La confiança. Foto: María Cárdenas.

Diecisiete horas pariendo no debería formar parte de ninguna normalidad. Si además, a los dolores internos propios de la situación, se le añaden los provocados por agentes externos como el personal que está atendiendo a la mujer en ese momento, la experiencia debería ser tildada casi (o sin casi) de tortura. Pero vivimos tan rodeados de violencia que acaban siendo peajes, como muchos otros, que asumimos que deben pagarse.

La dramaturga Guadalupe Sáez pasó por ese amargo trance cuando fue madre. Aquel episodio de violencia obstétrica es el eje de La confiança, primera producción propia de la Sala Ultramar, que podrá verse en sus instalaciones hasta el próximo 13 de junio. Si existe la justicia escénica, este montaje no debería acabar aquí su recorrido, si ocurriera sería una muesca que se debería interpretar como un fracaso del sector.

“La confiança” se disfruta con la glotonería del que lambucea los platos después de comer porque no quiere que se quede nada. La obra arrolla desde que empieza la función y lo hace desde todos los flancos. El interpretativo con la inmensidad de Mertxe Aguilar, la templanza de Diego Ramírez y la ubuicuidad casi silente de Clara de Luna. El textual, en el que Sáez conexiona su propia experiencia con la detención de una mujer embarazada de 42 semanas y el enfrentamiento de una orangunata en la selva de Borneo contra aquellos que quieren destrozar su hogar. El escénico, con una dirección de Eva Zapico en el que todo avanza armónicamente y en el que cada detalle merece ser celebrado. El escenográfico con un trabajo impoluto de Luis Crespo, en el que no solo menos es más, que sí, sino en el que lo que es es lo que debería ser y no necesita más. El sonoro con un universo compuesto por Luna y Panorama de los insectos sin el que la obra quedaría huérfana. El luminoso, firmado por Mundi Gómez, convertido en una pieza narrativa más y no en un complemento.

Hablamos con Guadalupe y con Eva en la terraza del Wayco de Historiador Diago, unos minutos antes de que una extraña tormenta caiga sobre la ciudad.

Guadalupe, vuelves a partir de una experiencia personal para contar una historia.

Guadalupe Sáez: Siempre suelo trabajar desde la autoficción, pero es que tengo la sensación de que es el terreno donde controlo y que me interesa. Cómo ir de la experiencia personal propia a algo que pueda convertirse en sentimiento universal. Al final, las personas no somos tan diferentes. La obra surge de un taller de autoficción que impartía Sergio Blanco. En él, había que trabajar con una serie de parámetros: un relato personal, un objeto, una noticia y una imagen. Era un texto breve. Y de ahí parte la pieza, con el relato de un parto que fue el mío.

El hecho de ser una historia tan personal y de que conozcas a la autora, ¿ha condicionado de alguna manera la dirección?

Eva Zapico: En este caso, como Guada es tan tremendamente generosa, he tenido libertad absoluta desde el principio. Esto no es tan frecuente. No solo no me he sentido condicionada, sino que todo lo contrario, por parte de ella y de todo el resto del equipo. De hecho, entró a ver algún ensayo, pero no dijo ni mu (se ríe). Y para mí es un regalo, un lujo tener tanta libertad creativa.

¿Qué se ha aportado al texto desde la dirección?

Eva: El texto está íntegramente respetado, más allá de que cambié una cosa de sitio.

Guadalupe: Y mejoraste mucho una acotación.

Eva: (se ríe) El texto es muy poderoso no solo por lo que cuenta, sino por todo el imaginario que propone. Es un texto muy visual, aunque a priori no lo parezca. A mí me ha permitido trabajar a partir de generar imágenes, que es como mejor funciono. Primero generando toda la dramaturgia visual, el trabajo de personajes y demás me lo dejo para el final. Para mí era a veces cinematográfico, me imaginaba un montón de texturas sin tener que utilizar más que la palabra.

Guadalupe: Por texto sí que está el paralelismo entre la habitación del hospital y la selva de Borneo, pero la imagen poderosa que se consigue es Eva. Es Eva Zapico en estado puro. Si quieres algo que tenga fuerza estética y belleza y que sea llevar a los personajes al límite es ella. Y ahí hemos conseguido un suma y sigue.

