
La Filmoteca Valenciana recorre el cine humanista de Hiroshi Shimizu en un ciclo de nueve películas organizado junto a Fundación Japón.
La c inicia el 18 de febrero un ciclo dedicado al cineasta japonés Hiroshi Shimizu (1903-1966), una de las figuras esenciales del cine nipón del siglo XX. El programa, organizado en colaboración con Fundación Japón, reúne nueve largometrajes que permiten explorar distintas etapas de su trayectoria, desde el cine mudo hasta sus últimas obras, ofreciendo una mirada completa a un autor clave para entender la evolución del lenguaje cinematográfico en Japón.

La sesión inaugural tendrá lugar el miércoles 18 de febrero a las 20.00 horas, con la presentación a cargo del cineasta y crítico Pablo García Canga, autor del libro Ozu, multitudes (Athenaica, 2020). La apertura incluye la proyección de Chicas japonesas en el puerto (1933), una de sus películas mudas más destacadas, que contará con acompañamiento musical en directo al piano a cargo de Arcadi Valiente.


La selección reúne títulos fundamentales como Olvida el amor por ahora (1937), Los masajistas y una mujer (1938), La torre de la introspección (1941), Notas de una actriz ambulante (1941), La horquilla (1941), Los niños de la colmena (1948), considerada su obra maestra y presentada con subtítulos en valenciano, El señor Shosuke Ohara (1949), El amor de una madre (1950) y La escuela hiinomi (1959). Estas películas permiten recorrer su evolución artística y los temas que marcaron su obra.
A lo largo de su carrera, Shimizu dirigió más de 160 películas entre 1924 y 1959. Su cine abordó con sensibilidad los conflictos sociales de su época, prestando especial atención a figuras habitualmente ausentes en la gran pantalla, como la infancia, las madres trabajadoras, los huérfanos o las personas desplazadas. Su obra destaca por un enfoque profundamente humano y por una mirada cercana a las realidades sociales del Japón de su tiempo.
Admirado por cineastas como Yasujiro Ozu y Kenji Mizoguchi, este último afirmó: «Ozu y yo hacemos buenas películas con mucho trabajo, pero Shimizu es un genio». Su cine se caracteriza por un naturalismo luminoso, el uso frecuente de localizaciones reales y la incorporación de actores no profesionales, elementos que reforzaban la autenticidad de sus historias.
Como señala Pablo García Canga, «a mediados de los años treinta, Shimizu empezó a abandonar siempre que pudo los rodajes en estudio, prefiriendo llevarse a sus equipos a las montañas; en aquella época, esa decisión de rodar toda una película en exteriores era inusual. Shimizu, sin adscribirse a ninguna escuela, estaba inventando un nuevo realismo».










