Un turista en su ciudad

La vida desde una terraza de San Marcelino

san marcelino

Fue en una de las primeras entradas de este Diario que hoy llega a su fin (tranquilos, que volverá a Verlanga pero, eso sí, con otra periodicidad) cuando comenté que para mí es tan importante visitar museos y lugares emblemáticos (o no) de una ciudad, como sentarse en una de sus terrazas a ver la vida pasar e intentar atrapar su ritmo diario. Casi en el tiempo de descuento, pero lo pongo en práctica.

Busco un bar de San Marcelino en el que haya ambiente y la gente circule por sus alrededores. Lo encuentro (más o menos) entre el pop esotérico de la cafetería-restaurante Granada (esa que guarda en una vitrina un jamón con el rostro de Cristo) y un parque infantil dedicado a Heidi del que solo queda una reproducción de Niebla, customizada y pintarrajeada. Alguien debería hacer un estudio sobre el maltrato que sufren los parques dedicados a personajes famosos como el de Blancanieves en la Carrera San Luis o el de Mortadelo y Filemón (aquello de “cualquier parecido con la realidad” cobra aquí todo el sentido imaginado) en Hermanos Maristas.

La elección del barrio no es casual. En el segundo capítulo de las andanzas del turista en su propia ciudad, os prometí que si me cruzaba por aquí con Shirley McLaine, Jack Lemmon o Billy Wilder, me apresuraría a contároslo. No ha sido así (menudo susto si me hubiera topado con alguno de los dos últimos que ya hace años que desaparecieron), pero tampoco los he echado en falta. ¿La razón? Cuatro abuelitas que comparten mesa y que pulverizarían los audímetros si tuvieran su propio programa televisivo. Involuntariamente ejercen una fuerza centrípeta que provoca que todos los presentes estemos pendiente de ellas. Todos no. Un hombre que apura un botellín de cerveza mientras regala perlas de conocimiento a un vecino suyo, vive en otra dimensión. “La Coca-Cola pone nerviosa a la gente” ocupa el primer puesto del hit parade de sus reflexiones.

Hay más fenómenos paranormales. En una mesa vacía reposa un vaso de horchata prácticamente intacto. En otra, una botella de un refresco light ha sido abandonada después de que alguien le diera dos sorbos. ¿Casualidad, mal estado de las bebidas o una performance de un resucitado Pistolo? No tengo tiempo a pensar en ello, porque los piropos que lanzan las ancianas mencionadas al camarero captan mi atención. Mientras le hablan le sujetan el brazo. Y le juran y perjuran que si le dicen “guapo” es porque lo es.

Busco vida humana fuera de estas mesas, pero se da la circunstancia de que todo el que pasa por su entorno acaba sentado en una de ellas. Incluso una de mis hermanas y una sobrina que se habían acercado a saludarme, terminan tomándose un cortado conmigo. Y eso que hace frío. Ya tiene su aquel que el peor día, climatológicamente hablando, del verano, sea el que he escogido para estar al aire libre. Pero no soy el único. Un chaval devora un bocadillo de lomo con patatas fritas como si no hubiera comido en los últimos ochenta meses. Temo que cuando acabe con él siga su almuerzo con mi pierna izquierda. Espero que, al menos, no cometa la humillación de echarle sal. Dos hombres, que ganarían de calle un concurso de dobles por su parecido a Los del Río, beben un quinto por cada bocado que le dan a su tortilla. Una mujer le pregunta a su perro si está gilipollas o qué.

Pero son las señoras mayores las que siguen acaparando todo el protagonismo. Una intenta explicarle a un vendedor ambulante cómo es la pulsera que se compró en la playa. Dos de ellas se enzarzan en una conversación, tan apasionante como paralela, sobre unos canales de televisión. La más joven explica que hace poco vio una película de Sara Montiel en Somos. “Querrás decir Neox”, le interrumpe la que está a su lado. A partir de entonces, ambas siguen charlando, deconstruyendo el antiguo esquema de emisor-receptor, triturando cualquier teoría sobre la comunicación. Los caminos de sus palabras no se cruzan, pero no parece importarles lo más mínimo.

Llega un ciclista con una coleta rasta que roza casi el suelo. Me duele al pensar el esfuerzo que tendrá que realizar cada vez que suba un puerto de montaña. Pero de nuevo, esta versión local (y aumentada) de las chicas de oro gana por goleada. Suena un teléfono, una de ellas rebusca en su bolso, saca una funda blanca y dentro está … el inalámbrico de su casa. Ni wifi, ni 3G, ni demás tonterías. El mejor equipo de guionistas del mundo no hubiera podido regalarme un final mejor para este Diario. Y es que en los nobles artes del terraceo y la observación del género humano, Valencia está viva, ¡Viva! ¡Feliz lo-que-queda-de-verano y gracias por haber estado ahí!

Niebla, todo lo tranquilo que le dejan estar.
Niebla, todo lo tranquilo que le dejan estar.

P.D.- Este Diario hubiera sido otra cosa sin el apoyo logístico de Eva, la renuncia de Moe a su partida matinal de pelotita, la labor de GPS de mi hermana Mari en algún momento crítico y caluroso y, por supuesto, sin ustedes, amados lectores. Nos vemos por las calles de la ciudad.


Entregas publicadas del Diario de un turista en su ciudad: