chema Cardeña

Chema Cardeña. Foto: Arden Producciones.

Chema Cardeña es dramaturgo, director de escena y actor, con tres décadas de trayectoria y numerosos reconocimientos. Actualmente, es el director artístico de Sala Russafa y de la compañía Arden Producciones. Y, recientemente, ha ganado el Premio de la Crítica Literaria Valenciana 2018 en la modalidad de Literatura Dramática. Se sube a nuestra Máquina del Tiempo para viajar por su València del pasado y del presente y para comprobar como será la del futuro.

Destino: La València del pasado

Valencia, años 70. Domingo. Salíamos a pasear hasta el centro, casi siempre con un sol radiante. Llegábamos a la Plaza del Ayuntamiento (entonces aún Plaza del Caudillo) y nos dirigíamos al histórico restaurante Barrachina para poder comer uno de sus deliciosos perritos calientes. Aún no podía subirme al taburete de la barra por mí mismo pero, cuando conseguía ascender a esa cumbre forrada de ‘escai’, esperaba ansioso el momento de morder aquel panecillo con una sabrosa salchicha en su interior, que sabía a domingo, a fiesta y sobre todo a “no cole”.

Una vez disfrutado de aquel “manjar”, salíamos de nuevo a la calle, recorríamos unos metros y nos perdíamos por una esquinita de la calle San Vicente. De pronto, entrábamos en un mundo mágico. Un mundo único e irrepetible, un mundo lleno de olores, colores y sonidos, casi la cueva mágica de Alí Babá: la Plaza Redonda. Todo estaba allí: ropa, monedas, libros, discos o animales, animales de todo tipo, perros, gatos, tórtolas, conejos e incluso ardillas. Ahora me parece una barbaridad que se pueda vender animales, pero entonces no había nada más bonito que verlos en esas jaulas e incluso en cajas de cartón. Sí, era una plaza mágica donde podías encontrar de todo y donde todo podía ocurrir. Después volvía a casa a comer, con la mente repleta de imágenes y sonidos que conseguirían, con su recuerdo, que el lunes fuera un día menos feo.

Destino: La València actual

Valencia 2018. 8.30h de la mañana. Russafa. Salgo a pasear a Gustavo, mi perro, y lo primero que veo es un grupo de turistas sobre sus bicicletas y una chica que hace las funciones de guía, tratando de explicar a los forasteros cómo es nuestra ciudad. Sigo caminando. Las terrazas de las cafeterías ya están llenas de turistas y autóctonos que devoran sus tostadas de jamón y aceite, que tragan sus zumos como si no hubiera mañana. El carril bici se convierte en el hall del parlamento europeo. Escucho hablar en italiano, francés, alemán, neerlandés, ruso y hasta polaco. Las calles están regadas. Entro al estanco, por fin oigo “bon día” y siento que sí, que estoy en casa. Camino por la Gran Vía, ruidosa y colapsada. Llego hasta la Plaza del Ayuntamiento (aquella que antes llamaban del Caudillo). Ya no existe Barrachina. En verdad, ya no queda ningún lugar donde tomar algo especial en esa plaza.

Sigo caminando. Los comercios de la Plaza Redonda aún no están abiertos y no sé cómo serán ahora, hace tanto que no la visito. Lo que sí sé es que me parece más pequeña y más triste. Hay cosas que afortunadamente han cambiado (El caudillo y los animales vendidos como regalos), pero nada ha logrado sustituir a aquel tierno panecillo y a aquella salchicha con sabor de día de fiesta.

Destino: La València del futuro

No quiero pensar mal, no quiero hablar mal del futuro, no es de buen gusto hablar mal de quien no se conoce… Pero espero que mi barrio y todos los barrios sigan siendo eso, pequeños pueblos en medio de la gran urbe.

No quiero que las casas dejen de tener una vida propia y que sólo acojan vidas pasajeras. Que se conviertan en parques temáticos. Que los vecinos desaparezcan. Que lo auténtico se convierta en copia y que los edificios sean réplicas un ambiente que perteneció a la Valencia de otra época.
Quiero que me siga saludando la del quiosco, el del estanco, la del horno o el de la tienda de miel.
No quiero pensar en otro futuro, deseo seguir viviendo en un barrio con vecinos a los que pueda sentir como mi gente, de dentro y de fuera, que lo llenen de vida y de cosas reales. Quiero una ciudad despierta, activa, inquieta y cosmopolita, pero que no olvide, que no ignore, que no destruya su esencia: sus ciudadanos.