La obra Nuestros muertos llega a La Rambleta el 7 de febrero con una función única que enfrenta, desde la escena, la represión franquista y el terrorismo de ETA a través de un encuentro tan íntimo como incómodo.

Nuestros muertos propone una mirada directa y sin atajos a dos de las violencias que han marcado la historia reciente de España. Lo hace desde un lugar profundamente humano, poniendo el foco en las víctimas y en las huellas que deja el dolor cuando atraviesa generaciones. La función podrá verse el próximo 7 de febrero en La Rambleta, en una única representación.

El texto, escrito y dirigido por Mariano Llorente, articula su relato a partir de un encuentro tan improbable como revelador: una mujer de más de ochenta años decide sentarse frente al hombre que asesinó a su hijo, un exmiembro de ETA que cumple condena y se muestra arrepentido. A partir de esa conversación se despliega un diálogo cargado de silencios, preguntas sin respuesta y momentos de tensión extrema, pero también de una serenidad inesperada y, en ocasiones, de un humor frágil que aligera lo insoportable.

La historia personal de la protagonista atraviesa dos épocas y dos formas de violencia. Su padre fue asesinado por los golpistas durante la Guerra Civil; décadas después, ya en democracia, su hijo murió en un atentado terrorista. Entre ambos hechos se extiende un país marcado por el miedo, la represión y la dificultad de enfrentarse a su propio pasado. La obra no establece comparaciones simplistas, sino que sitúa ambas violencias en un mismo plano ético: el de las vidas truncadas y las familias condenadas a una soledad persistente.

Uno de los elementos más potentes del montaje es su dispositivo escénico. Aunque la obra cuenta solo con dos personajes, estos están encarnados por cuatro intérpretes: las versiones jóvenes y adultas de cada uno conviven simultáneamente sobre el escenario. Este recurso permite que pasado y presente dialoguen de forma constante, llevando al espectador desde el asesinato del hijo en 1989 hasta la ejecución del padre en 1936. La protagonista transita así de madre a hija, de anciana a niña, evidenciando cómo el trauma no desaparece, sino que se hereda y reaparece.

Nuestros muertos se construye sin ofrecer redenciones fáciles ni respuestas cerradas. En palabras de su autor, la obra busca “mirar de frente la violencia y asumir que entenderla no significa justificarla”. Desde esa premisa, el montaje se convierte en una reflexión escénica sobre la memoria, la responsabilidad y la necesidad de no repetir los errores del pasado.