
Me llamo Pau Montagud y hoy he leído que tengo la edad más frecuente en España, 49, somos 850.000 personas las que cumplimos 50 primaveras en este 2026. Llevo media vida viviendo en México, veintidos años para ser precisos.
Decidí salir a buscarme la vida al otro lado del charco porque quería aprender; quería aprender a hacer cine, a organizar festivales, deseaba conocer gente, otros contextos, otras perspectivas. Creo que logré todo eso y también creo que logré cosas muchos más importantes; formar una familia maravillosa que me ama pero sobre todo me soporta.
Tengo la gran suerte de trabajar en lo que me apasiona, en la dirección de dos festivales (maravillosos, por supuesto), DocsMX y DocsValencia, coordino un Máster de cine documental y doy clases en otras universidades y colaboro con una casa productora, pequeña, valiente y con la que hacemos el cine y la televisión que nos gustaría ver.
La distancia es contradictoria y a veces engaña; cuando más lejos estás de tu lugar de origen se refuerzan lazos y afectos, me siento más valenciano que nunca. Además, no se lo digan a nadie, pero este año regresamos a casa, el ciclo en el extranjero concluyó.
Por eso, si me ven por la calle y quieren tomar un vermut con un servidor, más que encantado. Es más, invitados quedan.
Una canción:
Creo que existe una canción para cada momento anímico o etapa de tu vida. También creo que una canción te puede marcar. Me gusta mucho la música que contiene mensaje social, una preocupación, que entra en el diálogo ciudadano, creo que es mucho más completa, el arte debe enmarcarse dentro de lo social. Una de esas canciones que me ha marcado es Latinoamérica, de Calle 13.
Una película:
A muchos le sorprenderá, ya que quien me conoce me relaciona automáticamente, y con razón, con el cine documental. Sin duda El tiempo de los gitanos, de Emir Kusturica, es una de las películas que más me han gustado de las miles que he visto. Es una de esas películas redondas, con una narrativa que hace de la sencillez su mayor atributo, es una historia que no puede ser contada de otra manera. Y sí, es una ficción. Pese a que mi vida laboral en este momento está volcada por entero en el cine documental soy un gran amante del cine de ficción.
Un montaje escénico:
Hace ya muchos años tuve la fortuna de asistir al festival de la ópera de Verona, una cita ineludible para los amantes del este género musical y escénico, de entre los cuales formo parte. Asistí a la puesta en escena de Rigoletto, que por sí sola es ya una ópera de una belleza exorbitada, pero verla, escucharla y sentirla en la magnífica Arena de esta bella ciudad italiana, con la voz de Leo Nucci interpretando al personaje principal y con la escenografía de Rafaelle del Savio, uno de los grandes escenógrafos que, creo, hay en el mundo, lo hizo algo incomparable. Pasa lo mismo que con una canción o una película, el momento y el contexto importan. Y mucho.
Una exposición:
No quiero, ni pretendo, subirme al carro de la conversación pública, ahora que se ha desvelado su identidad (tampoco entiendo la necesidad que había de investigarla y desvelarla), pero una exposición que no solo disfruté, sino que creo que hizo cambiar mi perspectiva acerca de muchas cosas es Limitless, la exposición de Banksy que está recorriendo el mundo y cuya curaduría ha corrido a cargo de su propio equipo. Una exposición que te hace cuestionarte la propia industria del arte, el propio concepto de arte moderno y la validez del status quo de los grandes artistas tiene, para mí, mucho mérito.
Un libro:
Maus, de Art Spiegelman. Con ese cómic, que trata el holocausto judío de manos de los nazis, me ocurre lo mismo que con muchas películas, que mejoran con el tiempo, por muchas veces que lo lea. Es el primer cómic que ganó un premio Pulitzer y a riesgo de equivocarme creo que sigue siendo el único que lo ha logrado. Creo además que es un libro más necesario que nunca, es atemporal, porque los viejos mensajes del fascismo están calando de nuevo sobre las clases populares y las nuevas generaciones, que no son nada conscientes de las consecuencias que tuvo el auge del nazismo el siglo pasado.
Una serie:
Homeland, una serie que marcó una época en la televisión estadounidense y luego en medio mundo. Técnicamente es casi perfecta pero su gran valor reside en su guion, que te mantiene permanentemente en el filo no solo del infarto, sino del que separa el bien y el mal, ya que puedes llegar a empatizar con el mismísimo demonio. Es una serie que demuestra que lo político es humano, y lo humano acaba siendo político, lo queramos o no. También habla de las cosas que Estados Unidos tiene que esconder, de las que no se puede sentir especialmente orgulloso, y son muchas más de las que pensamos.
