
Foto: Mel comunicació.
Soy Consuelo Hueso y me defino, antes que nada, como una soprano inquieta. Desde pequeña, mi familia y la música es lo que me ha rodeado y hecho lo que soy; por eso recuerdo con tanta nitidez cantar junto a mi hermana y mi padre, que tocaba la guitarra. Me comunico a través de la interpretación; el canto es mi manera de poner voz y colores a las palabras porque, si supiera hacerlo, lo haría escribiendo. Para compensar esa carencia, leo todo lo que puedo; es una necesidad vital.
Mi profesión me ha llevado a cantar y formar parte de producciones muy chulas, incluyendo mi estancia en el coro del Teatro Real de Madrid, así como recitales y conciertos en el Palau de la Música de València y otros teatros y auditorios. Y, sobre todo, a conocer y aprender tanto de personas de una gran humanidad y sabiduría como la gran Ángeles López Artiga, pedagoga, compositora y mentora en mi vida y en mi forma de amar y entender el arte.
Fui post-punk y siempre he sido muy rebelde, y tengo un espíritu muy ecléctico, capaz de mezclar la música clásica con ese lado más visceral. Mis proyectos más personales nacieron de esa misma necesidad de romper moldes, buscando justicia y belleza: rescatar la música de mujeres silenciadas, un hilo conductor que empezó con Compositoras. Notas en la sombra y continúa hoy con Deixa’m dir junto al Quinteto Casulana, donde interpretamos obras de la anteriormente nombrada Ángeles López Artiga, Sonia Megías, Mercè Torrents, Matilde Salvador, Mª Teresa Oller, Consuelo Colomer y Sara Galiana. Me interesa mucho más lo que se crea desde la trinchera, porque tengo claro que el arte no es perfección: es resistencia, es combatir la fealdad del mundo. A estas alturas ya no me interesa la perfección; me conmueve más la imperfección honesta.
Tengo una fe inquebrantable en la vertiente social y sanadora de la música; el arte no es un pedestal, sino una herramienta transformadora. Lo compruebo cada vez que imparto talleres musicales tanto a personas mayores como a alumnado con discapacidad.
Aunque estoy más cerca de los sesenta, me siento en mi mejor momento, con la energía propia de mi edad. ¡Y me está encantando que me llamen señora! Creo que nos lo hemos ganado a pulso. Señoras del mundo, nos pertenece esa serenidad y el discernimiento para saber exactamente dónde debemos depositar nuestra atención y mandar el resto, directamente, a paseo. Quizá por eso me he convertido en una ‘emprendedora kamikaze’ y soy cofundadora, junto a mi compañero Pablo Prieto, de THE HUB: DANZA, MÚSICA Y ARTE, ubicada en la calle Luis Oliag 36, en pleno corazón del barrio de Monteolivete. No queríamos una escuela al uso; queríamos un espacio vivo donde convivan el pulso de la música —con su iniciación y lenguaje, el juego del conjunto instrumental y la fuerza de los grupos vocales— y el latido de la danza, que abraza desde la libertad del contemporáneo y lo urbano hasta la energía del comercial y los bailes sociales.Un ecosistema que respira junto a una programación de talleres diversos, conferencias y discofórums. En definitiva, un refugio para el arte donde las etiquetas se quedan fuera y donde todo el mundo tiene su voz y es escuchada.
Una canción:
Vier letzte Lieder de Richard Strauss, L’animale de Franco Battiato, A forest de The Cure, O del mio dolce ardor de C.W.Gluck, Swamp thing de The Chameleons.
Una película:
La mirada de Ulises de Theo Angelopoulos; La gran belleza de Paolo Sorrentino; El tiempo de los gitanos de Emir Kusturica.
Un montaje escénico:
Pues Don Carlo de Verdi en una producción del Teatro Real de Madrid en el año 2001; con un maravilloso Dmitri Hvorostovsky como Rodrigo y la puesta en escena de Hugo de Ana y una cantante menuda del coro, una servidora, que intentaba aprender de todos y absorberlo todo como una esponja.
Una exposición:
Una exposición más o menos reciente que disfruté mucho es Máscara y compás de Maruja Mallo en el Museo Reina Sofía y si echo la vista atrás la impresión de contemplar La danza de Matisse en el Hermitage de San Petersburgo.
Un libro:
Quizás más que libros son escritoras y escritores que siempre me acompañan, como Stefan Zweig, Balzac, Evelyn Waugh, Magda Zsabó, Heinrich Böll, Manuel Mujica Lainez. Pero si tengo que citar el último que me ha desarmado, me quedo con La isla de Arturo de Elsa Morante.
Una serie:
Mi debilidad absoluta es el sello británico: Retorno a Brideshead, Poirot, Vera, Shetland, The Hack.
Un podcast:
Los sonidos del planeta azul de Paco Valiente. Como bien dice su cabecera es un espacio «para mentes inquietas y oídos con ganas de comerse el mundo». Mapa sonoro sin fronteras.
¿Quién te gustaría que te hiciera un retrato?
Si fuera posible viajar en el tiempo, Modigliani. En la actualidad me encantaría Ana Karina Lema.
Una comida:
Toda la que sea casera.
Un bar de València:
Christopher y sus cócteles.
Una calle de València:
La calle Orihuela. Allí mis padres tuvieron un kiosco durante muchos años. Mi hermana y yo acudíamos corriendo desde el instituto y la universidad para echar una mano, pero sobre todo recuerdo aquel rincón como el lugar donde devoraba todas las revistas de moda y de música que caían en mis manos: Ruta 66, Rockdelux, Vogue, Marie Claire,… Aquel kiosco fue mi primer gran refugio impreso y motor de mi universo propio.
Un lugar de València que ya no exista:
La Valencia de los años 80.
¿Con quién te tomarías un vermut?
Con Bowie.








