MacDiego. Foto: Pepe Tono.

Hola, soy MacDiego, cosecha del 63. Hace mucho tiempo empecé a trabajar en una agencia de publicidad valenciana donde aprendí el arte del diseño gráfico, la publicidad y la diferencia que había entre ellos. Como ya soy lo que se dice un viejuno y encima inquieto he hecho de todo: he tenido una editorial de tebeos con un montón de premios; una galería de ilustración que cerré por falta de tiempo; he dado clases por ahí por donde me han dejado, pero reconozco que me han tirado de todos ellos; un estudio con mucha gente y clientes de todo tipo con los que disfruté durante un montón de años; he colaborado con algunas emisoras de radio, que creo han ido cerrando a mi paso; he participado en tertulias, charlas y conferencias, con desigualdad de resultados y aceptación; he comisariado exposiciones, y sigo haciéndolo cuando me dejan, y algunas cuantas cosas más que así de repente no recuerdo pero que sé que las he hecho. Con el tiempo me he dado cuenta de que lo mío se trata de hacer que cualquier cosa, idea, concepto, sueño, pesadilla o lo que sea, sea algo más atractivo, hermoso, práctico, entretenido o yo qué sé cómo llamarlo. Y parece que no lo hago muy mal. Soy más de que el pobre sea menos pobre que de que el rico sea más rico, de los de causas perdidas, vamos. Soy de callar poco, de que ocurran cosas, optimista compulsivo y tengo la suerte de disfrutar de un humor blanco, sencillo, elegante, atractivo y respetuoso. Tengo una familia grande y envidiable y amigos que son un tesoro.


Un disco:
Ya no escucho música. Me supone una pérdida de tiempo y mucho desgaste físico. Hace años cada momento de mi vida estaba acompañado de una banda sonora. Esos momentos en los que había que reflexionar y ser selectivo para incentivar el sentido del oído, la atención, el todo… pero la saturación, el poco ingenio y la mala calidad se han adueñado de mis oídos y el entorno, así que la perfección la encuentro en el silencio. Hoy, si un saco lo llenas de porquería y lo llamas remenber, triunfas. Es lo que tenemos. De todas formas, si me obligas a escoger, no creo que sea posterior al año 81. Desde entonces no recuerdo que algo me haya llamado la atención.

Una película: Considero que el cine es el entretenimiento para vagos por excelencia. No te permite hacer nada, el paquete está cerrado, solo deja tu cerebro al relentí, vacío, que ellos se encargan de todo para que la experiencia sea inolidable. Y una mierda, no me interesa. Hay más sentimientos en una vaca cuando ve pasar un tren. El mundo de la imagen está sufriendo uno de los peores momentos desde que se comercializó. Nada que dure más de diez segundos es interesante. Hay demasiadas cosas hermosas para descubrir sin necesidad de que las ofrezcan enlatadas. Trampantojo cultural.

Un libro: Mira ves, aquí puede que aporte algo. Cuando me siento a leer solo leo, necesito calma, silencio y concentración, nada me puede distraer. Creo que no ando mal de imaginación y me gusta formar parte de la trama, meterme dentro, así que prefiero que todo ocurra en menos de cien páginas. Ese modelo de literatura breve es el que me atrae desde hace algún tiempo. Ayer leí El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. Qué preciosidad y qué pocas ganas de que acabara. Hoy leeré Lejos de todo, de Rafa Cervera, que lo tengo aquí delante y me mira con cara lasciva. Y mañana releeré Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo. En lo que va de año habré leído más de treinta títulos. Ese tipo de lectura es como los buenos polvos, esos que no quieres que se acaben, ¡¡pero ahí estriba su grandeza!!. El fin de semana lo dedicaré a los tebeos. Me ando releyendo por décima vez las aventuras de Blueberry. ¡¡¡Qué pasada Tsinapa!!!

Una serie de televisión: Si el cine me parece laaaaaaaaargo, imaginad las series. He intentado con algunas, pero no paso del cuarto capítulo. Qué sopor. The Wire, Vikingos, Walking Dead, Breaking Bad, Juego de Truños… insoportables. Creo que es el complemento necesario para agigantar la estupidez colectiva. Qué manera de malgastar el tiempo. Nos convierte en observadores oculares de excitación facilona. Los ojos son los genitales de un voyeur. No soy de los que piensan que cada tiempo pasado es mejor, pero sí estoy convencido de que cada tiempo futuro será peor.

