Raúl Riebenbauer

Junto a un mural de El Decertor. Miraflores, Lima. Foto:Iñigo Maneiro.

Junto a un mural de El Decertor. Miraflores, Lima. Foto:Iñigo Maneiro.

Me llamo Raúl Riebenbauer, y nací en Valencia hace 45 años. Aclarado esto, propongo un giro: ya que ahora vivo en Lima, ¿y si en lugar del vermut nos tomamos un pisco sour? Por si no lo habéis probado, es un cóctel peruano (digan lo que digan los chilenos) que se prepara con pisco del tipo quebranta, jarabe de goma, jugo de limón, clara de huevo, hielo, y unas gotas de amargo de angostura. Advertencia: a partir del tercero se abre la puerta a una dimensión desconocida.

Cuando me preguntan qué soy, a qué me dedico, nunca tengo del todo claro qué decir. Suelo salir del paso con: “Periodista”, pero me encantaría poder explicar que desde que me metí en una investigación hace casi veinte años descubrí que a mí lo que me gusta es ser un buscador de historias. Y que esas historias acaban teniendo que ver, de alguna manera, con identidades perdidas, con la recuperación de la memoria. Quienes me conocen saben que lo hago de una forma persistente. Obsesiva, más bien. Bueno, eso no es un secreto: el primer capítulo del que, por ahora, es mi único libro se titula “La obsesión”. Una amiga me dijo hace un tiempo que lo que me empuja a meterme en esos líos es que soy algo así como “un voyeur de almas”. Suena poético, pero a veces tanta fijación tiene consecuencias terribles, conste en acta. En resumen, busco, escribo, y también hago documental. Ah, y amo la danza, la contemporánea, y la lúcuma, un fruto con un sabor extraño, terroso, que casi me lleva al éxtasis la primera vez que lo probé.

Mi nueva búsqueda, en la que empiezo a dar los primeros pasos, me llevará a en breve a la Franja de Gaza. Estoy intentando reconstruir la historia de Muayed, un niño que fue asesinado, como otros muchos cientos, en los últimos ataques del ejército israelí. Si consigo financiación (¡se admiten ideas!) espero poder irme dentro de unas semanas a Gaza.

¿Y qué hago en Lima? Mi vida cambió a comienzos de 2012, cuando decidí vivir en esta ciudad. Aunque la crisis no fue el motor inicial de aquel viaje, sí fue lo que me impidió regresar a España unos meses después. Así me convertí en un miembro más de ese club al que muchos no desearíamos pertenecer, la Marea Granate.

Eso sí, como todo yin tiene su yang, esta vida a 9.741,54 kilómetros de Valencia me ha traído:

Uno. Pensar que los españoles podríamos hacer un ejercicio de reflexión autocrítica acerca de cuál es nuestra relación con otros pueblos hermanos de América Latina. Deberíamos estar muy agradecidos por la ayuda que nos prestan en estas circunstancias. Por ejemplo, los peruanos. Es lo justo.

Dos. Descubrir la importancia de la capacidad de adaptación. A veces hacen falta buenas dosis cuando se vive en una ciudad de casi diez millones de personas; más aún si se procede de otra que apenas llega al millón.

Tres. Confirmar que mi trabajo ―al menos el más personal― lo quiero dedicar a luchar contra la amnesia, también la que empieza a afectar al Perú. El intento de silenciar las huellas del conflicto armado que desangró a este país entre los años 1980 y 2000 se parece bastante al olvido al que se nos forzó en España durante la Transición, y que aún sufrimos.

Cuatro. Despertar mi fascinación por el arte urbano. En Lima las paredes hablan y mucho: El Decertor (en la fotografía estoy junto a uno de sus trabajos), Elliot Túpac, Jade, Wa o Trazo son algunos de los grafiteros a los que sigo y cuyos murales comparto cada día en Facebook. Por ahora llevo unas 500 fotografías. Y me interesa tanto, que he comenzado a preparar un libro sobre el grafiti en esta ciudad. Esa atracción también me ha hecho ver de otra forma las paredes de Valencia. Cuando pasé por allí hace unos meses me encontré con la maravillosa sensibilidad de los murales de Hyuro o los dardos críticos de Escif. Os los recomiendo.

Podría continuar, pero por hoy ya es bastante, ¿no? Si os apetece, podéis acompañarme en facebook y twitter.


Un disco:
 Si cierro los ojos y abro los oídos de mi memoria, y rebusco entre Chet Baker, Beirut, The Velvet Underground, Björk, Portishead, Antony & the Johnsons, Alberto Iglesias, Beth Gibbons, CocoRosie, Múm, Goran Bregović, Jay-Jay Johanson, Max Richter, Scott Matthew, Sigur Rós, o Nina Simone, entre otros muchos, si hago eso, encontraré un disco que se quedó incrustado en mí hace unos treinta años como ningún otro: “Hunky Dory”, de David Bowie. Y una canción: “Life on Mars?”.

Como se acerca el Día de Muertos, aquí va una recomendación peruana para esta celebración: precisamente “Fiesta para los muertos”, de Alejandro y María Laura, una pareja que hace un pop delicioso y que disfruto en directo siempre que puedo. Aquí podéis escucharlo (y comprarlo, si os gusta), y aquí ver el videoclip del tema que da título al disco, grabado en el cementerio Nueva Esperanza (curioso nombre, ¿no?) de Villa María del Triunfo, en Lima, uno de los más grandes y alucinantes del mundo.

