Hay otros mundos, pero están en este

Barrio Aguja 01

Soy de los que, de vez en cuando, suspiro por vivir en un pueblo. Con la tranquilidad y parsimonia que se suele asociar a ellos. Pero como me conozco muy bien, confieso que no aguantaría allí más de 3 días seguidos. Lo ideal, pues, sería encontrar un lugar que combinara la quietud y el sosiego rural con el bullicio y los estimulos propios de una ciudad. En Valencia tenemos la parte antigua de Campanar, algunas calles de Benimaclet o incluso los chaletitos de José Faus (por poner algunos ejemplos), pero en todos ellos permanece presente la huella sonora urbana.

Sin embargo hay una pequeña isla que haría las delicias de Benjamin Linus. Basta con entrar por la calle Burgos, dejando atrás la Avenida del Cid, y girar a la derecha a las primeras de cambio. Es el conocido como Barrio de la Virgen de los Desamparados o Barrio de la Aguja. Ahora que los sindicatos no pasan por uno de sus mejores momentos, justo es recordar su origen. Y es que en esta ciudad se creó el primer sindicato femenino de toda España. Fue el sacerdote Manuel Pérez Arnal el inductor del que se conocería como “Sindicato de la Aguja”, por agrupar a costureras, modistas y demás profesionales del ramo. Además de conseguir diversas mejoras laborales, se construyeron tres grupos de viviendas para que se beneficiaran las afiliadas a un precio bajo. Dos de ellos (en el barrio de Sagunto y el otro por Manuel Candela) desaparecieron y sólo queda en pie este.

Deposito barrio Aguja

Son apenas cuatro vías, todas con nombres de vírgenes (especialmente llamativa la Virgen de las Injurias), con los únicos olivos plantados en calle de toda la ciudad, algunos naranjos bordes y mucha mucha calma. Hay incluso un depósito de agua que una vecina me confirma que sigue abasteciendo a todas la viviendas. Me cuesta detener a la mujer para hablar con ella. Camina poseída por esa prisa incomprensible que caracteriza a muchas señoras mayores cuando van o vienen de la compra. Como si el equilibrio mundial dependiera de que se entretuvieran cinco segundos a charlar con alguien. Le pregunto por una pequeña alquería que sigue en pie en la (por llamarla de alguna manera) parte trasera del barrio, justo al final de uno de esos descampados que parece mentira que sigan existiendo. Tiene las ventanas y puertas tapiadas y en el patio se amontonan cuscurros de pan esperando a formar parte de la dieta de las palomas que por allí sobrevuelan. Me contesta, mientras continua andando, que ella siempre ha vivido allí y que la casa era de unos labradores pero que luego se ha llenado … y no acaba la frase. No sé si se refiere a que se llenó de okupas, a que se hacían fiestas deshonrosas o a que el Doctor Infierno estableció allí su cuartel general para urdir un plan con el que derrotar a Mazinger Z, pero por su cara y sobre todo, por sus ojos, cualquiera de esas opciones sería posible. Incluso las tres a la vez. Inútil preguntarle porque ya se ha marchado. Eso sí, por sus gestos, parece que mantiene una conversación bien entretenida consigo misma mientras se aleja.

No me cruzo con nadie más. Recorro una y otra vez esas calles (alguna de ellas sin salida), de viviendas de dos alturas, y experimento el silencio absoluto. Es tremendamente relajante. Decido hacer una pequeña prueba y busco, de nuevo, la Avenida del Cid. El ruido es ensordecedor. Coches, motos, autobuses, la gente hablando más alto para imponerse al exceso sonoro. Vuelvo al barrio de la Aguja y retornan el mutismo y la paz. Es como aquella especie de juego que hacíamos, de pequeños, en el que colocábamos las palmas de las manos en las orejas y las apretábamos provocando un efecto membrana que nos aislaba. Es esa sensación, pero sin la molestia que provocaba al despertar el oído y al aire libre. No quiero resultar pesado, pero podría convertirse en un destino turístico (hay varias líneas de la EMT que dejan al lado), adecentando el solar mencionado, borrando algunos grafitis y cuidando un poco el entorno, porque confluyen en el lugar todo lo que un forastero busca: historia, encanto, y a unos metros un bar como el Bar Turís-2 (con unos orígenes bien curiosos) con buenos precios y una tortilla de patatas de locura.


Entregas publicadas del Diario de un turista en su ciudad:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.