Una serie de dibujos de tv: Bufffff… los japos hacen cosas increíbles, pero no se soportan durante más de diez minutos. Suelen adolecer de trama complicada por una catarsis neuróptica que por sobre peso te hacen perder la atención. Y luego repetición de lo mismo. Disney nos jodió la vida a unas cuántas generaciones. Pixar ha revolucionado la comercialidad de ese medio, está muy bien, pero me gustan más sus historias que el como las representan, así que me gustaría leerlas, no visionarlas. Y bueno, no me meto en productoras de culto, que quedaría pedante. Y desde luego mis preferencias están más cercanas al analógico que al digital, que lo está vistiendo todo de una espectacularidad innecesaria que casi nunca podemos asimilar. El mundo de la imagen es interesante si puedes disfrutarlo con los ojos cerrados, sin estridencias. O sin audio, invitándote a participar con tu imaginación. No sé si me explico.

Una revista: Hace años que no consumo ninguna con cierta periodicidad. En un principio me gustaban por la inmediatez de la información y la frescura de los artículos, pero en la actualidad nos hinchan de superficialidad, moda, tendencias o como quieras llamarlo. El objeto revista está caduco cuando aparece en el mercado, así que tiene poca utilidad. Vale vale, entrevistas, historia, humanidades, de acuerdo, te ayudan a conocer a grandes pensadores, artículos, opinión… pero si algo es interesante, esa superficialidad no te da gasolina más que para aguantar una tertulia en la barra de un bar.

Un icono sexual: Joder qué jodido es madurar. El icono sexual responde al deseo animal que te puede provocar alguien al que tienes difícil acceso. Te podría decir que Ava o Kim son las que más zumo personal o horas de sueño me han robado. Pues bien, ya no me interesan en absoluto. Ahora mis iconos, y añade los sexuales si te apetece, los tengo muy cercanos. No sólo me atraen por su hardware, sino que además consiguen cosquillearme el software. Sí sí, has entendido bien, trato con ellas, te jodes.

Una comida: La gastronomía no me interesa en absoluto. Mis papilas gustativas están menos preocupadas por lo que entra que mi bunyol d’or por lo que va a ocurrir durante la expulsión de gases y heces. Cambio ya ya ya el mejor plato que me puedas servir por cualquiera de mis compañías. Doy la misma importancia a lo que me voy a zampar como al cuchillo con el que me ayudo para hacerlo. Me quedo con un buen tomate, un chorritillo de aceite y algo de sal. Del resto, me sobra todo. Una buena comida está marcada por la calidad de los comensales, no por el producto cocinado. Y sobre el vino qué quieres que te diga. Nadie disfruta del vino la primera vez que lo prueba. Nadie. Es a base de mucho insistir que le acaban encontrando el gusto a roble francés, sedoso, madreselva, afrutado en el paladar bla bla bla. Ocurre lo mismo con la lluvia dorada. Al principio te da cosa, pero si insistes te acabas convirtiendo en un teórico experto… mmmmmm… aterciopelado de espárrago y ensoñaciones a zumo de tomate, subido de azúcares, postgusto largo y elegante bla bla bla…

Un bar en Valencia: No soy muy de bares, ya lo puedes imaginar. Suelen estar rellenos de un algo que me molesta. Luz, ruido, olores, gente, decoración… Siempre que entro en alguno lo primero que hago es visitar el cuarto de baño, reflejo de toooooodo lo demás. Y me llevo muchas sorpresas. E insisto, los bares los crean los clientes, así que con buena compañía hasta la granja de El Pozo puede ser el lugar más hermoso del mundo.

Una calle en Valencia: Esta ciudad está mal y no quedan rincones con encanto. Durante mucho tiempo se han dedicado a disfrazarla. El centro está dominado por una oferta turística poco exigente y comercios desaboríos, y al resto se le presta la atención justa para mantener callado al vecindario, pues la solidaridad es escasa y no aportan ninguna alegría a la ciudad. Además tenemos la lacra del mundo fallero, que es quien marca los cánones estéticos. ¿Te has fijado en los carteles de las tiendas? ¿En la decoración? ¿El trato y la desconfianza?. Hay pendiente un trabajo que desde hace tiempo no se ha hecho y bueno, el futuro no augura grandes alegrías. Y todo eso de la Ciudad de las Ciencias, ¿en serio era necesario?. Bufff, cuánto por hacer, o mejor, por deshacer.