Una película: Amo el cine de ficción, aunque amo aún más el cine de no ficción. Podría dar decenas de títulos, pero prefiero quedarme con dos producciones recientes. Peruanas, claro. De ficción: “El mudo” de los hermanos Vega, un retrato tan amargo de la justicia, que parece puro sarcasmo fantasioso; me temo que es real como la vida misma. De no ficción: “Sigo siendo (Kachkaniraqmi)”, el bellísimo viaje musical por el Perú del documentalista Javier Corcuera. Si os los cruzáis, que no se os escapen.

Un libro: “Una historia sencilla”, de la periodista argentina Leila Guerriero. Cuando lo empecé, me pregunté: ¿Cómo me va a interesar una competición de malambo en un pueblo de 5.943 habitantes del interior de Argentina? Lo acabé de leer un día que iba subido a un micro (un autobús), a la altura de la avenida Arequipa. Es larga, y a veces el tráfico es infernal. Así que me dio tiempo de que se me encogiera el estómago por la emoción unas cuantas veces.

Una serie de tv: Lo confieso: no veo televisión desde hace casi tres años (no deja de ser curioso, para haber trabajado unos veinte años en el medio). Hecha la aclaración, no revelaré cómo he conseguido ver “True detective”. Si soy fiel a mis principios (me jode que me cuenten algo de las películas o series que voy a ver), no puedo decir mucho más que: en otra vida quiero ser Nic Pizzolatto, su creador.

Una serie de dibujos de tv: Hace unos días, César, un amigo del Face, escribió: “Esta es una de las cosas más punkis, locas, irreverentes, violentas y geniales que he visto en aeones de tiempo.” Hablaba de “Mr. Pickles”, una serie de animación que empezó a emitir hace un año la cadena Adult Swin. Mi amigo tenía razón: el Señor Pepinillo es muy salvaje. ¡No sé qué haría el otro César (Millán), si se tropezara con ese perro!

Una revista: La peruana Etiqueta Negra. Periodismo de altura. Me explico con un ejemplo: de los diez textos finalistas del último Premio Gabriel García Márquez de Periodismo, tres habían sido publicados en Etiqueta Negra. Esta publicación se la inventó hace doce años un iluminado, Julio Villanueva Chang, y por ahí han pasado grandes del periodismo literario como Alberto Salcedo Ramos, Juan Villoro, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, o Susan Orlean, entre otros muchos. Espero haber escrito en sus páginas antes de dejar este mundo. Y si no lo consigo, por favor, pedidles que publiquen mi obituario.

Un icono sexual: Me acabo de topar en Facebook con la comunidad “Alf como icono sexual de los 80” y no me he atrevido a darle ME GUSTA. Si hubiera sido “Miss Peggy-Muppet como icono sexual de los 80″ otro gallo hubiera cantado.

Una comida: Lo primero que me va venido a la cabeza, casi en modo-escritura-automática, ha sido: patita con maní. No la kartoffel salat o el gulash que preparaba mi madre, ni la fideuà de fideo fino de mi amigo Toni, ni en el viaje gustativo que hubiera podido experimentar si aquel día no me hubiera empeñado en cancelar la reserva en elBulli. Nada de eso: patita con maní. Lo preparan rico en Doña Genoveva, en Pueblo Libre, el distrito en el que vivo. Es uno de los platos fijos de su menú, que cuesta ocho nuevos soles (al cambio, unos dos euros con veinte céntimos). Allí soy ya lo que se suele llamar con cariño “un caserito”, algo así como un cliente muy fiel.

Otro de mis descubrimientos limeños es haberme dado cuenta hasta qué punto me apasiona el café. En este país, uno de los principales productores del mundo, es posible tomarlo muy bueno. Mi local favorito, donde me atrevo a decir que preparan el mejor espresso de Lima, se llama Origen. También está en Pueblo Libre, a solo unas cuadras de mi casa. Si saco la nariz por la ventana, casi puedo olerlo. Cuando Gino Kanashiro, su dueño, me ve entrar, ya sabe que puede empezar a prepararme un cortado.

Un bar de Valencia: Viví trece o catorce años en Russafa. En todo ese tiempo solo entré dos veces al Saxo, y eso que yo era su vecino de arriba. No sé si aún existe. Quiero pensar que sí. Es un lugar extraño, la sede de una peña taurina o algo así (yo soy antitaurino, quede claro), con el aspecto de un pub de barrio de los años ochenta; parece que todo se hubiera quedado congelado en el tiempo. En una ocasión, una amiga me contó que allí se comía muy bien. Nunca hubiera pensado ni siquiera que allí se podía comer algo. Y sí: entras, te sientas, se acerca Fernando, el dueño, un tipo bien amable, un barman de la vieja escuela, y te propone unas cosas tan deliciosas (sublime su sencillo tomate de la huerta) que no puedes decir que no a nada.

Una calle de Valencia: La calle Doctor Sumsi, también en Russafa. Allí se ha quedado grabado un tercio de mi vida, sonrisas, naufragios y reflotamientos incluidos. Ya llevaba bastante años viviendo en esa calle cuando me dio por tratar de averiguar quién era aquel doctor Sumsi. Y lo he olvidado, ¡carajo!

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