
Soy Javier Botella, cantante de jazz y crooner por vocación, aunque me gusta pensar que, por encima de todo, soy un contador de historias que ha encontrado en la música su manera de expresarse.
Siempre he sentido una profunda fascinación por las grandes canciones del siglo XX, por esas melodías que han sobrevivido al paso del tiempo porque hablan de lo que verdaderamente nos importa, que es el amor, la memoria, la pérdida, el deseo y la esperanza.
Mi universo musical se mueve entre el jazz, los boleros y el cancionero popular norteamericano, con una especial predilección por los grandes intérpretes que han sabido convertir una canción en una conversación íntima con el público.
Acabo de publicar The Art of Love, mi nuevo trabajo discográfico, una mirada íntima y contemporánea al Great American Songbook a través de quince canciones que recorren las distintas edades y emociones del amor. Un proyecto muy personal que estrenamos sobre el escenario del Teatro Ateneo de Valencia el pasado 22 de octubre y que seguiremos presentando en más ciudades en los próximos meses.
Creo profundamente en la capacidad de la música para emocionarnos, hacernos recordar y, sobre todo, acercarnos unos a otros. Quizá por eso, en estos tiempos tan convulsos, he decidido hablar de amor.
Una canción:
September Song, de Kurt Weill. Es una canción que habla del paso del tiempo y de la necesidad de aprovechar cada instante que nos regala la vida. Cuantos más años cumplo, más significado encuentro en ella. Hay canciones que uno interpreta y otras que, de alguna manera, terminan contando su propia historia.
Una película:
Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. Una historia maravillosa sobre los sueños, la infancia, los recuerdos y el amor por el cine. Me emociona especialmente la magia que transmite la música de Ennio Morricone sin la necesidad de expresar esas emociones con palabras.
Un montaje escénico:
West Side Story. Siempre me ha fascinado la capacidad del teatro musical para unir interpretación, música y movimiento. Y, sobre todo, cómo una historia de amor puede resultar tan hermosa y tan trágica al mismo tiempo.
Una exposición:
Una exposición dedicada a Joaquín Sorolla. Me conmueve su manera de capturar la luz del Mediterráneo, la vida cotidiana y la intimidad familiar. Creo que sus cuadros retratan la realidad con una gran belleza y son inspiradores. Su pintura me conecta con la tierra donde nací y con el mar junto al que he crecido.
Un libro:
La voz. Por qué importa Sinatra, de Pete Hamill.
Es mucho más que un libro sobre Frank Sinatra. Es un retrato extraordinario de un artista complejo, contradictorio, profundamente humano y de una época irrepetible.
Me interesa especialmente cómo Pete Hamill consigue explicar lo que significó Sinatra para varias generaciones. No solamente por su voz, también por su manera casi milagrosa de interpretar las canciones convirtiendo una melodía en una confesión íntima.
Sinatra no se limitaba a cantar, porque además contaba historias. Era capaz de transmitir la soledad, el desamor, la nostalgia o la felicidad con una naturalidad que siempre me ha fascinado. Como cantante, es una de mis grandes referencias, y este libro me ayudó a comprender que lo verdaderamente importante no es tener una voz extraordinaria, sino tener algo que contar y conseguir que quien te escucha lo sienta como propio.
Una serie:
Downton Abbey. Me asombró desde el primer momento por su recreación de la sociedad inglesa de principios del siglo XX, su estética, sus modales y esa elegancia que impregnaba incluso los actos más cotidianos.
Y voy a confesar algo que quizá resulte sorprendente: de pequeño me hubiera encantado ser mayordomo. Eso sí, de una familia culta, educada, de trato exquisito, que supiera valorar el trabajo y la discreción de quien cuidaba de su casa.
Siempre me ha atraído ese mundo donde el servicio, la educación, el protocolo y la atención a los detalles eran casi un arte. En la serie me parece fascinante el papel del mayordomo, esa figura imprescindible que sostenía toda la organización de una gran casa. Me encantan las mesas perfectamente dispuestas, los rituales de las comidas y esa manera tan particular de entender la hospitalidad.
Supongo que, en el fondo, siempre he sentido cierta debilidad por la elegancia y por las cosas bien hechas.
Un podcast:
Acontece, que no es poco, de Nieves Concostrina. Me encanta su manera de narrar la historia con inteligencia, ironía y un sentido del humor extraordinario. Consigue que episodios históricos que podrían parecer lejanos resulten apasionantes y, en ocasiones, sorprendentemente actuales. Me gusta aprender y me gusta todavía más cuando alguien tiene el talento de enseñar sin resultar solemne. La escucho con muchísimo interés y siempre termino descubriendo algo nuevo.
¿Quién te gustaría que te hiciera un retrato?
Joaquín Sorolla, sin ninguna duda. Me habría encantado sentarme frente a él y dejar que me retratara con esa luz tan especial que conseguía impregnar en sus pinturas. Admiro su capacidad para captar no solamente la apariencia de las personas, sino también su personalidad, su intimidad y sus emociones. Y, además, siendo valenciano, tendría para mí un significado muy especial.
Una comida:
Un buen arroz junto al Mediterráneo, sin prisas y rodeado de las personas que quiero. Creo que la buena mesa tiene mucho que ver con la música, porque necesita tiempo, sensibilidad y, sobre todo, buena compañía.
Un bar de València:
El Café de las Horas. Me gustan los lugares que tienen personalidad, donde la decoración, la luz y el ambiente invitan a quedarse un poco más. Es de esos espacios donde uno puede imaginar una conversación larga, una buena historia y una música de fondo.
Una calle de València:
La calle de la Paz. Siempre me ha parecido una de las calles más elegantes de Valencia. Me gusta su arquitectura, su perspectiva con la torre de Santa Catalina al fondo y ese aire de ciudad que conserva parte de su memoria.
Un lugar de València que ya no exista:
Casa Barrachina, en la plaza del Ayuntamiento. Era uno de aquellos establecimientos que tenían algo especial, una elegancia que no dependía del lujo, sino de las formas y del trato.
Lo frecuentaba cuando era joven y recuerdo especialmente a sus camareros, su profesionalidad, su educación y aquella manera tan exquisita de atender a los clientes. Había una cierta ceremonia en el servicio, una atención a los pequeños detalles que convertía algo tan sencillo como sentarse a tomar algo en una experiencia especial.
También echo de menos los antiguos cines de barrio y aquella manera de vivir el cine, cuando ir a ver una película era casi una ceremonia. Los cines del centro que tenían una sola sala muy grande, los cines Metropol… Me da mucha pena que hayan desaparecido la mayoría de ellos.
Creo que, más que los lugares, a veces lo que añoramos es una forma de vivir, de relacionarnos y de entender el tiempo.
¿Con quién te tomarías un vermut?
Con mi padre y mi madre. Sin ninguna duda. Me encantaría sentarme con ellos una tarde, sin prisas, y contarles todo lo que ha pasado desde que se fueron. Decirles que aquel niño que los veía bailar en el salón de casa terminó convirtiendo esos recuerdos en un disco. Y, sobre todo, darles las gracias por haberme enseñado, sin saberlo, tantas cosas sobre el amor. De hecho, The Art of Love es un homenaje a mis padres.












