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Joan Oleaque: “Lo que sucedía en València es historia del clubbing antes de que existiera el concepto de clubbing”

Joan Oleaque.

Joan Oleaque escribió En èxtasi. Drogues, música màkina i ball: viatge a les entranyes de la festa (Ara Llibres) en 2004. Trece años después, la editorial Barlin Libros publicaba su traducción (ampliada y actualizada) al castellano: En éxtasis. El bakalao como contracultura en España. En ese periodo de tiempo, entre uno y otro, hubo un resurgir sobre lo que ocurrió aquellos en las discotecas valencianas. Por ejemplo, apareció el libro ¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en València, 1980-1995 (Contra) de Luis Costa; el podcast València Destroy a cargo de Eugenio Viñas, e, incluso, el MuVIM lo intentó, aunque naufragó queriendo revisar aquel fenómeno musical y social con la exposición Ídolos del pop.

Esta especie de revisionismo acabó resultando necesario para actualizar las cenizas y el recuerdo que de aquellos años habían perdurado en el tiempo. No fue algo exclusivamente local (ahí estuvo, por ejemplo, la charla en el festival Primera Persona), ni tampoco puntual, porque aún sigue siendo un tema con gancho de actualidad. En noviembre del año pasado, en la sede de la SGAE, se reestrenó el documental 72 horas, en diciembre se celebró una fiesta de nochevieja remember en la Ciudad de las Artes y las Ciencias y la famosa Ruta sirve de escenario para la novela Em diuen fletxa, de Joan Carles Ventura, publicada por Alrevés.

Oleaque es, actualmente, Director Académico del Área de Artes, Humanidades y Comunicación de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), además de profesor en el Máster en Periodismo Multimedia y en el Máster Universitario en Comunicación Social de la Investigación Científica de la misma institución. Como investigador académico, se dedica al estudio del racismo en los medios y de la manipulación política en Internet. En 2002 publicó Desde las tinieblas, un descenso al caso Alcàsser (Diagonal), otro libro sobre un tema que, curiosamente, volvió recientemente, a las primeras planas de los medios de comunicación.

¿Cómo vives, con la perspectiva que da el paso del tiempo, el resurgir de la Ruta y de los crímenes de Alcàsser (sobre los que escribiste sendos libros imprescindibles, además de artículos), como temas de interés informativo?

En parte, con cierta sorpresa, en relación a que realmente se le está prestando otra vez mucha atención a ambos asuntos. Creo que la merecen, especialmente de cara a generaciones que no los conocieron directamente. Especialmente en el caso de Alcàsser me ha sorprendido ver cómo los medios, en algunos casos, han estado otra vez a un nivel muy alto de sensacionalismo y hasta de delirio, hablando un día a favor de teorías conspiranoicas, y al día siguiente al contrario, y al tercero, otra vez a favor. Con la Ruta ha estado todo más calmado, se ha revisado más la parte que era prácticamente desconocida, la cultural, la vanguardista. Aunque no han faltado episodios pintorescos, como el que eventualmente aún hoy se ponga en duda si tuvo una importancia real como escena avanzada porque no ha dejado poso en forma de producto musical. Es una muestra de tener poca idea de lo que fue, o no creerte en absoluto la cultura del disc jockey, etc. Que de un modo radical, guste o no, haga gracia o no, se estableció aquí a nivel masivo antes que en ningún otro sitio.

¿Cómo reaccionaste cuando Alberto Haller, de Barlin Libros, contactó contigo porque quería publicar en castellano tu libro En èxtasi?

Reaccioné con ilusión, porque era un tema pendiente mío el hecho de editarlo en castellano, y también con voluntad de ver qué era esa editorial, que aún no había sacado su primer libro cuando me contactó. Me alegra ver que acerté mucho, porque es una editorial ideal, exquisita, cuidada, crítica y avanzada. Muy necesaria. Fue muy singular todo, porque aún no había salido el Bacalao, de Luis Costa. Alberto tenía ese interés desde hace tiempo, y al final, parece que todo estuvo hilvanado para que la traslación al castellano viera la luz en un momento en que había un interés diferente, expansivo y más preciso por el tema.

