Xavier Puchades

Foto: Iaia Cardenas.

Foto: Iaia Cardenas.

Buenas, me llaman Xavier Puchades o Xavi (aunque mi verdadero nombre es Reinaldo Arnaldo Hernández Riera, como mi abuelo) y esto de “tomar un vermú” me provoca una regresión a mis lejanos orígenes laborales que, como los de muchos otros, se remontan a la hostelería. De aquellos tiempos, recuerdo el estímulo adrenalínico que sentía al preparar 40 cafés, a la vez y con sus infinitas variantes, a la hora punta de las comidas. O cuando me levantaba en mitad de la noche, sonámbulo, a preparar un bocadillo de tortilla de patatas con embutido y queso. Aprendí lo que es sentirse útil y, al mismo tiempo, explotado.

Inesperadamente, mi carrera dio un giro y me pasé al mantenimiento industrial. De alguna de las sucias paredes de las fábricas que visité esos años, todavía colgaba (y colgará aún, seguro) un retrato original del Caudillo. En aquellos lugares, se producían otros tipos de apariciones como las de los empleados fallecidos (o asesinados) por inhalar pinturas tóxicas o engullidos por enormes trituradoras de papel. La experiencia me enseñó que somos bastante prescindibles en materia laboral…

Afortunadamente, salí ileso de todo aquello para ejercer de canguro primero, e impartir asignaturas optativas de teatro y literatura en la universidad después (tareas que guardan cierto parecido). Sí, mi carrera seguía dando giros inesperados… Pasado un tiempo, regresé al mundo real para escribir guiones de ficción para televisiones que ya no existen o para otras que, hace ya demasiados meses, no requieren mis servicios. Actualmente, me dedico enteramente a escribir y/o dirigir teatro. Algo que venía haciendo, de manera intermitente, desde 1998. Y… de todo esto, todavía no sé muy bien lo que he aprendido.

Tras leer “La abolición del trabajo” de Bob Black, me estoy planteando seriamente lo de la revolución lúdica y aquello de “proletarios del mundo, ¡descansad!“

Por lo demás, gusto de observar a la gente, poner la oreja en conversaciones ajenas, malgastar el tiempo, hacer la puñeta, las noches de lluvia en la cama, ejercer de copiloto e ir en bicicleta (adjunto documento gráfico). Una vida, hasta el momento, repleta de peligros y grandes emociones…

Hechas las presentaciones y antes de seguir hablando de mis preferencias más concretas (no sé muy bien a quién puede interesar, la verdad) cortinilla publicitaria:

Los próximos 8 y 9 de febrero (a las 20 y 19.30 h., respectivamente) en La Rambleta, se producirá un nuevo avistamiento de “Lúcid”, una comedia devastadora con forma de OVNI… ¿Que qué forma tiene un OVNI? Ni idea… cambia constantemente, ¿no? Pues eso. Por lo que cuentan las crónicas, este objeto escénico no impermeable, de Rafael Spregelburd, abduce por un rato a los terrícolas y los retorna, poco después, sanos y más altos al mundo real. Está dirigida por quien escribe esto e interpretada por Verònica Andrés, Álvaro Báguena, Àlex Cantó y Arantzazu Pastor. Si la experiencia es satisfactoria, podréis asistir a otros tres objetos escénicos (estos de menores dimensiones) en la Sala Ultramar, del 13 al 16 de febrero, dentro del ciclo Breves de Teatro: “El mentider”, con Àngel Fígols; “El escondite”, con Mercè Tienda y “Recordis”, con Tienda y Verònica Andrés. Tres piezas breves escritas y dirigidas por el que sigue caligrafiando esto, el mismo señor que monta en bici emulando visualmente, y sin saberlo, al patafísico Alfred Jarry.


Un disco:
En la temporada 88/89 se editaron tres discos que, de alguna forma, sintetizaban lo que escuchaba hasta entonces y que abrirían puertas y ventanas a nuevos descubrimientos musicales: “Sufer Rosa” de Pixies, “Isn’t anything” de My Bloody Valentine y “Bizarro”, de The Wedding Present. Aunque esto de un disco favorito depende de la estación del año e, incluso, del día y la hora… Por ejemplo, los de Edwin Collins y Orange Juice suelen sonar en verano, los de Adrian Borland y The Sound en invierno, los de Golpes Bajos en otoño y los de Lasha de Sela en primavera…

Una película: “Léolo” la veo, al menos, una vez al año… y empiezo a sospechar que no me hace bien.  “A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio…”. Dicho esto, pertenezco al club de fans de directores como Hartley, Leigh, Guediguian, Sorrentino, Herzog, Svankmajer, entre otros 20 ó 30 más que tienen en común parecerse poco o nada.

Un libro: ¿De qué…? Uhm… De cómic francés, “Los combates cotidianos”, de Manu Larcenet. De teatro argentino, “Bizarra”, de Rafael Spregelburd.  De narrativa suiza, “El paseo” de Robert Walser. De poesía argentina, Alejandra Pizarnik. De cómic americano-maltés, Joe Sacco. De narrativa valenciana, “Vides desafinades”, de Xavier Aliaga. De… ¡Basta!

Una serie: Por motivos laborales, he padecido una cruda adicción que me llevaba a ver temporadas enteras en un par de días… De casi todas las series guardo el recuerdo de capítulos e, incluso, secuencias memorables. Últimamente, estoy en proceso de desintoxicación y disfruto únicamente con aquellas que escudriñan el poder y la política del tipo: State of play, Black Mirror, House of cards o The Boss. Esto se debe, imagino, a que nunca podré participar como guionista en una serie así, y menos en este país que, precisamente, daría para tantas historias de este estilo. Vaaaale y Twin Peaks…Y sí, solo la primera temporada.

Una serie de dibujos animados: “El Show de los Muppets” y “Los Electroduendes”, aunque no sean estrictamente dibujos. Para dibujos-dibujos, los collages animados de los Monty Python y los estáticos de po poy.

Una revista: Lo tengo clarísimo, Verlanga. La compro todos los días en el quiosco.

Un icono sexual: Monica Vitti, Jean Seberg, Elina Lowensohn y Afrodita A… Aunque también depende de la estación, del día y la hora.

Una comida: Excepto los erizos de mar y los caracoles de montaña, me gusta todo.

Un bar de Valencia: Me da igual, siempre y cuando la compañía sea grata. Pero bueno, el Cafè Museu en el Carmen me trae buenos recuerdos. O el 5 en Russafa, me parece un espacio estupendo para generar nuevos recuerdos.

Una calle de Valencia: La mía, a pesar de ser espantosa. Es lo que tiene haber jugado en ella cuando era un enano.

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  1. Pingback: El retrato de toda una época | Verlanga

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