
Desde que tengo uso de razón quise dedicarme a una de mis grandes pasiones, no concebía trabajar en otra cosa. Pero antes caté la carrera de moda entonces, Empresariales, y la abandoné por 7 años y medio trabajando en el sector hostelero. Aún así no fue casual que lograse convertirme durante mis estudios en el primer becario del Aula de Cine de la Universitat de Castelló (UJI); ni que en el fuese un camarero extremadamente cinéfilo, tanto que dedicaba mi tiempo de vacaciones a viajar a festivales y cubrir sus crónicas en una revista especializada como Banda Aparte.
Pero me presento: me llamo Dani Gascó y, gracias a la complicidad de mi hermana Muma, empecé a dedicarme al cine a tiempo completo. Fue a partir de un 16 de agosto del 2004, cuando montamos el videoclub Stromboli en el barrio Ruzafa, sumándonos a una tendencia nueva en el sector: los videoclubs gourmet. Es normal que, mientras veía que el sector sucumbía con cada crisis, cada cambio tecnológico, que sostenerlo haya ocupado buena parte del resto de mis días. Ahora mismo, solo en el negocio en el seno de una gran ciudad, tengo una mayor conciencia de lo que significa iluminar este rincón de la calle Centelles, de la relevancia y felicidad que da seguir engrosando este catálogo mientras investigo, y a veces subtitulo, esos títulos de la historia del cine que tienen importancia y voy descubriendo.
Una canción:
O mejor tres:
El sonido aterciopelado de ‘Underlands’ (2022) clausuraba brillantemente Marcello Mio (2024) de Christophe Honoré. Lo cierto es que acudí a la sala con el sano propósito de indagar sobre el lado más privado de un actor que adoro, Marcello Mastroianni, y, sin logralo del todo, recibí a cambio el descubrimiento de una de las voces más magnéticas del s. XXI: Andrew Bird.
A ‘Resolve’ (2002) le basta una guitarra y la voz de Beth Gibbons para sumergirnos en la profundidad e intimidad de su letra, que describe ese instante de aturdimiento y ceguera que sucede a un amor perdido. Perteneciente a Out Season, su primer trabajo en compañía de Rustin Man, me parece muy superior a cualquiera de los álbumes de Portishead.
‘Темная Ночь’ (Es una noche oscura) la canta Marke Bernes en un momento de Dva boytsa (Dos camaradas, 1943), un importante film soviético inédito en España. Su tristeza profunda bien podría acompañar cualquier escena de un film de Kaurismaki.
Una película:
O mejor dos:
Dirigida por Francesca Comencini, Il tempo che ci vuole (2024) aborda la relación difícil pero también estrecha de la propia directora con su padre, Luigi Comencini. Siendo todavía niño, este grandísimo cineasta salvaba películas mudas que iban a ser destruidas comprando latas de celuloide y atesorándolas debajo de su cama. Ya de mayor, su tarea se extiende a lo personal, cuando intenta salvar a su hija drogadicta transmitiéndole un oficio y, sobre todo, manteniéndose a su lado… el tiempo que haga falta.
Conocido sobre todo por Clash of the Titans (Furia de titanes, 1981), Desmond Davis debutó con una de las películas que mejor plasman el tránsito de la adolescencia a la madurez. Se trata de la adaptación que la propia Edna O’brien hace de su novela The Lonely Girl, que llamaron Girl with green eyes (1964). Su fotografía en blanco y negro no nos permite disfrutar del color de sus ojos, pero la mirada que Rita Tushingham lanza a su amiga tras haber vivido una primera experiencia amorosa lo dice todo: “Baba, ¿se nota que soy una mujer con recuerdos?”.
Un montaje escénico:
Destacaría sin duda Rimbomba, esos ciclos de poesía que año tras año prepara Jesús Ge para el Teatro El Musical (TEM) y siempre sorprenden. En plena época de cancelaciones y desconcierto cultural, acudí la primera vez invitado por el poeta madrileño Óscar Curieses y recibí un shock cuando Jesús recita todas las producciones abortadas y, en medio de un torrente de palabras, suelta en escena: “¡Stromboli resiste!”. Ahora sé que es el mejor lugar para descubrir talentos que llevan la poesía a otros terrenos que la mera recitación.
