Ignacio Carrión

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Tengo 76 años. Pero no me lo creo. Nací por accidente bélico en San Sebastián (Guipúzcoa). Mi familia es de Valencia. Mi padre era pobre y mi madre millonaria. Mi abuelo materno era banquero y terrateniente. Mi abuelo paterno era Guardia Civil y vigilante nocturno de la Caja de Ahorros. Soy el resultado de este desequilibrio social.

Luego de ser librero me hice periodista para conocer el mundo y escribir sobre lo que veía. Mi pasión por lo primero (viajar) fue mas fácil de satisfacer que lo segundo hasta la muerte de Franco. Pero desde el año 1961 he mantenido sin interrupción un diario personal –algunos lo llaman íntimo- para registrar absolutamente todo.

Mi primera nómina la recibí del semanario Blanco y Negro. De allí pasé al diario Abc para ocupar la corresponsalía en Inglaterra durante 4 años. Con Cambio y Diario16 estuve 5 años en USA. Con El País fui enviado especial por todo el mundo hasta mi jubilación hace 15 años. Sin embargo, un periodista no se retira jamás.

Escribí mucho sobre demasiados temas. Hice entrevistas. Crónicas. Reportajes y columnas. Casi siempre tuve que trabajar con prisas (y a menudo con dificultades de transmisión) pero sin apresuramiento. Mi objetivo primordial ha sido que el lector reconociera al autor en el primer párrafo por el ritmo, el tono y la sencillez de mi escritura. Mi frase es corta y clara. La prosa debe ser trasparente. Si tienes las ideas claras escribes con claridad.

He escrito ficción: relatos y novelas. Una de estas obtuvo el premio Nadal (1995). También he publicado libros de no ficción sobre viajes por España o por el extranjero: India, USA, URSS. He escrito algún ensayo. Se han publicado mis Diarios –aunque no en toda su extensión- en tres volúmenes. Los casi 200 cuadernos manuscritos se guardan en la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Valencia. Hice donación de todos mis textos.

El próximo otoño aparecerá una nueva entrega de Diarios (2011-2014). He pronunciado conferencias en universidades de los EE.UU. Pocas en España. He impartido cursos para adultos de escritura creativa con el único fin de animarles a escribir. He leído mucho –empecé tarde- y lo sigo haciendo. No sigo modas. No imito a nadie. Admiro, eso sí, a muchos. Solo hago caso a lo que me dicta mi instinto y al sentido común. Prefiero el error a la obediencia.

Con tus lugares preferidos ocurre como con las personas cuya compañía no cambiarías por ninguna otra hasta que aparece alguien que usurpa el lugar de la anterior. Las preferencias son cambiantes y en ocasiones incluso efímeras. Pueden durar años o unas cuantas semanas. La libertad está por encima de la fidelidad.

Mis cinco lugares preferidos de Valencia son:

El restaurante Atmosphère

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Fotos: Miguel Ángel Puerta.

Fotos: Miguel Ángel Puerta.

Atmosphère tiene una terraza o, mejor dicho, un patio de luces con plantas y un mural pintado con motivos franceses. Está en el interior del Instituto Francés. Se llega pasando por una sala de exposiciones que atraviesas como una flecha al entrar y lentamente cuando ya has comido y empiezas la digestión. Me gusta lo que en otros lugares me disgusta: oír ruidos y voces de los comensales porque siendo en su mayoría franceses el alboroto español (y los decibelios valencianos) me parecen más llevaderos. Me gusta la cocina, por supuesto, cuidada pero familiar. Y me gusta la carta de vinos y sus precios. Suelo comer con un grupo de amigos a quienes les gusta el lugar tanto como a mí. Por eso lo frecuentamos desde hace varios años. Olvidas el menú. Recuerdas, en cambio, todo lo que lo acompaña. En ocasiones imagino que no estoy exactamente en un barrio de esta ciudad sino en uno parisino.

Un banco del puente de las Flores

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Fotos: Miguel Ángel Puerta.

Fotos: Miguel Ángel Puerta.

El puente de las Flores no se llama así, creo, pero todos lo llamamos así porque las flores son una exclusiva de este paso elevado sobre un río que ya no existe y conecta una parte y otra de la ciudad. Aquí vengo a diario con mi perro. Nos asomamos a la barandilla para ver a los deportistas que van en bicicleta o que hacen jogging o que recuerdan a paso ligero que en el pasado fueron lo que ahora han dejado de ser. A partir de una determinada edad lo único que corre a velocidad de vértigo son los años. Mi perro observa. Me siento y entonces él se tumba en los travesaños de madera y si no piensa –que eso estaría por ver- al menos duerme y sueña. El sueño es otra variedad de pensamiento. A mis espaldas pasa el tráfico rugiendo y echando gases al cielo, pero los maceteros repletos de flores nos separan de ese horror.

