Una calle para...

Una calle para… Colombine

Clara Sáez. Foto: Eduardo Manzana.

Clara Sáez es periodista, ha trabajado muchos años (quince) en comunicación institucional cultural que alternó durante un tiempo (cuatro años) con artículos quincenales sobre arte en la Cartelera Turia. Desde hace casi dos trabaja en la revista Valencia City y en Tendencias (de la misma editorial) y desde hace uno y medio escribe en la revista Urban sobre arquitectura, interiorismo y diseño. Le encanta Almudena Grandes, Carmen Martín Gaite, Paul Auster, Lucia Berlin, la poesía de bares (Iribarren) e ir a los Cines Babel y acertar con la película.


Una calle para … Colombine

Retrato de Colombine, por Julio Antonio Rodríguez Hernández.

Ante la propuesta de Verlanga de renombrar el callejero se me ocurrieron varias opciones, a cada cual más propia de una fan fatal (una calle para los Beatles, una avenida para Azcona, una gran vía para Katharine Hepburn, otra para Rubianes … a todos ellos, gracias por los buenos ratos), pero después pensé que, ya que me dejan, dedicaría algo a la primera mujer que fue considerada periodista profesional en España, Carmen de Burgos, también conocida como Colombine.

Perteneció a esa generación intelectual situada entre la del 98 y la del 27, y fue de las pocas mujeres que se colaron ahí. Pionera en la redacción de un diario y primera mujer corresponsal de guerra (llegó a cubrir la guerra con Marruecos), trabajó haciendo reportajes de viajes en un momento en el que a las mujeres no se les permitía viajar solas. Desde su feminismo practicante fomentó el debate de temas tan polémicos en la época como el voto para la mujer y lo hizo desde su columna diaria, donde aparentemente se ocupaba de temas “femeninos”. Su libro El divorcio en España, que reunía su opinión junto a la de Azorín, Baroja, Blasco Ibáñez y Unamuno (“creo en el amor, no en el matrimonio”) la colocó en un lugar muy visible: así, Carmen de Burgos consiguió ser a la vez admirada por Giner de los Ríos y denostada por los sectores más reaccionarios, que la desacreditaron todo lo que pudieron (la llamaban, lo más suave, “la divorciadora”. Iba en dirección prohibida). Con el voto femenino pasó algo parecido, ella fue una firme defensora y tuvo que esperar hasta sus 64 años, cuando se proclamó la Segunda República, para ver reconocido, aunque fuera por poco tiempo, ese derecho tan básico. Todo pasó rápido y ahí está la historia para ver lo que vino después. En lo relativo a nuestra protagonista, con una prolífica carrera literaria a cuestas, Franco prohibió sus libros (la puso en la lista negra junto a Voltaire o Rousseau) y no quedó ni rastro suyo en librerías o bibliotecas.

Por eso, yo, que no tengo nada en contra de la calle del Pollo o de la calle Cocinas, por decir alguna, creo que tampoco pasaría nada por dedicarle una calle a una mujer como ella, brillante, pionera y peleona que aprovechó la educación privilegiada que recibió para dar voz a las que no la tenían. Es más, ya puestos le dedicaría la plaza Xúquer (tampoco tengo nada contra el río, ojo), un lugar con bares y con gente donde hartarse de beber cervezas, sola o no, a la salud de Colombine. Por los servicios prestados.