Cuando el cine entra en las redacciones

Matarmensajero

Gary Webb fue un periodista del San Jose Mercury News que acabó revelando las conexiones entre la CIA y la contra nicaragüense, y cómo los primeros inundaron los barrios marginales de Los Ángeles (principalmente de población negra) de crack, con la intención de financiar a los segundos con los beneficios que obtenían por el tráfico de esa droga. Webb fue encontrado muerto con dos balas en la cabeza. La policia dictaminó que se trataba de un suicidio. Sin embargo, hay suficientes indicios para pensar que pudo haber sido asesinado.

Casi diez años después de aquel fatídico final (en realidad se cumplen el 10 de diciembre) llega a nuestras pantallas “Matar al mensajero”, en la que el actor Jeremy Renner da vida al malogrado periodista. Dirigida por Michael Cuesta (responsable de la interesante “Roadie” entre otras cintas y con un bagaje intenso en series televisivas), la película cuenta en su reparto con Mary Elizabeth Winstead, Ray Liotta, Michael Sheen, Paz Vega, Barry Pepper, Andy Garcia, Rosemarie DeWitt o Richard Schiff.

El séptimo arte y el cuarto poder vuelven a cruzar sus caminos. Y es la excusa perfecta para que preguntemos a cinco periodistas valencianos sobre su película favorita relacionada con su oficio.


Voro Maroto

@voromaroto · eldiario.es

primera plana

“Primera plana” (Billy Wilder, 1974)

“¿Y quién diablos va a leer el segundo párrafo?”. El director del Chicago Examiner, Walter Burns (encarnado por Walter Matthau), pide concisión a su reportero estrella, Hildy Johnson (Jack Lemmon), en “Primera Plana” (Billy Wilder, 1974). Esta obra maestra representa de manera aguda, corrosiva y humorística todas las caras del periodismo:  Apasionante y agotador, noble pero corruptible,  implacable y sensacionalista, absorbente y al tiempo ingrato, neutral pero con ganas de influir…El periodismo, como la sociedad, ha cambiado mucho en 85 años (la acción se desarrolla en 1929), pero el histriónico Burns deja dos lecciones, seguramente, inmortales: hay que dejar que la verdad te estropee un buen titular y no dejes nada fundamental para el segundo párrafo. Que así sea.


Laura Ballester

@LaBallester · Levante-emv

luna nueva

“Luna nueva” (Howard Hawks, 1940)

Soy una enamorada del cine clásico, aquel en el que las heroínas y héroes eran personas apasionadas, íntegras y seductoras… Y, si además, la película está ambientada en el mundo del periodismo ya disfruto como una enana… Por eso me deslumbró “Luna nueva”, de Howard Hawks, protagonizada por Cary Grant y Rosalind Russell. Fue la antecesora de la estupenda “Primera plana”, de Billy Wilder. Aunque me gusta más la película del maestro Howard Hanks porque en este caso la protagonista es la actriz Rosalind Russel, que hace el papel de la incisiva periodista que va a despedirse de su jefe y acaba protagonizando esta deliciosa y enloquecida comedia, con batalla de sexos incluida, en la que se retrata el poder de la prensa, las corruptelas políticas o la problemática de la pena de muerte (una temática muy estadounidense) en un tono ácido, cínico y con ingeniosos diálogos. Una temática muy actual, a pesar de que ¡“Luna nueva” es de 1940! Aunque el mérito de las películas tanto de Wilder como de Hawks se debe a la obra teatral de Ben Hecht y Charles McArthur “The front page”.

Y también me gustaría recordar la estupenda “Buenas noches y buena suerte”, dirigida por George Clooney, y protagonizada por él mismo y el soberbio actor David Strathairn, porque es un canto a la libertad de prensa y retrata la época del macarthismo, la persecución contra el comunismo de los años 50 en Estados Unidos, un tema que me apasiona y del que leo todo lo que cae en mis manos.


Ximo Clemente

@XimoClemente · ValenciaPlaza

Todos los hombres del presidente

“Todos los hombres del presidente” (Alan J. Pakula, 1976)

No era un robo común… como no fueron cuatro trajes

El caso Watergate está seguramente mitificado, especialmente en el papel que jugaron los periodistas Woodward y Bernstein en la caída de Richard Nixon. Los propios reporteros del Washington Post han reconocido en distintas ocasiones que sus figuras han sido loadas hasta extremos ridículos. A esa mitificación contribuyó sin duda la película “Todos los hombres del presidente”, adaptación de una novela del mismo título que relata cómo se vivió el caso en la redacción del periódico.