El libro es una actualización de aquel otro, ¿por qué era necesario para hacerlo? ¿Qué crees que aporta que no se encontraba en aquella primera edición?

Creo que es importante leer desde la perspectiva actual. Cuando salió en valenciano, hablar de esto era un tabú total, porque se relacionaba con la garrulería y el horror, obviando la parte interesante que tuvo, que fue, en cambio, la mayoría, la que más duró. La masificación se comió todo, acabó con lo otro. Ahora, aunque sigue siendo difícil, aunque políticamente se elude el tema, aunque a la persona que impulsó en Valencia la modernidad en los clubs (el dj y productor Juan Santamaría) no se le haya hecho homenaje tras su reciente muerte, hay un aroma de deseo hacia saber qué pasó; por qué acabó; por qué nació. Todo esto, analizado, no sólo descrito; creo que la gente no sólo quiere saber qué pasó, sino cómo, obtener respuestas y reflexiones. Para mí hacía falta transmitirlo a un público que no pudiera adquirir la edición original, agotada totalmente. En esta ocasión, hay dos nuevos grandes capítulos, un prólogo brutal y muy bueno de Kiko Amat y una revisión entera de la perspectiva que le da un impulso actual y más centrado en Valencia como centro y fuerza expansiva de lo que fue, aunque arrasó en toda España y fue reclamo internacional eventual.

Ese nuevo foco informativo de los últimos años hacia el bacalao/bakalao/ la Ruta ha sido casi siempre llevado a cabo por personas que no lo vivieron por su edad.

Me resulta atrayente, aunque complementario al de personas que sí lo vivimos y analizamos desde dentro. No creo que pueda superponerse a él, aunque sí ha aportado aire fresco y muchísima atención sobre el tema.

¿Este “remember” ha servido para mitificar aquellos años más de lo que tocaba o para colocar en su sitio lo que ocurrió?

No debería quedar como un remember, un revival, etc. Sería un error. Yo, sinceramente, no creo que se esté mifiticando o desvirtuando aquello al decir que era extraordinario y muy avanzado, porque lo era. Lo que pasa es que aún hoy, mucha gente no puede o no quiere aceptarlo, bien por auto-odio, bien porque cree que lo suyo, sea lo que sea, es más y mejor. Pero lo que sucedía en València es historia del clubbing antes de que existiera el concepto de clubbing. Fue un experimento social, y hostelero, brutal, que acabó en desastre, como muchos otros espasmos sociales, por desgracia. Está sirviendo para que haya remember, pero no tengo claro que esté sirviendo para que se analice y entienda del todo lo que pasó, y menos aún, para que forme parte de la historia valenciana socio-cultural, en sentido amplio. Los djs valencianos, entiendo, también deberían tender puentes hacia los pioneros, hacia sus hallazgos y lo que significaron. Pocos lo hacen hoy.

En “En éxtasis” reivindicas como revolucionaria aquella forma primigenia de ocio que se implantó. Incluso hablas de “fines de semana proletarios”. ¿Crees que es algo que se acabó olvidando sobre todo por ese cierto desprecio intelectual con el que se le miraba en los últimos años?

Me temo que sí. Se ha despreciado porque el house y el techno entraron en España por ambientes urbanos y, digamos, algo más intelectuales, por asi decirlo. Desde luego, a través de gente que formaba parte de la clase media, o más allá. Sin embargo, la fiesta primigenia valenciana fue cosa, en muchos aspectos, de gente de extracción más humilde y también de gente de pueblos que creó una modernidad propia, extrema, casi exagerada. Cuando degeneró sí pasó a ser pasto de ciudades, pero de los extrarradios. Siempre, en fin, fue algo con un punto proletario, de un modo u otro, con invitados excepcionales de clases medias, altas y celebridades de varios tipos.

En el libro pones en valor la figura de Juan Santamaría, fallecido este mismo año, y del que antes decías que no ha recibido el homenaje y reconocimiento que merecía.

