Foto: Andrea Macchia

Foto: Andrea Macchia

Una obra que explora la ceguera como metáfora del colapso visual y la hiperpresencia de la imagen, el 5 y 6 de abril en el TEM

El Conde de Torrefiel presenta su nueva obra, La luz de un lago, en el Teatre El Musical los próximos 5 y 6 de abril. Con un formato que se sitúa entre la película y el teatro, el montaje sigue las vidas entrelazadas de una niña, un mendigo y una bailarina que enfrentan la pérdida progresiva de la visión. A través de esta historia, la compañía plantea una reflexión sobre el amor, el trabajo y la violencia en un mundo que se desintegra visualmente, donde los personajes transitan entre espejismos, trampantojos y alucinaciones.

La obra continúa la exploración que El Conde de Torrefiel inició en proyectos previos como La plaza, Kultur y Una imagen interior, explorando el cuestionamiento de la sobreabundancia de imágenes y su impacto en la percepción. En este nuevo trabajo, la ceguera se convierte en una poderosa metáfora del colapso causado por una visión excesiva.

Foto: Andrea Macchia

Foto: Andrea Macchia

Foto: Andrea Macchia

Foto: Andrea Macchia

La puesta en escena destaca por su capacidad para invocar imágenes fugaces mediante una composición sonora envolvente, muros escenográficos, textos proyectados y voces en off. Este enfoque experimental pone en el centro el espacio sonoro como el eje estructural de la pieza, una característica distintiva del lenguaje escénico de la compañía.

La trama de La luz de un lago es una colección de relatos que transitan por diferentes tiempos y lugares, con personajes como una pareja que se conoce en un concierto en Manchester, dos amantes secretos en Atenas, una transexual en París y un estreno en la Ópera Fenice de Venecia. A lo largo de la obra, se busca generar un espacio para la imaginación del público, desafiando la tradicional visión del teatro y fomentando una experiencia sensorial completa.

Foto: Andrea Macchia

Foto: Andrea Macchia

El trabajo sonoro desempeña un papel crucial en este montaje, y los creadores, Tanya Beyeler y Pablo Gisbert, explican que la obra se inspira en las teorías del filólogo Marshall McLuhan sobre la comunicación humana a través del sonido, un regreso al uso del oído frente a la vista. «Utilizar el sonido como brújula de orientación en el espacio y medio para viajar en el tiempo», comentan los artistas.