El hijo negro de Butxana

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Todas las historias, y esta no va a ser menos, deberían empezar en un instituto. Allí se fraguan algunas de las amistades más importantes, se apuran los últimos minutos ociosos driblando responsabilidades, se aprende a crecer y se exprimen los sueños antes de que la vida los almacene en el armario trastero. También en sus aulas, toda una generación descubrimos que existía la literatura en valenciano. Cual Moises separando las aguas, Ferran Torrent aparecía como el principal abanderado de un tipo de novelas que asumía localmente los códigos del género negro. El alumnado celebraba (por muy obligado que estuviera a leerlas) “La gola del llop” (escrita junto a Josep Lluís Seguí), “No emprenyeu el comissari” o “Penja el guants, Butxana!”. Ninguna campaña por la normalización hizo más que aquellos libros. Pronto descubrimos que en Cataluña ya existía (casi) una epidemia temática. Pocas veces ha habido tal superávit de detectives privados o inspectores de policía sui generis como durante aquellos años. Esa (llamémosla) moda también fue sinónimo de alborozo entre los estudiantes que, cansados de releer los primeros fragmentos del “Mecanoscrit del segon origen” de Manuel de Pedrolo, sin entender nada, devoraban las páginas de (por ejemplo) “Barcelona Connection” de Andreu Martín.

Aquellas novelas (que no hay que olvidar que a su vez bebían de clásicos como, por ejemplo, Raymond Chandler) parecen ser el referente indirecto de la colección crims.cat puesta en marcha por la editorial Alrevés. Su duodécima entrega, “Dos metres quadrats de sang jove”, de Xavier Aliaga, supone la primera presencia valenciana en el catálogo. Un joven periodista, que trabaja en un emergente diario online, es brutalmente asesinado. Ni pistas, ni pruebas, ni enémigos conocidos. Se abre una investigación por la que irán desfilando lo mejorcito de una sociedad (política, económica y criminal) nada lejana a la actual.

Aliaga venía de facturar una novela juvenil que no lo era tanto, “El meu nom no és Irina”, con la que se oxigenaba de la fuerte implicación que supuso su obra anterior, la estupenda “Vides desafinades”. Tanto la primera como “Dos metres quadrats de sang jove” surgen como un encargo, aunque el lector no lo perciba porque el escritor adapta su singularidad creativa a los argumentos y personajes en cuestión.

Feliu Oyono es el protagonista del libro que nos ocupa. Un inspector negro, de presencia impactante y adicto al sexo. Lo conocimos en “Els neons de Sodoma”, segunda obra publicada por Aliaga, aunque entonces no investigaba ningún crimen, sino la desaparición de la imagen de un santo. Han pasado los años, y aunque ha atemperado algo su carácter, sigue siendo un filón desde el punto de vista literario. Y bien que lo aprovecha el escritor setabense.

Se trata de una novela de placentera y rápida lectura (y a ello no sólo ayuda la fluida y rítmica prosa del autor, sino incluso aspectos externos como el formato dúctil del propio libro), en la que están presente las constantes de toda la obra de Aliaga. Hay una preocupación evidente por retratar la realidad social y su estado de putrefacción. Hay una construcción concienzuda de personajes altamente atractivos. Hay una pasión declarada por contar historias, y así junto al hilo central surgen otras de (como mínimo) igual intensidad. Hay interés por investigar diversas formas narrativas y no optar únicamente por el discurso lineal. Hay sexo, pero no explícito, dejando que sea el lector el que complete en su cabeza la consumación final. Hay humor, pero sin buscar la sal gorda o el chiste fácil, sino salpicando de escenas o comentarios irónicos el desarrollo del relato. Hay una necesaria reflexión sobre el periodismo y los medios de comunicación (la salida que supone el universo online y sus condiciones económicas; la integridad de los profesionales; la humildad del plumilla que nunca debe estar por encima de la noticia,…). Pero además está Valencia, como una presencia continua, pero sin acaparar ningún protagonismo. En definitiva, un libro que se disfruta tanto como aquellos días de instituto en los que todo era posible.

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