Es una vergüenza que solo gente que le apreciamos hayamos insistido públicamente en la importancia real de su figura, en todo aquello que Juan, con su humildad, rompió. Ni los políticos, ni el ambiente cultural, ni el musical, le ha rendido el respeto que obviamente merece, como mínimo, en el territorio valenciano. Salvo excepciones muy honrosas en diferentes medios, eso sí, donde se ha declarado claramente quien fue. Cuando Juan empezó a pinchar nadie tenía ni idea de nada, la gente iba a pegarse, a intentar ligar y a hacer el payaso a las discotecas de moqueta. Juan tomó lo que pasaba en antros oscuros y radicales de Inglaterra a los que iban cuatro punks, y lo llevó a un ambiente soleado, colorista y mediterráneo, mezcló Ibiza con Londres, y sembró la semilla de las discotecas de vanguardia aquí. Las empezó a dotar de sonidos a través de la importación de discos, algo en lo que Juan fue un hombre clave, la pieza maestra. De un modo u otro, lo mejor que pasó en la música de baile de los 80 en Valencia se generó relacionado con él. En su funeral sonó la remezcla de Semilla Negra que él hizo para Radio Futura, primera remezcla dance en España de un gran tema rock. Esta ciudad le debe haber soñado con estar alguna vez en el primer lugar de algo.

Cuando hablas de Barraca dices que en ella “se establecía una ruptura de límites que daba origen a una fiesta completamente interclasista (…). Fue la primera discoteca realmente democrática, para los hijos de un nuevo sistema político que renunciaban a este cada fin de semana y se dedicaban a olvidarlo perdidos entre luces estroboscópicas (…) Era, probablemente, la única revolución posible para una generación posrevolucionaria”. ¿Esta lectura (más allá del simple enfoque superficial como fenónemo de ocio) era compartida por más voces entonces o era un grito en el desierto a la hora de analizar lo que estaba ocurriendo o lo que había ocurrido?

No, la gente no tenia conciencia de nada, si no, lo hubieran cuidado más. La gente pensaba que esas discotecas ya eran así, y que siempre lo iban a ser, y que uno podía entrar y salir de ellas, y del circuito que componian, a lo largo de su vida. Que Carlos Simó, un dj que era un artista, alguien excepcional, con una influencia increíble, alguien que era como una aparición, siempre estaría esperando a la gente y pinchando. Que todo aquello formaba parte del paisaje, como La Albufera… Es decir, se sabía que era algo muy especial, pero no que había un peligro real de pervertirse y desaparecer. Por esto, las reflexiones no eran como las que yo planteo; más bien, apuntaban hacia que el resto de la vida no tenía sentido, sólo lo que pasaba en Barraca, Chocolate, Spook, etc. Y que quienes lo sabían, eran mejores, más especiales que el resto. Se asumía como una manera de tener una vida mejor, la mayor experiencia humana a la que se podía aspirar en ese momento, en ese lugar. Frente a eso, todo palidecía. Lo cuál, claro, acabó siendo un desastre.

Tanto por anécdotas que cuentas (Carlos Simó rompiendo discos que sonaban en la radio) como por algunos testimonios de la época (una antigua clienta de Barraca que reconoce que muchos de los que iban de modernos no bailaban porque podía quedar mal y preferían lucir la ropa dando vueltas por la pista) es fácil entender que el postureo no es algo reciente de las redes sociales. ¿Cómo convivía esta visión de lo que ocurrió con esa otra de la que hemos estado hablando (revolución / proletariado,…)?

Pues era algo bastante natural… Yo creo que la vanguardia, la verdad, nace en la calle, o en alguna parte de la misma. No en laboratorios, no en las mesas de gente de dinero: es la gente que no tiene nada la que necesita expresarse, abrirse camino. Es cierto que hace falta ilustración (aunque sea dura y costosa) e inquietud, en un grado u otro, y de una manera u otra. Los que iban con capas new romantic no eran gente rica. Mucho menos los siniestros, psychobillies, etc. La gente joven de dinero que era inquieta, que se rebelaba contra el molde, se juntaba con estos que no tenian un duro, pero el postureo era de esta pléyade moderna que venía muchas veces de partes medias-bajas. El glamour no era cosa de pijos, sino, de modernos de barrios y pueblos.

