
Foto: Sara María Rodríguez
Me crié al calor del horno familiar, entre el aroma de los pasteles de boniato y las calles de Quart de Poblet, mi pueblo, un olor que todavía hoy sigo buscando. Crecí junto a mis dos hermanos, también artistas, en una casa donde, mientras mi padre trabajaba de noche en el horno, las noches eran de lectura, de música y de historias que imaginábamos juntos, cocinando, casi sin saberlo, los sueños que acabarían marcando nuestras vidas.
Mi vocación fue temprana: empecé a cantar con seis años y muy pronto descubrí que mi lugar estaba sobre un escenario. A los diez años, jugando en la plaza de mis abuelos, dije que de mayor quería seguir jugando. Entonces alguien me explicó que existía un oficio para eso: ser actriz. Con dieciocho años entré en la Escuela del Actor y desde entonces no he dejado de recorrer un camino en el que el teatro y el audiovisual siempre han ido de la mano. Pero el escenario es mi casa. Suelo decir que paso más horas sobre las tablas que viviendo fuera de ellas.
Actualmente compagino Por los pelos, Pareja abierta, La comedia de la vida, Valparaíso, Estem perdudes y el próximo estreno de Desencajadas. Mientras tanto, sigo coqueteando con el audiovisual, con un largometraje, Vidres en la piscina, que verá la luz próximamente. Los tiempos son difíciles y, en una ciudad como Valencia, este oficio exige trabajar mucho para poder vivir de él, dejando muy poco espacio para la vida personal. Aun así, no cambiaría esta vida, al fin y al cabo es el lugar al que siento que pertenezco desde que era una niña.
Una canción:
Diría Jealous Guy de John Lennon, porque es uno de esos temas que adoro desde niña y al que siempre vuelvo. También El jardí de les espines, de Gener, la antigua banda de mi hermano Carles (ahora AnimalPersona), y E ti vengo a cercare de Franco Battiato, Grande, grande, grande de Mina. Sabina suena muy a menudo en mis auriculares, en bucle. Mediterráneo de Serrat es otro imprescindible. Dancing Queen de Abba. Y si me apuras un día malo lo hago alegre con Visa para un sueño de Juan Luis Guerra que me hace morir de risa.
Una película:
Mi primer gran recuerdo del cine es El libro de la selva: creo que fue la primera vez que fui al cine y la tengo como un sueño en duermevela. De mi adolescencia me marcó profundamente Los juncos salvajes, de André Téchiné, la vi una noche en la buhardilla de casa de mis padres con mi hermana y fue la experiencia de haber descubierto el mundo. De una etapa un poco posterior de mi infancia guardo un cariño especial por Desayuno con diamantes… Ohhh quería ser ella. Y hay una película a la que sigo volviendo una y otra vez y siempre me hace llorar: Una historia verdadera, de David Lynch.
Un montaje escénico:
Me quedo con El bar que se tragó a todos los españoles, de Alfredo Sanzol: una función brillante, arrolladora y de esas en las que el teatro parece convertirse en cine. Y la ópera, que me emociona profundamente desde niña. Recuerdo especialmente una Bohème de Puccini, mi primer montaje escénico como niña en un escenario, luego he visto varias versiones; es la ópera a la que siempre vuelvo y Puccini es un compositor que siempre me conmueve.
Una exposición:
Vivo el arte muy de cerca porque mi pareja es galerista y lo tengo en casa… Pero soy clásica, siempre repito museos, los Uffizi de Florencia, con toda la parte de Botticelli, del Thyssen la parte del XIX con un cuadrito chiquitín de Friedrich que lo robaría en el bolso y Velázquez y Ribera en el Prado de Madrid, también una de Degas en la Fundación Telefónica de Madrid. Y de las últimas cosas preciosas que he visto «Villa Livia» de Santiago Ydáñez, que estuvo en el San Pío V.
Un libro:
De mi niñez me quedo con Un castillo en el camino, que mi hermana me leía cada noche antes de dormir. De mi adolescencia, Crónica del alba, de Ramón J. Sender; mis amigas y yo estábamos completamente obsesionadas con esos libros, la guerra civil, y la historia de Valentina nos marcó. Y, ya en mi vida adulta, Rayuela, de Julio Cortázar, un clásico que siempre abro y leo por cualquier página. Poesía de García Montero, Biedma… la poesía es fácil y la llevas en un bolsillo.
Una serie:
La Mesías de los Javis, de los últimos años lo que más me ha gustado… Vemos tanto y olvidamos muy rápido, esto no me gusta nada. Ripley obra de arte, y Los Soprano como fondo de armario.
Un podcast:
Pues no me había aficionado a ninguno hasta esta misma semana que mi vista anda perdida y estoy con Le llamaban padre de Carles Porta.
¿Quién te gustaría que te hiciera un retrato?
Mi amigo grande inmenso que ya no está, el pintor Miguel Borrego.
Una comida:
Arroz al horno de mis padres.
Un bar de València:
Me encantaba «Casa Mundo» cuando era pequeña con mis padres ir a comer bocadillo de calamares y comprar los reyes.
Una calle de València:
Hay un recorrido de calles que me llevan al teatre Talia que me fascina: Bajo en Ángel Guimerá, cruzo por la calle del Hospital hacia Avenida del Oeste hasta la Lonja, me meto por la plaza Lope de Vega, cruzo hasta el Negrito y salgo a Caballeros.
Un lugar de Valencia que ya no exista:
La cafetería Noel y los sandwiches mixtos con huevo. El horno de mis padres y abuelos en Quart. «Yeye pop» en Xúquer. La librería Crisol que me encantaba los domingos de invierno.
¿Con quién te tomarías un vermut?
Con Anaïs Nin.







