Javier Pérez

Foto: Juan Terol.

Foto: Juan Terol.

Soy Javier Pérez, operador informático de profesión, locutor de radio por devoción. Presento y dirijo “El Club de Amigos del Crimen”, un programa que se emite en Radio Klara, la radio libre y libertaria de la ciudad de Valencia, pero que creó Álvaro García en Radio Funny en 1991. Empecé en esto de la radio, como aún sigo, de forma totalmente amateur, colaborando con Eduardo Guillot en el “Fanzine Magazine”, a mediados de los 80. Cocinero, antes que fraile, milité en unas cuantas bandas valencianas (por orden cronológico: Héroe, Antihéroe y Los Plásticos) tocando la batería. Coincidiendo con la última etapa de “El Club de Amigos del Crimen”, editamos cinco discos recopilatorios, uno por cada temporada, desde 2006 a 2011 y durante cuatro años consecutivos, de 2008 a 2011, estuvimos entregando lo que dimos en llamar “‘Premios Criminales’ a la excelencia musical valenciana” en varias de sus facetas. A día de hoy, sigo al frente del programa, colaboro puntualmente con la edición valenciana del Mondo Sonoro, he participado como jurado en concursos de nuevos valores (Vinilo Valencia, Troglogló de La Caverna, Premios La Colina-45), y amenizo musicalmente fiestas en las que me permiten pinchar música valenciana.


Un disco:
Posiblemente, el “Marines a pleno sol” de Los Nikis, los Ramones de Algete. Había bandas que me fascinaban más, no incluye ni mucho menos mi canción favorita de todos los tiempos, la portada no puede ser mas insulsa… pero eran los Nikis, tío, cuatro pijos que con tres acordes distorsionados, eran capaces de hacer que todos los pelos del cuerpo se me erizaran. “Todavía recuerdo aquella primavera del 57…”

Una película: “Grease”. De jovenzuelo, me fascinaba la cultura americana con esa inocencia infantil carente de toda maldad. Más que la cultura americana, su estética; a esa edad, no daba para más. Esas “beisboleras”, los chándals con la letra gigante, las hamburgueserías con luces de neón y máquinas Juke-box, el Rock’n’roll, las primeras chupas de cuero (de los “T-Birds”) o esas chicas en esos trajes entallados de cintura-de-avispa, con falda de vuelo y diadema en el pelo (como las “Pink-Ladies”)… Y estaba, claro, su banda sonora… y, ¿cómo no?, el Acachús de multiplayin con una Sandy/Olivia Newton-John embutida en esos piratas talla menos dos, que aún hoy, cada vez que veo me pone palote.

Un libro: “Sinuhé, el egipcio”, de  Mika Waltari. Quizá porque fue el primer libro con el que traté de asomarme a la literatura por placer y no por obligación. Hasta ese libro no había leído ni los que nos obligaban a resumir en el cole. Con él, aprendí a amar la literatura, y empecé a leer de forma muy selectiva, pero con avidez. Jamás he releído un libro; “Sinuhé, el egipcio” fue la excepción. Tenía coartada: recuerdo que a la edición que leí, le faltaba un pliego entero de varias hojas. Tan apasionante me estaba resultando su lectura, que no quise por nada del mundo interrumpirla. Cuando, años más tarde, decidí releerlo me aseguré que tuviera todas las páginas. En puridad, aún no he faltado a mi propósito…

Una serie de tv: “Cheers”, sin ningún género de dudas. Sam Malone, Diana Chambers, el Entrenador, Norman Peterson, ¡Cliff Clavin, el cartero! Brutal… No recuerdo ni la edad que tenía, pero mi prima me contrató para que pusiera al día su base de datos de clientes en el ordenador de su empresa. La hora que mejor le venía a ella coincidía con la hora de emisión de la serie y le expuse mi súplica. Qué cara me vería que no puso pega alguna: podía empezar a la hora que terminara la serie.

Una serie de dibujos de tv: Fácil: Mazinger-Z. Ninguna otra serie de dibujos animados me fascinó tanto como la de ese bruto mecánico. Recuerdo que en cada capítulo le daba cera al monstruo maligno de turno, eso sí, no sin antes recibir una descomunal paliza de la que conseguía salir con fuerzas suficientes para aplastar al malo malísimo. Como cada capítulo el monstruo mecánico era uno y diferente, recuerdo que apuntaba los nombres de cada uno de ellos. Ignoro dónde acabó ese listado meticuloso que hice.

Una revista: Nunca fui muy de comprar (y menos coleccionar) revistas; era un lujo que no me podía permitir, así que tomo la pregunta en sentido literal: El “Rock de Lux. Número Extra. Nº4 New Wave. La España Pop 1977-1985” Guardo este ejemplar como oro en paño. Recogía la vida, obra y milagros de lo que luego dio en llamarse la “Movida Madrileña”. Un recorrido enciclopédico con el árbol genealógico de las bandas que estaban revolucionando el panorama musical de aquella época y a las que empezábamos a mitificar.

Un icono sexual: Costaría mucho arrancarme esa confesión. Te diré la segunda en el listado. Las segundas, vaya: todas y cada una de las chicas Bond. Sin excepción. No era la… licencia para matar lo que más envidiaba del personaje de Ian Fleming. Hoy sí.

Una comida: El arroz al horno de la señora Isabel, por más datos, mi abuela. Todo el mundo alababa sus paellas, pero yo jamás he comido un arroz al horno como el suyo. Y vi a dios el día que, imitando a mi padre, abrí una morcilla por la mitad y la mezclé con el arroz. Sigo buscando a mi yaya en cada arroz al horno que pido, sin éxito claro.

Un bar de Valencia: Si puedo añadir detrás “-musical” no hay duda ninguna: La Sala Gasolinera de la calle Orihuela. Todo el underground valenciano (y buena parte del estatal) pasó por allí, pisando su escenario o mezclado entre el público. Verdadero antro de perdición, y salvando las distancias, fue el CBGB valenciano, nuestro Rock-ola particular.

Una calle de Valencia: Aparece de nuevo la figura de mi abuela. La calle donde ella vivía, Pedro Cabanes, era de tierra cuando yo empecé a pisarla; de esto no guardo recuerdo vivo, pero me lo ha dicho mi madre. Hacía frontera con los campos de cultivo de la huerta valenciana del norte de la ciudad. Y aunque cuesta cada vez más ver, aún hay familias que salen las noches de verano a charlar “a la fresca”, sacando las sillas del recibidor a la calle para arreglar el mundo o poner fino al vecino de enfrente.

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