Cuando hablas de la aparición de la mescalina dices: “La conexión intelectual necesaria para entender aquella primera música avanzada quedó, con la droga, sustituida por un vínculo emocional con el ritmo”. Aunque unas páginas más adelante, cuando hablas de Spook indicas que la música era la principal atracción de la sala. ¿Dejó la música, con la introducción de las drogas, de tener el máximo protagonismo? ¿Fue esta la primera semilla de la “degeneración” final de la Ruta?

No. Esa droga sentó las bases de lo que más tarde se acabó conociendo como cultura del éxtasis. Lo que provocó es una especie de sopa energética y mental dance en la que todo tenía sentido, y en la que hasta los más torpes y patosos y con poca traza podían bailar. Creó una sensación de hermandad que se desarrollaría más aún con las primeras hornadas de éxtasis, rubricadas aquellas con una sensación sensual que también era muy hippie. La mescalina no quitó protagonismo a la música, potenció la energía de la misma, potenció las bases electrónicas, abrió esa música siniestra, guitarrera y proto-electrónica a todo aquel que tuviera la valentía de acercarse, y que no se atrevía por miedo, vergüenza o, en fin, ignorancia. Es verdad que, con el tiempo, se banalizó todo esto, etc. Pero fue poco a poco, cuando todo el mundo quiso formar parte, cuando las grandes masas asaltaron esos clubes…

Destacas el papel integrador y liberador que tuvieron las discotecas para los homosexuales, incluso para las mujeres.

Es verdad. Creó una mezcla en la que todo aquello que no era previsible era lo “normal”. Posiblemente, las primeras drag en plan discotequero se vieron en València en Barraca. Allí los que no habían visto nunca algo así no podían faltar el respeto ni comportarse como burros, porque eran los otros, los raros, los guais, por decirlo así, y ellos estaban de prestado. En cuanto a las mujeres, dejaron de tener un papel subsidiario en la pista, que era lo habitual hasta entonces, y se convirtieron, en aquel ambiente, en ejemplos de libertad, en las que podían hacer y vestir como quisieran. De hecho, los de seguridad velaban por eso. La gente hacía colas para que le sirviera tal o cuál camarera de Chocolate porque era la que tenía el look más brutal, más rompedor, más desgarrador y apabullante. Las admiraban, sabían que tenían enfrente algo que no comprendían, que ni siquiera entendían, y que era una suerte que estuvieran allí. Y que no podían tocar o faltar. Por supuesto, había malasombras, claro; y en su etapa chunga, todo acabaría al revés y las mujeres prácticamente acabaron en la casilla de salida.

Que la palabra bacalao surgiera, como cuentas en el libro, por el uso que le daba un chavalín que iba a Zic Zac a escuchar/probar música, ¿podría de alguna manera entenderse (el famoso pensat i fet valenciano) como una prolongación de cómo surgió y se acabó desarrollando todo?

Tiene su gracia, pero creo que no… Es que nadie sabía cómo referirse a lo que se pinchaba allí… De hecho, sigue sin tener nombre, aparte de bacalao. Quizás la conjunción del nombrecito con algo tan sofisticado como aquella música sí que es algo muy valenciano, en el sentido que dices, pero no lo veo como una premonición.

Otro nombre que destacas es el de Fran Lenaers, casi como un pionero (a nivel mundial) de una manera de entender la figura del dj que después se propagaría. ¿Ha tenido la trascendencia posterior que merecía?