Como en toda ficción basada en hechos reales, los autores se toman licencias. Aunque la realidad de los hechos tenía fuerza suficiente, condensar esa historia de un metraje obliga a prescindir de determinados momentos por tediosos. La labor de los periodista, más allá de lo que pueda pensar el subconsciente colectivo, tiene momentos rutinarios que para nada harían avanzar la acción. No me imagino a Robert Redford y Dustin Hofman en una escena preguntándose si han metido el pie de foto o repasando los teletipos de última hora para llenar breves y medias columnas.

Pero el caso de “Todos los hombres del presidente” sí muestra los aspectos fundamentales del trabajo periodístico. Y lo hace desde la perspectiva del periodismo anglosajón (el serio), obsesionado en cumplir con el código deontológico: la consulta de al menos tres fuentes, la importancia de la literalidad de las declaraciones de los testigos, la importancia de titular correctamente la información, de elaborar el texto con aquello y solo aquello que tenemos comprobado y confirmado.

Pero quizá lo relevante de las relaciones en la redacción del Post fueron las largas conversaciones entre los redactores, los editores y la dirección. Una relación nada sencilla, más cuando se trata de una noticia que, a medida que avanzan las investigaciones del FBI y la confirmación de las mismas por los periodistas, apunta al más alto de los poderes en EEUU: el presidente del país.

“Todos los hombres del presidente” trata de periodismo y política. De intereses empresariales y políticos. De como una noticia que apareció en un breve casi de sucesos -el robo en una sede del partido Demócrata en el hotel Watergate- acabó con la renuncia, esta vez a cinco columnas de Nixon.

Hay bastantes mitos alrededor de “Todos los hombres del presidente”, desde la identidad de Garganta Profunda (no era más que un alto y oscuro directivo del FBI) a la idea generalizada de que Woodward y Bernstein provocaron la dimisión de Nixon. En realidad, como ocurre en esta profesión, son las fuentes -interesadas siempre, y discernir lo importante de las intoxicaciones es nuestro trabajo más complejo, créanme- las que ponen sobre la pista al redactor. Y en este caso fueron los propios investigadores federales que estaban sobre el caso los que solo descubrieron la vinculación entre aquel atraco inicial y la campaña de espionaje a la campaña demócrata y el uso irregular de fondos electorales.

Woodward y Bernstein hicieron lo que deben hacer los periodistas: contar al público que todo esto estaba ocurriendo. Y lo que ocurría era grave y nadie quería que aquello trascendiese. La luz y las cucarachas, de las que hablaba Kapuscinski. Los dos redactores se encontraron con desmentidos continuos desde la Casa Blanca que acabaron desmontados cuando se hicieron públicas las grabaciones del despacho oval. (“No conozco a ese señor” (…) “¡Amiguito del alma!”. ¿Recuerdan?)

Digo esto porque en muchas ocasiones recibimos críticas porque el periodismo de investigación que se hace en la actualidad no está a esa altura, que la corrupción se destapa en los tribunales y en las comisarías. Quizá sea cierto en la parte de la dedicación completa de los dos redactores a un solo asunto. Pero que nadie se llame a engaño: sin fuentes que quieran contar una historia -y si la conocen es porque participaron- a los periodistas nos sería casi imposible hacer nuestro trabajo. Es decir, el caso Watergate no lo destaparon Woodward y Bernstein. Lo que hicieron fue un trabajo impecable de periodismo. De consultar fuentes, de agarrarse a la historia. De defenderla hasta el final. Y lo mejor -seguro que en esto mis compañeros me secundan- recibieron el apoyo inquebrantable de la dirección y la propiedad del periódico.

“Todos los hombres del presidente” habla de corrupción, algo que nos suena demasiado. Cuando hoy vivimos semanas en las que la actualidad de tribunales pasa como un tsunami por las redacciones, cuando la trama Púnica es sobrepasada por Nóos y esta por Emarsa y esta por Gürtel en menos de una semana, es imposible abstraerse a la sensación de que con más medios y las exigencias de rigor podríamos haber hecho mejor trabajo. Pero de los recortes no se ha salvado ni el Post.

