Escenarios

Los limones, la nieve, la danza, la huida dilatada y todo lo demás

“Los limones, la nieve y todo lo demás”. Mónica García, Ana Vallés y un zorro disecado. Foto: Edición Rusa.

Pocas veces un teaser ha sido más eficaz que en el caso de la obra Los limones, la nieve y todo lo demás. Tentados hemos estado de no escribir intro a esta entrevista y colocar en su lugar el vídeo que aparece a mitad de la misma. Sí, muchas imágenes valen más que mil palabras.

Los limones, la nieve y todo lo demás es una producción de la prestigiosa compañía gallega Matarile Teatro, que podrá verse dentro de la programación del Festival Tercera Setmana el próximo miércoles, 12 de junio, a las 20.30h en el Teatre Principal.

Ana Vallés y Mónica García firman la autoría, la dirección e interpretación de esta pieza de danza que, según confiesan, tiene referencias a Bolaño, Thoreau, María Muñoz o Nietzsche. ¿De qué va la obra? “De la tentación de dejarlo todo y largarnos corriendo a otro lugar. Del deseo persistente de atravesar la fantasía y los hechos reales de nuestros personajes inventados. Quizás por evitar el regreso dilatamos la partida, y mientras tanto, escuchamos las palabras del loco o abrazamos la belleza, con mala conciencia”. Ana Vallés nos atiende por teléfono y nos cuenta más cosas.

¿Cómo nace Los limones, la nieve y todo lo demás?

Nace por una propuesta que me hizo hace dos años, Mónica García, que es una de nuestras intérpretes habituales en Matarile. Me propuso hacer un dúo. Llevábamos más de diez años trabajando juntas, yo como directora y ella como bailarina, con el entendimiento y el saber cada una de las maneras y la fisicalidad de la otra, que supone. Me hizo muchísima ilusión ese cuerpo a cuerpo con Mónica porque siempre trabajamos con un grupo mayor de personas. Y a partir de ahí fue surgiendo todo. Es un trabajo muy basado en la imagen, en el encuentro físico y en la plástica.  Es una propuesta muy visual.

Mónica y tú firmáis la autoría, y os encargáis tanto de la dirección como de la interpretación del montaje. ¿Hubo división de trabajo o fue una tarea al unísono?

Fue compartido. Como siempre sucede, durante los procesos se va produciendo un intercambio y unas aportaciones mutuas. Y lo que va sucendiendo durante las improvisaciones diarias va impregnando el trabajo de los días posteriores. A parte de eso, cada una de nosotras aportábamos planteamientos personales. Por ejemplo, en mi caso, yo quería que fuera algo muy plástico desde el principio buscando la potencia de la imagen. Este discurso se vio reflejado después en la propia pieza, donde la palabra cuando entra lo hace para cuestionar la necesidad de la palabra cuando la imagen es potente y no hay necesidad. Los temas fueron saliendo y encajando. Hubo un momento en el que el propio proceso fue segregando o escupiendo lo que ya no entraba. Y quedaron los temas principales, como el viaje, con lo que implica de deseo, de la huída como utopía o de dilatar la partida. También el azar de la caída como un juego entre el equilibrio, lo inestable y la seguridad. Por un lado amamos estar protegidos, pero por otro siempre añoramos un estado de peligro, de desconocimiento, de misterio. Es lo que nos mueve al ser humano.

Cuando se asume la autoría, dirección e interpretación de una pieza, ¿es necesaria una mirada externa no “contaminada” de todo el proceso creativo?

A mí me gusta que todo el equipo esté contaminado. De hecho, Baltasar Patiño, que es la tercera pata de este proceso, y que se encarga de la luz y el sonido en tiempo real, nos ha acompañado desde el principio. A parte de eso, hemos contado con Ricardo Santana como ayudante de dirección, quien además es bailarín en Matarile y ha trabajado mucho con Mónica García. Era cómplice de las dos y, al mismo tiempo, ese ojo externo crítico por el que preguntas.

¿Cómo ha ido evolucionado la obra desde su estreno? ¿Es la misma pieza aquella que la que se verá en València?

No es nunca lo mismo. Además, en Los limones… hay una estructura clarísima y marcadísima, unas claves, pero dentro de eso hay libertad y está el riesgo del que hablaba antes de la caída. Ese a-ver-qué-pasa. El cuerpo a cuerpo es de verdad y hay que ver cada día cómo nos acoplamos. No es algo coreografiado, tal y como se entiende una coreografía como algo marcado. No, hay un grado muy determinante e importante de improvisación, pero no de improvisación de a ver qué pasa, sino de a ver cómo me la juego hoy. Y pasa lo mismo con la música y la luz al ir, también, en tiempo real. Nos la jugamos los tres. Por eso fluctúa y no es lo mismo ahora que el día del estreno, no es lo mismo en un espacio que en otro.

¿Por qué elegistéis los limones y la nieve como elementos escénicos y creativos?

Podríamos decir que la elección del título fue, casi, azarosa. Pero, sin embargo, yo creo que el azar nunca es azar por completo porque todo está contaminado por tu historia anterior. Y en este caso, nuestra historia vivida juntas. Yo misma digo en uno de los pequeños textos de Los limones… que no es posible plantear esta historia sobre una ausencia de historia. Podríamos decir que la nieve y los limones han surgido del azar, pero no es verdad. A mí me ha gustado siempre trabajar con elementos que me rodean y están cerca de mí. Hay elementos de mi huerto en muchas obras de Matarile. En este caso son los limones. Y cuando surgieron las primeras ideas de esta pieza, Mónica estaba en la nieve. Fue ella la que me propuso que, ya que estaba en la nieve y yo estaba con mis limones y mis limoneros, tituláramos la obra Los limones, la nieve y todo lo demás. Pero no es azaroso porque eso nos ha provocado el desarrollo posterior. Esa idea de que sea plástica, de la nieve que unifica las figuras en un paisaje, que las aplana, que las empequeñece, mostrando su insignificancia, a mí me parece fantástica.

Mónica García y tú aunque os conocéis desde el año 2000, pertenecéis a generaciones distintas. ¿Cómo ha sido trabajar juntas?

A mí me gusta mucho ver intérpretes con una madurez en escena, con una edad, con unos cuerpos reales y trabajados. Porque, a veces, me parece que pecamos en general en nuestra sociedad de un exceso de juventud o, casi, de adolescencia. Toda la publicidad, todo lo que se nos vende,… Pues a mí me gustan las cosas con historia, los espacios habitados, con huellas de otras presencias. Los cuerpos con huella. Yo a Mónica le llevo 12 años y me gusta que se vea claramente reflejada esa diferencia de edad entre nosotras y ese entendimiento concreto entre nuestros cuerpos, en la obra.