Realmente Lenaers marcó una gran diferencia porque enhebró una manera de comunicar con el público (pinchaba la música que le gustaba a él, incluidos oldies, etc) transmitiéndole sensaciones muy concretas a horas inesperadas. No muchos nombres han hecho cosas similares. El Sónar lo comparaba en la promo del bolo que Fran realizó allí, nada más y nada menos, que con Larry Levan, el dj del Paradise Garage de Nueva York, el club de clubes global. Él incorporó la técnica al sentimiento extremo. El resultado fue imbatible. Creo que Fran sí ha trascendido, es muy influyente, muy respetado, y sigue en activo, algo que es muy importante. Creo, no obstante, que él también se vio perjudicado por la onda negativa que asoló el bacalao, aunque él pronto fue reinvindicado por otros djs que lo asociablan al origen del techno en España. Su actitud es muy buena, no le he visto nunca quejarse de que las cosas tenían que haber sido de tal o cuál manera, o de que su grupo, Megabeat, tendría que haber sido reconocido así o asá. El precio de los grandes pioneros como él es el de haberse anticipado a todo, y de que luego otros, en otros lugares, hagan más tarde lo que él descubrió antes.

Cuando hablas de grupos de amigos que salían como si fueran profesionales de la fiesta, recoges el testimonio de uno de ellos que decía: “nos considerábamos el ombligo del mundo y nos gustaba creernóslo”. Resulta curioso ese individualismo al mismo tiempo grupal dentro de una ceremonia festiva.

No se conocía otra cosa que no fuera la de funcionar así: como individualidades parte de una hermandad. Era algo grupal, comunal, pero a la que podías acudir solo, porque era un poco como un ente que esperaba y amoldaba a los que llegaban. Uno podía ir solo a Puzzle y no pasaba nada, en seguida conocía a gente, formaba parte del ritual. De hecho, el buen rollo era como la carta de presentación. Por eso, si eras un chungo, no tenías cabida. En los años malos era al revés: ¿eras guay? No pintabas nada. Mejor te ibas.

¿Cómo se podía haber evitado la victoria de la droga sobre la música?

Cuidando los clubes. Cuidando quién iba y quién no. Controlando las grandes masas ávidas de locura que venían de todas partes. Filtrando la entrada. Y no asumiendo que cualquiera, en cualquier momento, pudiera consumir cualquier cosa como parte de algo posible. Pero, sobre todo, cuidando la música. Uniendo lo que se pinchaba aquí con la primera vanguardia electrónica que estallaba en Manchester, o con lo que se construia en Ibiza a principios de los 90. No perdiendo el paso de la vanguardia. No renunciando a estar en ella.

¿Nació esta forma de ocio con ese gen autodestructor tan valenciano (y no solo por las fallas), con una fecha de caducidad no escrita pero siempre presente, y por ese miedo a que se acabara pronto todo se vivió con tanto exceso (no solo lo puramente festivo, sino desde que alguas compañías editaran 3-4 discos por semana hasta las medidas tomadas por Rafael Vera)?

Fue un fenómeno largo y muy complejo. Es más esquivo de lo que parece, el hecho de analizarlo claramente. Pero no, no nació con vocación autodestructiva. Que yo recuerde, se pensaba que siempre iba a estar allí. Que había llegado a ser algo “valenciano”. Nadie pensaba que fuera a desaparecer. Tampoco lo hizo de golpe, sino degradándose, y se degradó durante largos años. No fue una falla, para entendernos, aunque, desde la óptica actual, quizás sea tentador verlo así.

¿Qué ha perdurado en el tiempo (más allá del recuerdo personal que pueda tener la gente que lo vivió) de todos esos años?

Una cosa muy relevante es el mito. Esos años son legendarios para miles y miles, y, sin embargo, desde la cultura oficial, no se reconoce como tal. Por tanto, viven en un limbo, en una especie de mito mental que no acaba de instalarse en la historia real de València. Otra, el modo de salir, el hedonismo de masas. Antes de esto, no hay noticia de ello, al menos en ese plan de plantearse la excursión nocturna como un viaje, no solo como salir un rato a tomar algo. En cuanto a la música, ahora se evoca, pero creo que no ha influido sobre la banda sonora actual de los clubes porque no se le dio tiempo, acabó devorada, convertida en verbena.