Sigfrid Monleón

Foto: Manel Aguado.

Foto: Manel Aguado.

Hola, me llamo Sigfrid Monleón y estoy aquí porque los días 27 y 28 de diciembre estreno en La Rambleta mi primera dirección teatral, “La rendición”, después de una larga gira que me ha llevado por muchas ciudades de España, además de Edimburgo y Buenos Aires. Al fin en casa. Os invito a verla, es una obra muy especial, escrita e interpretada por una actriz poco común, Isabelle Stoffel, una fuerza de la naturaleza, sensual, descarada y muy inteligente. Trata sobre los poderes trascendentales del sexo, del sexo anal para más señas, con humor y profundidad. No os dejará indiferentes, os lo aseguro.

Antes de dirigir teatro he escrito y dirigido películas, que es lo que siempre quise hacer desde que un día vi “Frankestein”, la original de James Whale. Algunas os sonarán, porque están muy identificadas con nuestra cultura mediterránea, como “La isla del holandés”, o con la ciudad de Valencia, como “La bicicleta”. Con mi terreta. Mi última película de ficción se titula “El cónsul de Sodoma” y en ella Jordi Mollà encarna al poeta Jaime Gil de Biedma, a quien tuve el placer de conocer en la Mostra de Cinema del Mediterrani, cuando aquí había un gran festival de cine que luego echaron a perder para después enterrarlo a las primeras de cambio. Igual que han hecho con RTVV, el Banco de Valencia, Bancaja… ¡Por Dios, queda algo en la nevera!


Un disco:
“Cuarteto para el fin de los tiempos”, de Olivier Messiaen (con Daniel Barenboim al piano). Este cuarteto fue escrito en un campo de concentración de la Baja Silesia, donde Olivier Messiaen se encontraba preso por las tropas alemanas, y fue estrenado en 1941 ante una audiencia de 5.000 prisioneros y guardias de prisión. Es la música del tiempo mesiánico, entre el tiempo del final y el final del tiempo, dotada de una espiritualidad sobrecogedora e intemporal.

Una película: “2001, una odisea en el espacio”, de Stanley Kubrick. La vi siendo un niño y cada vez que la vuelvo a ver (llevo unas 25) me produce el mismo impacto. Es la más deslumbrante y ambiciosa narración audiovisual que ha dado el cine. De proporciones cósmicas. Y es increíble que, siendo una película que raya en lo experimental, gozase del favor del gran público… Aunque confieso que el árido humanismo de Kubrick me lanza a ver a continuación cualquier película de Jean Renoir, para gozar, por contraste, de su hedonismo.

Un libro: “Bartleby el escribiente”, de Herman Melville. Cualquiera de sus grandes novelas, empezando por “Moby Dick”, es una buena compañía para surcar las corrientes de la conciencia, pero recomiendo este pequeño relato suyo, una suerte de Melville homeopático que comprende todo el misterio de su literatura. El escribiente que prefiere no escribir hace añicos la relación entre el poder y el querer en la que se funda nuestra ilusión de la moral y nos deja desnudos ante la nada de la que procede toda creación.

Una serie de tv: “Berlin Alexanderplatz”, de R.W. Fassbinder. Entre 1979 y 1980 el director alemán se encerró en los estudios Bavaria para dar a luz su monumental adaptación de la novela de Alfred Döblin, quince horas y media dedicadas a reconstruir la vida interior y exterior de un hombre corriente, ex asesino, ladrón y chulo, en el agitado Berlín de la República de Weimar. Fassbinder culminó aquí su visión pesimista sobre la relación del hombre y la sociedad. ¿Quién haría hoy una serie así? ¿Qué televisión la produciría? Más actual, me quedo con The Wire, aunque Robert Altman ya lo hizo antes con sus películas-fresco tipo “Nashville”.

Una serie de dibujos de tv: “Los Simpson”, de Matt Groening. Esta sátira no pierde vigor desde que se estrenó en 1989. Lo extraño, al menos por estos pagos, es que siga lanzado sus dardos desde la ultraconservadora cadena Fox. La familia disfuncional de los Simpson ha hecho historia y es como si formáramos parte de su prole. Incluso el ministro Montoro imita al señor Burns, el jefe de Homer Simpson y propietario de la planta nuclear de Springfield, al que la revista Wizard considera como el cuadragésimo quinto gran villano de todos los tiempos.

Una revista: Le Monde diplomatique. Me gusta informarme de lo que ocurre en el mundo leyendo los largos y documentados artículos, con sus notas a pie de página, que publica esta revista mensual, en su edición española –que por cierto se edita en Valencia– o cualquier otra. Lo que se lee en Mondiplo suele estar silenciado en los mayores medios de comunicación del país, que parece que ya sólo escriben para sus juntas de accionistas. Cada tanto, además, publica un número especial, como El Atlas Financiero, que es un tesoro.

Un icono sexual: Anna Karina. El director Jean-Luc Godard la vio en un anuncio de jabón que aparecía en una película de Guy Debord y se enamoró de ella, convirtiéndola en la musa de las películas señeras de la Nouvelle Vague. Filmó como nadie sus gestos, su cuerpo, su epidermis. Yo me enamoré de ella en un cine-club, viéndola bailar en “Vivir su vida”, una película en blanco y negro rodada antes de que yo naciera. De la época dorada de Hollywood me quedo con sus rubias, Marilyn, por supuesto, y Kim Novak, que riza el rizo del deseo sexual en “Vertigo” dirigida por Hitchcock.

Una comida: La paella con sus caracoles. Es el único plato que, si está bien hecho, puede devolverme a mi infancia. Es el sabor que revive mis recuerdos nutricios, mi magdalena de Proust.

Un bar de Valencia: El Maipi. En el barrio de Russafa, un clásico en la mejor tradición del bar de tapas, sin artificios, con una barra que es el Mercado Central en miniatura y una plancha que hace milagros. Nunca defrauda, y ya ha cumplido los 30 años. A celebrarlo.

Una calle de Valencia: La Calle de la Paz, mirando a la torre de Santa Catalina. Mantiene una unidad y armonía arquitectónicas, en la línea del urbanismo decimonónico francés, raro de ver en una ciudad tan castigada por el desarrollismo y los pelotazos inmobiliarios.

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