La sala de conciertos de La Nau

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Fotos: Miguel Ángel Puerta.

Fotos: Miguel Ángel Puerta.

La sala de música en La Nau me atrae no solo por la música, a menudo de cámara, sino también por el ambiente y la acogedora austeridad del recinto. Escribo de memoria y no recuerdo el nombre exacto de esta sala, antes una capilla, porque la memoria falla y deja algo mucho mejor e imborrable: la emoción que despierta un lugar. Escribo allí en un pequeño bloc pero siempre con estilográfica y con tinta indeleble. En ocasiones no escribo mas que mentalmente. Es algo que precede la escritura en papel. Y es una vieja costumbre adquirida en mi infancia cuando nos llevaban por ahí en coche, o en un tren, o incluso en una tartana con caballería. Escribo porque extraigo imaginariamente las palabras como las bolas de una lotería. Y con estas bolas compongo palabras. Y las palabras se convierten en frases. Con esto, más o menos, me basta.

El Mercado Central

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Fotos: Miguel Ángel Puerta.

Fotos: Miguel Ángel Puerta.

En el Mercado Central sobran toda clase de productos alimenticios. La abundancia resulta a veces ofensiva. Alrededor del mercado deambulan mendigos y vagabundos. Si algo les cae, este algo los mantiene en pie. No los olvido ni es fácil ignorarlos cuando subes unos peldaños y accedes al mercado empequeñecido por la luz de las bóvedas que deja atónitos a los extranjeros y agota las baterías de sus móviles. Hasta los besugos se hacen un selfie. Pero un día descubrí a un artesano de la piel que trabaja en un pequeña parada del mercado (frente a la cafetería que antes era un bar sin remilgos para los vendedores) y este artesano del que no sé su nombre me arregló un cinturón y mientras lo hacía, se puso a hablar de libros sin saber que este es uno de mis temas predilectos. Había leído y seguía leyendo mucho. Tenía, dijo, una gran biblioteca. Era su pasión, la lectura. La piel solo era lo que es una piel curtida: si no hay nada dentro es poca cosa. Pero este artesano llevaba bajo su piel un montón de historias y, como su edad no era la de un joven, sus historias eran largas y apasionantes. Le prometí regalarle un par de libros míos. Pero cuando salgo de casa siempre olvido esos libros. Y cuando entro a visitar al artesano de la piel, lo primero que hago es excusarme. Y él, sin levantar apenas la cabeza, y con un gesto de hombre que sabe esperar, dice: “No pasa nada, la próxima vez los trae”.

Librería Ramón Llull

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Fotos: Miguel Ángel Puerta.

Fotos: Miguel Ángel Puerta.

La librería Ramón Llull, en la calle del mismo nombre, la conocemos como la librería de Almudena. Es nuestra porque es de Almudena. Y los lectores, autores, editores y aspirantes a algo de todo aquello, somos o creemos ser, importantes en la vida y el negocio de Almudena. En este lugar me siento como soy y no como seguramente desearía ser, o como otros que creen conocerme piensan que soy. Me encuentro tan a gusto que no saldría de allí. Es un espacio alegre y cómodo. Hay sosiego y silencio bajo una música discreta que uno mismo inventa. Es el lugar de las presentaciones de libros por excelencia. La auténtica tertulia en constante renovación. Pasarías horas y horas hojeando novedades, descubriendo autores y absorbiendo ideas. No imagino esta ciudad sin esta librería que, poco a poco, las va perdiendo para siempre con indignante resignación.

3 comentarios

  1. Enrique Martín Pardo dice:

    No hay forma de encontrar su libro Cruzar el Danubio, en papel por supuesto. ¿Sabe de alguna librería donde pueda pedirlo? Me encantó su artículo plumas y plumas y su forma de escribir. No sé quién dijo que el adjetivo que no da vida, mata, y por lo que leo, estamos rodeados de asesinos.
    Yo también solo escribo con pluma ,y después lo paso al ordenador. Es verdad que nos ayudan a plasmar o modelar el ritmo del pensamiento. Cada día saco a un par de ellas a pasear por Granada y a que se oxigenen de tanto contertulio sabelotodo. Perdone las molestias.
    Muy cordialmente. Enrique.

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