Un podcast:
Soy un verdadero fanático y consumidor desmedido de periodismo narrativo. Estamos rodeados de historias apasionantes y cada vez había menos medios que las contaran con calidad, con trabajo y con cuidado. Afortunadamente las nuevas tecnologías han multiplicado las posibilidades y en el ámbito del podcast recomiendo sin lugar a duda Radio Ambulante, un podcast surgido del periodismo ciudadano y en el que cada capítulo se supera a sí mismo. La actualidad, y la historia, contada con imaginación, con seducción, con amor al periodismo del bueno. Ha recibido ya una buena cantidad de premios, y más que merece.
¿Quién te gustaría que te hiciera un retrato?
Aquí sí que estoy en un verdadero dilema, ya que acabo de conocer el trabajo de Cachetejack y me encanta como reflejan su manera de ver las cosas. Las conocí gracias a su libro Me gusta ser yo que le regalaron a mi hija y a partir de ahí las he seguido y, desde luego, me encantaría que me hicieran un retrato y siento mucha curiosidad por cuál podría ser el resultado. Pero por otro lado también me encantaría que me retratara Jair Cabrera, un fotoperiodista mexicano que está despuntando ahora mismo y que sabe encontrar lo bueno y lo humano hasta donde solo hay dolor y sufrimiento, como en ocasiones ocurre en la cotidianidad de ciertos lugares de México. Ojalá pronto podamos organizar una exposición de su obra en Valencia. Estamos trabajando en ello.
Una comida:
Sin duda alguna mi comida favorita, a la que ninguna otra puede mirar ni de lejos es el arroz al horno. Yo vivo en México desde hace más de veinte años y la gente se sorprende bastante de que mi comida favorita sea la paella. Es verdad que la paella se presta más a la experimentación (no quiero polemizar) y tiene una mayor variedad de posibilidades pero el sabor de un buen arroz al horno me van a disculpar pero es insuperable.
Un bar de València:
El Glop, en el barrio de Benimaclet, donde he pasado muchos grandes momentos e incluso algunos otros que podría calificar como míticos, de mi juventud. Un punto de encuentro para muchos amigos, que lo considerábamos casi nuestra segunda casa. Era uno de esos lugares en los que muchos perfectos desconocidos nos reuniamos sabiendo que, solo por el hecho de estar ahí, compartiamos muchas cosas que teníamos en común. Uno de los pocos bares con alma e historia que quedan abiertos en Valencia.
Una calle de València:
En la que nací, la calle Juan Mercader, en el Cabanyal, y por muchas razones. Es la calle que limita mi barrio natal que tanto amo, con el “resto de la ciudad” por lo que hace de frontera urbana o al menos simbólica ya que la vías del tren se soterraron y esa frontera dejó de ser tan obvia. Solo queda el vestigio de la antigua estación del Cabanyal. Otra razón es que es una calle que refleja a la perfección el cambio social y urbanístico que está viviendo Valencia, ya que su fisionomía ha cambiado por completo y lo que era la tonelería ahora es un centro gastronómico. La calle Juan Mercader es paradigma del cambio y de la gentrificación, con sus pros y por supuesto con sus contras.
Un lugar de València que ya no exista:
Creo que la nostalgia es mala consejera y prefiero huir de ella cuando siento que se acerca, que no son pocas veces, pero añoro mucho el antiguo balneario de Las Arenas, donde ahora está el hotel de lujo al que por obvias razones no tengo ningún cariño. Era un lugar muy simbólico, una opción de ocio familiar perfecta y guardo grandes recuerdos de cuando pasábamos el día allí. Es un lugar que ya no existe pero al que le guardo muchísimo cariño.
¿Con quién te tomarías un vermut?
Con Werner Herzog, tengo muchas preguntas que hacerle sobre su idea del arte, sobre su proceso creativo. He visto todas sus películas, he leido mucho sobre él, he escuchado muchas entrevistas y asistido a alguna clase magistral que ha impartido, y pese a ello es una persona que cada día me da más curiosidad. Es un crearor de tal carisma y magnetismo que sería el vermut más estimulante de mi vida pero me aterra la idea de que la conversación se tornara en entrevista. Es un entrevistador implacable e impecable, y eso me intimida.