Eva: Todas las imágenes que he articulado, ese universo, están en el texto, de una manera u otra.

¿Cómo llega una oraguntana de Borneo a la historia del parto de una mujer?

Guadalupe: Surge de casualidad. Cuando empiezo a trabajar el texto en el taller de Sergio Blanco, él pide como he dicho antes varios elementos. Uno es una imagen y otro es un relato personal. Como relato llevo la descripción de mi parto, que es el texto que abre la obra, aunque está reconvertido en un sueño. Y como imagen, en ese momento encuentro la de una orangutana golpeando una pala excavadora en la selva de Borneo, y me impacta mucho. Pasado el tiempo, cuando me pongo a escribir el texto empiezo a mezclar ambas historias. Y, casualidades de la vida, funciona muy bien, porque inconscientemente o no, no lo sé, la lucha climática y el feminismo en muchos puntos van de la mano, se tocan, se encuentran.

“La confiança” denuncia la violencia obstrética, y reflexiona sobre la violencia en general. Pero esa violencia desprende cierta belleza en su puesta en escena gracias a las coreografías.

Eva: La intención no es tanto estetizar la violencia como huir de una representación verosímil. Era una de las responsabilidades más peliagudas. No suelo utilizar la verosimilitud en mis trabajos y en este caso me parecía todavía más importante no hacerlo, encontrar la forma de poder representar la violencia, de poder incluso representar los estadios del parto por los que va pasando la mujer, pero no hacerlo de manera verosímil. Hablando con los intérpretes estuvimos de acuerdo en que no sería interesante buscar una representación pretendidamente real de un parto, de las contracciones… En el soporte escénico, otra cosa sería en el audiovisual, la verosimilitud siempre es complicada. No me interesa mucho como lenguaje escénico.

Es una obra que hace pensar al espectador y plantearse cosas que seguramente no había hecho antes.

Guadalupe: Había intención de hacer pensar al espectador, y sobre todo, de hacerme pensar a mí. Son cosas que no te planteas hasta que eres madre. Mi hijo será él el que gestione, en algún momento, la violencia. Ya parte de una posición privilegiada que hijas de amigas mías no tendrán nunca. A raíz de ser madre empecé a preguntarme muchas cosas de cómo estaba educando a mi hijo, qué cosas iba a elegir él, qué ejercicio de la violencia había… y tampoco tengo una respuesta. No sé si mi intención es más un hacer pensar o “estas son todas mis dudas, a ver si hay alguien que es capaz de responderme algo porque yo no sé responderlas”. Hemos llegado a un punto tan bestia de la normalización de la violencia que es muy difícil salirse de ahí. En el momento en el que detienen a una mujer embarazada de 42 semanas ya piensas que poco más queda por hacer.

La confiança. Foto: María Cárdenas.

Hablemos de los intérpretes, Mertxe Aguilar.

Guadalupe: Escribí la obra sin pensar que Mertxe la iba a interpretar. Mertxe es amiga y se la di a leer en su momento, pero como también, por ejemplo, a Patricia Pardo. Y unos dos años más tarde me dijo que Ultramar como sala quería producir ese texto. Fue una maravilla (se ríe). Mertxe está inmensa y me encanta que desde fuera se vea así porque se lo merece.

Eva: Mertxe tiene una cualidad que no es muy habitual entre los intérpretes, que es la naturalidad. Y sin pretenderlo. Eso es algo muy bueno como punto de partida del trabajo. Al principio hablamos mucho, porque Mertxe es madre y yo no, y necesitaba saber un montón de cosas. Hicimos este trabajo teórico previo y tuvimnos varias charlas profundas, pero luego el proceso fue todo lo contrario. La profundidad ha llegado después. Hemos trabajado sobre todo desde lo físico y desde imputs pequeños, porque el texto ya tiene esa otra carga. Y hablo de la naturalidad de Mertxe porque ella resuelve sin hacerse demasiadas preguntas y eso está muy bien. Recurriendo más a la intuición que a la intelectualidad. En este caso ha sido especialmente positivo porque le propuse llegar a los estados que narra el texto desde un lugar que no fuera psicológico, que fuera de piel. Llegar al cansancio, al dolor, a la desolación… a todos los estados desde un lugar físico. Por eso era muy importante el otro intérprete, la figura masculina, porque le tenía que dar físicamente esa réplica, que pudiera manipularla, levantarla… Una vez construímos lo físico nos hacíamos la pregunta sobre qué estaba contando el texto en ese momento.