Y una curiosidad. Garganta Profunda nunca pronunció la frase: “Siga el rastro del dinero”. ¿Pero a que mola?


Rodrigo Terrasa

@rterrasa · El Mundo

gritos silencio

“Los gritos del silencio” (Roland Joffé, 1984)

Diría primero dos películas muy típicas y que supongo que te diría casi cualquier periodista. Una es “Todos los hombres del presidente”, de Alan J. Pakula, porque es una película excelente que cuenta además el caso de investigación periodística por excelencia, el Watergate. La otra es “Primera plana”, de Billy Wilder, que retrata como nadie el otro perfil del periodismo, mucho más exagerada, más cómica pero a veces mucho más fiel a la realidad del día a día en los medios de comunicación. Cada vez más. “Todos los hombres del presidente” retrata a los periodistas que todos soñamos con ser y “Primera plana” retrata lo que muchos hemos acabo siendo. Hay un momento en la película de Wilder en el que Hildy Johnson, el personaje que interpreta Jack Lemmon, está escribiendo aceleradamente su exclusiva y le dice a su prometida: “Esto es lo más grande que me ha pasado en mi vida”. Ella le contesta más o menos: “Empiezo a pensar que todos los periodistas están enfermos”. “Primera plana” enseña que los periodistas no siempre somos tan éticos, tan objetivos y tan profesionales como Woodbard y Berstein, pero casi todos estamos igual de enfermos.

Y por decir una peli menos común, destacaría “Los gritos del silencio”. de Roland Joffé, una película que me impactó cuando la vi por primera vez siendo un chaval. Yo creo que todos los que somos periodistas hemos querido alguna vez ser corresponsales de guerra, que son como los superhéroes de nuestro gremio (Clark Kent al margen). “Los gritos del silencio” cuenta la historia de un periodista del New York Times destinado en Camboya durante el golpe de estado de los Jemeres Rojos y su relación de amistad con un periodista local que le ayuda como intérprete y acaba recluido en un campo de concentración. La película funciona casi como un documental, con una fotografía excelente que le valió un Oscar, y quiero pensar que explica muy bien cómo se manejan los corresponsales de guerra entre víctimas y verdugos en medio de un genocidio. Pese a que la banda sonora de Mike Oldfield es insoportable, es una película muy emocionante siendo muy aséptica, sin ser nada melodramática ni sensiblera, sin gestas heroicas, sin que los periodistas parezcan personajes de una película de acción. Y encima la increíble historia que cuenta es real.


 Marta Hortelano

@MartaHortelano · Las Provincias

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“Todos los hombres del presidente” (Alan J. Pakula,1976)

Si tengo que quedarme con una película en la que se hable de periodismo y no de redacciones, sin duda, la mía es “Todos los hombres del presidente” (y no es por Robert Redford). Aunque me reconozco poco fan del género noticiero porque las horas que paso en el periódico ya me parecen suficientes como para aguantar la ficción.

Cuando vi la peli sobre el Watergate ni siquiera era periodista. La ocurrencia de algún profesor de instituto para tener entretenida a su clase de bachillerato me acercó a Woodward y Bernstein sin éxito. Lo reconozco: me aburrió. Así, sin paliativos. Años después la volví a ver con la carrera de Periodismo ya empezada y quise tener un “Garganta profunda”. Ahora, simplemente disfruto con nostalgia de la escena del garaje (“Follow the money”) y sueño con decir algún día al otro lado del teléfono: “Si la historia es cierta manténgase en el teléfono hasta que cuente diez”.

Entretanto, y hasta que llegue mi Nixon particular, prefiero otros géneros. La quinta temporada de “The Wire” supera para mí a cualquier película sobre periodismo. La redacción del Baltimore Sun refleja las miserias de nuestra profesión, con grandes tintes de sensacionalismo como aderezo. El periodismo como instrumento para poner fin a una serie imprescindible, como no podía ser de otro modo. O el documental “Los ojos de la guerra”, que hila con testimonios de compañeros los entresijos del olvidado periodismo de guerra. Ese que abunda en las facultades y hace tanta falta en las redacciones.

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