Fernando Fernán Gómez cumplió 40 años en 1961, el mismo año que se publicó su primera novela, El vendedor de naranjas. Seis décadas después, y coincidiendo con el centenario de su nacimiento, se ha vuelto a reeditar de la mano de Pepitas y la Filmoteca Española.

El vendedor de naranjas cuenta las peripecias que vive un guionista en el cine español de los cincuenta. Una película, La voz íntima, cuyo texto tiene que perfecccionar. Una productora, Pumica Films, con socios adláteres de la picaresca, lo sicalíptico y la bellaquería. Personajes que se mueven entre lo tunante y la supervivencia. Y la sensación de estar leyendo una historia nada ajena al propio autor y a cierta realidad del séptimo arte en nuestro país, guiños incluidos.

La novela de Fernán Gómez aunque se desarrolla en Madrid está marcada por lo valenciano. El título hace referencia a uno de los personajes del libro, Castro, un empresario de la naranja que vive en Gandía y ha decidido invertir en el mundo del cine. A través de él asoman esas referencias. Lugares como Barrachina o La Marcelina, la Nit del Foc o los Maristas, Sorolla y Cifesa, el pasodoble que toma prestado su nombre del de la ciudad. Hay personajes que también remiten al cap i casal, como el dueño del cabaret Miami, ese amigo Llorens con el que comparte guasas picantonas o Elvira Santillana, la actriz del film, “hermosa muchacha, aunque no muy buena artista” que en su ciudad de origen tenía “una fama horrible”.

Pero si hay un momento valenciano en el libro es cuando Castro hiperboliza sus sentimientos y confiesa estar “enamorado” de su tierra. “Vivo feliz sabiendo que me van a enterrar cerca de los naranjos. Qué importa estar debajo de esa tierra. Muchas veces lo pienso y me parece imposible que con aquel olor, con el azul de aquel mar, con la suavidad de esas playas, con el oro de esos árboles, con la dulzura de esa tierra, haya gusanos en las tumbas. Parece que allí la muerte debe de ser otra cosa”.

Las conexiones de El vendedor de naranjas con València no se limitan a la ficción. Como cuentan Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo en el completísimo, documentado, entusiasta y decidor epílogo que acompaña al libro, la novela fue publicada originariamente por la editorial Tebas, del valenciano Vicente González Giner. Un experimentado “vendedor de libros a domicilio” que quería “impulsar a la escritura a varios jóvenes de su entorno en los que intuía potencial”. “Un editor solitario, individualista, sin dinero” según le manifestaba él mismo a Jesús de las Heras en este artículo de El País.

Como si el libro fuera un trasunto de la historia que se cuenta en él, su edición estuvo marcada por cierto amateurismo, sin olvidar el famoso pensat i fet valenciano. González Giner mandó a imprenta el original sin que nadie revisara el manuscrito. Como desvela la dupla Aguilar-Cabrerizo los errores no fueron pocos ni ligeros, nombres y apellidos de los protagonistas mutaban según en qué página se refirieran a ellos. En la reedición de Espasa de 1986 se corrigieron todos e incluso Fernán Gómez metió mano al texto “repensando la propia estructura de la obra”, siendo esa su versión definitiva y que ahora de nuevo está en las librerías.