
Exposición ‘Regina de Miguel. Un mundo turbiamente vivo’. Foto:Miguel Lorenzo
La artista malagueña presenta en el IVAM Un mundo turbiamente vivo, una exposición que cruza arte, ciencia y ficción especulativa para reflexionar sobre la explotación del planeta y otras formas de existencia.
El IVAM convierte su Galería 6 en un museo imaginario situado en un planeta llamado Tornus. Allí, una civilización desaparecida ha dejado tras de sí los restos de un mundo agotado por la colonización y la extracción de recursos. Este es el punto de partida de Un mundo turbiamente vivo, la exposición de Regina de Miguel (Málaga, 1977) que, comisariada por Rosa Lleó, propone una mirada crítica al presente a través de la ficción especulativa.
La muestra reúne cine, documentos, objetos, imágenes y piezas escultóricas para construir un universo en el que las referencias a la astrobiología, la astronomía, la geología y la botánica conviven con la literatura y la ciencia ficción. El museo ficticio Alkane conserva réplicas de todas las obras de arte y documentos del universo, como si se tratara de un archivo de una civilización extinguida.

Exposición ‘Regina de Miguel. Un mundo turbiamente vivo’. Foto: Miguel Lorenzo

Exposición ‘Regina de Miguel. Un mundo turbiamente vivo’. Foto: Miguel Lorenzo

Exposición ‘Regina de Miguel. Un mundo turbiamente vivo’. Foto: Miguel Lorenzo
La instalación plantea así una pregunta que trasciende su escenario imaginario: ¿qué sentido tiene buscar recursos en otros planetas mientras se deterioran las condiciones de vida en la Tierra? «Un escenario que nos devuelve, inevitablemente, a nuestro presente», señala la comisaria Rosa Lleó.
El proyecto comenzó a tomar forma durante la pandemia, después de que la artista trabajara en la selva colombiana sobre el extractivismo y la violencia ejercida sobre los cuerpos y los territorios. Aquellas investigaciones conectan con las preocupaciones que atraviesan la exposición: la fragilidad de los ecosistemas, las consecuencias de las políticas coloniales y la dificultad de imaginar alternativas a un modelo basado en la explotación.
Una cortina plateada introduce al visitante en un espacio que recuerda a los laboratorios de cultivo in vitro. Entre los restos del museo aparecen dibujos, pinturas, esculturas, mapas en acuarela y obsidianas grabadas con especies extinguidas. Una escalera conecta este primer ámbito con la planta superior, donde se proyecta Aguas intoxicadas, cometas nunca más vistos y una reunión de suicidas, una película distribuida en cinco pantallas que forma parte de las investigaciones recientes de la artista. La obra se presentó en la Bienal de Arte de Toronto y cuenta con la colaboración de Catapulta.
El recorrido audiovisual atraviesa distintos territorios, desde las ciénagas que rodean Berlín hasta las granjas de coral de Puerto Rico, el observatorio de Arecibo y el desierto de Atacama. Son lugares atravesados por las transformaciones ambientales y las consecuencias de la actividad humana. «Cuando un arrecife de coral se blanquea, significa que el sistema general está colapsando», explica Regina de Miguel.
Aunque la ruina y el colapso ocupan un lugar central en la exposición, la artista no plantea una visión exclusivamente apocalíptica. Frente a la catástrofe, busca «chispazos de esperanza» y defiende la posibilidad de modificar nuestra relación con el entorno desde los cuidados y el arte. «Estamos a tiempo de realizar cambios desde los cuidados, desde el arte, ése es mi propósito como artista», afirma.
La exposición también conecta con el concepto de Museo Anfibio que articula el proyecto museográfico del IVAM. Para su directora, Blanca de la Torre, el trabajo de Regina de Miguel permite abordar cuestiones científicas y políticas desde la ficción, sin renunciar a una dimensión poética. La muestra se inscribe, además, en la voluntad del museo de visibilizar a artistas vinculados al contexto valenciano.
Nacida en Málaga, Regina de Miguel estudió Bellas Artes en la Universitat Politècnica de València, donde desarrolló una parte importante de su trayectoria. Durante su formación trabajó como educadora en el IVAM, una experiencia que contribuyó a configurar su relación con el arte contemporáneo.
Un mundo turbiamente vivo propone así un viaje a un futuro imaginado que funciona como espejo del presente: un mundo en ruinas desde el que todavía es posible preguntarse cómo convivir con otras formas de vida y qué condiciones necesitamos preservar para que esa convivencia sea posible.












