El MuVIM presenta hasta octubre la exposición ‘¿Qué tengo en la cabeza?’, un recorrido por 25 retratos que fusionan arte, moda y fotografía para construir un mapa visual del mundo emocional contemporáneo.

El MuVIM acoge hasta el próximo 4 de octubre la exposición ¿Qué tengo en la cabeza?, una propuesta del artista multidisciplinar y diseñador de moda Manuel Fernández que reúne 25 retratos oníricos en los que convergen arte, moda y fotografía. Comisariada por Josep Lozano, la muestra plantea una reflexión visual sobre las emociones, la identidad y las inquietudes del presente a través de imágenes cargadas de simbolismo.

La exposición convierte el retrato en un espacio donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan. Formas, gestos, tejidos y colores construyen atmósferas que evocan pensamientos, estados mentales y emociones, mientras que la moda adquiere un papel central como elemento narrativo y expresivo. Las prendas dejan de funcionar únicamente como vestuario para transformarse en una arquitectura emocional capaz de transmitir sensaciones y significados.

La trayectoria de Fernández ha estado estrechamente ligada al diálogo entre arte y moda. Tras proyectos como Fashion Art, en el que diversos artistas intervinieron vestidos concebidos como lienzos, el creador desarrolla ahora un universo propio en el que el color, las texturas y el diseño estructuran el relato visual y difuminan las fronteras entre disciplinas.

La muestra se articula a través de diferentes series fotográficas que conforman un recorrido por el imaginario del artista. En En peligro de extinción, los animales amenazados ocupan el lugar reservado habitualmente a las celebridades en las portadas de revistas de moda. Naranja rinde homenaje a Valencia mediante un color convertido en símbolo de identidad, emoción y territorio. Por su parte, Místicos presenta figuras suspendidas entre la serenidad y el dolor en composiciones en blanco y negro que enfatizan gestos y miradas.

La serie Vírgenes propone reinterpretaciones de la iconografía femenina desde escenas cotidianas, mientras que Amarillo construye un universo monocromático marcado por la calma y la contemplación. En Negro, la tensión entre límite y libertad adquiere protagonismo, y en Rojo el color se convierte en el eje narrativo que amplifica emociones, silencios y simbolismos.