Esa figura masculina es Diego Ramírez.

Guadalupe: Él tiene el papelón. Por texto, su personaje no hablaba en ningún momento. En dirección es donde se decide, y queda muy bien, darle algunas réplicas. El estar en escena es lo más complicado que le puedes pedir a un actor.

Eva: Diego Ramírez, que no se ha prodigado mucho por València desde hace unos años, me parece un diamante en bruto, muy buen intérprete. Entre otras cosas, por esto. Se ha colocado al servicio de lo que la pieza necesitaba en cada momento y no ha reclamado más, no le ha importado estar todo el rato sirviendo lo que la escena necesita. Y además haciendo de malo, malísimo (se ríe). Es la representación de la masculinidad en el peor de los sentidos.

Clara de Luna completa el trío que se sube al escenario. Luna y Panorama de los insectos, del que forma parte, firman la música y el espacio sonoro, y ella la interpreta en directo. Pero su participación va más allá de la música, ¿no?

Eva: Por la atmósfera que genera el texto pensé que lo sonoro era muy importante, pero no tanto desde la musicalización, sino como un elemento más que fuera creando esa densidad, esa atmósfera híbrida. Como dices no es solo música, es algo más que va colaborando en el paso de un espacio a otro.

Ellos (Luna y Panorama de los insectos) se leyeron el texto, Clara trajo algunas propuestas, y luego fueron haciendo sobre la marcha. Trabajan muy bien la inmediatez, vinieron a ensayos y componían a partir de escenas que veían. A partir de determinado momento, Clara ya se incorporó, era un personaje más y venía a todos los ensayos.

Luis Crespo es el responsable de la escenografía.

Eva: Cuando trabajas con artistas especializados en su espacio suelen hacerte una propuesta dramatúrgica propia sobre el texto. Yo ya había pensado, porque eso está en el texto, que los dos mundos tiene que estar. Crespo en su propuesta, que no quiero desvelar para quien no haya visto la obra, hace una muy buena lectura del texto. Me gusta trabajar así, ver qué es lo que el equipo propone. Si va a favor y es una lectura correcta del texto dramaturgicamente hablando, adelante, no puede más que sumar. Es lo que sucede en esta obra.

¿Qué códigos narrativos creéis que están presentes en la obra? En tu caso, Guadalupe, ¿hubiera sido posible escribir “La confiança” sin haber hecho tus obras anteriores?

Guadalupe: Creo que no hubiera hecho antes una obra así. La sensación de apuesta por la ficción en este texto es más grande que en otros anteriores. No es diferente la forma de contarlo, pero sí el punto del que se parte. Ayer me reía con Mertxe sobre si eran muy raras nuestras propuestas y le decía que más sencilla que esta… más planteamiento, nudo y desenlace que esta no tiene nada en este mundo. No tanto por la propuesta de texto, sino por la situación que estás viendo, que es un parto. Y el parto es eso: planteamiento, nudo y desenlace. Es aristotélica clásica y el espectador conecta muy fácilmente con eso, aunque luego le introduzcas todo lo experimental que quieras.

Eva: Una de las cosas que funciona muy bien y emociona al público es que el texto actúa también como descubrimiento. A mí es lo que me produjo cuando lo leí. Porque soy mujer, pero no he parido y soy una inculta en muchos de estos aspectos, y desconocía que la violencia obstétrica es tan heavy. Y este proceso creo que se produce también en buena parte del espectador. La información está dosificada de tal manera que el público y la protagonista hacen un descubrimiento paralelo. Y esto ayuda a la narrativa y funciona muy bien.