Una exposición:
Debía tener 22 años cuando fui a Railowsky a comprar libros y entré por curiosidad a la exposición de fotografía que tenían. La experiencia me punzó intensamente. Se trataba de un conjunto de retratos de familia en blanco y negro extremadamente íntimos, a menudo los miembros de la familia aparecían desnudos, sobre todo los más jóvenes, posando al lado de la madre o la abuela vestida y en un ambiente cotidiano. Conforme avanzabas surgía la enfermedad de la más mayor. Un cáncer de mamá. Primero la veíamos con pechos, luego solo uno, después ninguno, hasta un retrato colectivo de la familia idéntico al del principio en el que ese miembro de la familia desaparecía. Recuerdo imágenes donde la abuela enferma se abrazaba también desnuda a la hija, o quizá a la nieta. Y sobre todo, el nombre de su autora, Ana Casas Broda, porque casi dos décadas tuve la dicha de que una amiga íntima localizara el libro de fotos de esta exposición, Álbum, y recuperé esa sensación cruda de calor y ternura que transmitía esta familia ante la realidad de una muerte.
Un libro:
La poética de la ensoñación fue el primer libro que leí de Gaston Bachelard. Como a tantísimos estudiosos de su obra, este autor me enseñó a leer e interpretar poesía y a considerar la importancia mayúscula que tiene la palabra escrita. Se trata de un libro mágico, cada dos páginas lo abandonas espontáneamente porque caes en una ensoñación. A través de los textos escogidos y sus lecturas te impulsa a valorar todos esos sueños que experimentamos durante la vigilia. Para mí es tal la importancia de esta obra que, tras la muerte de mi padre, cuando me preguntaron por unas palabras para su lápida solo se me ocurrían un versos de este libro: “Despierta, no hay fiesta que se pierda en el fondo de la memoria”. Desgraciadamente, no fueron escogidos.
Una serie:
La que más me marcó fue, sin duda, Scener ur ett äktenscap (Secretos de un matrimonio, 1973), que vi de pequeño y fue motivo más que suficiente para que no me haya casado. Pero escojo otra más reciente y que duran tanto como una película larga, Nada (2023), porque me atrapan los personajes misántropos como el que encarna Luis Brandoni y por el placer de ver en su propia apartamento de Manhattan a Robert De Niro, su amigo distante e incondicional, que presenta cada capítulo hasta formar parte de esta historia argentina. Es impresionante con qué gracia pronuncia en esta comedia culinaria la clásica salsa argentina: chimichurri.
Un podcast:
Me consta que mi colaboración en el programa de Alberto Añón para playradio El cine, su música y tú alarga su vida transformándose en podcast y que los hay muy popular. Pero es un mundo fascinante en el que todavía no he entrado lo suficiente como para recomendar ninguno. Solo recuerdo uno que escuché bastante divertido y muy anárquico: Tiempos de mierda.
¿Quién te gustaría que te hiciera un retrato?
Estoy convencido de que la sensibilidad exquisita de Paula Bonet sacaría a la luz esa alma mía henchida de ficción. Pero sobre todo pienso en lo mucho que me atraen los colores y la luz de las fotos del artista checo, Jan Saudek, y toda esa mezcla sórdida y tenebrosa que, sin embargo, destila siempre belleza. No me importaría compartir escena con cualquiera de esa galería de modelos opuesta radicalmente a lo establecido y estandarizado.
Una comida:
Esa que yo mismo suelo hacer cuando estoy enamorado: espaguetis a la mediterránea. Consiste en una mezcla infalible y sencilla que da ese aceite en que se transforma la anchoa calentada en sartén, la pasta fresca, el tomate natural y maduro rayado y las olivas negras sin hueso cortadas en aritos. Advertencia: nunca pongas sal al agua donde hierve la pasta.
Un bar de València:.
El Canadá, sito en Regne de València. Me gustan los bares de siempre, tan económicos como concurridos, donde compartes espacio con personas muy variopintas y cenar tapas o bocatas puede ser una gran experiencia. Me fascina la mundología que vislumbra el porte y el rostro de su dueño, la profesionalidad de sus camareros y la gentileza que he advertido en muchos clientes. Tengo la sensación de que únicamente en estos espacios perennes, sobreviven el sabor genuino que siempre tuvo esta ciudad.
Una calle de Valèncià:
Martínez Aloy, allí conviví con mi primera pareja mientras aprendí a amar profundamente esta ciudad. Tuve también el honor de ser vecino de Enric Valor, siempre tan amable como sorprendido por mi pobre nivel de valenciano.
Un lugar de València que ya no exista:
El cine Xerea, tan largo y profundo, con esa programación en v.o.s tan exigente como diversa que competía con la Filmoteca. Recuerdo haber presenciado en una sesión tristemente vacía su último programa doble: Terrore nello espazio (1965) de Mario Bava y The Brides of Dracula (1960) de Terence Fisher.
¿Con quién te tomarías un vermut?
No solo me interesa el cine que llega a realizarse. Por eso me gustaría tomármelo con Carlos Vermut. Me gusto tanto Mantícora que no me resisto a tratar de averiguar como sería esa película que, segura y tristemente, jamás le dejarán realizar.











