Mi nombre es Raúl Tamarit Pardo. Nací un 15 de mayo de 1976 en Valencia, o eso es lo que me han contado. Debí beber bastante la noche de antes, porque no me acuerdo de nada… Así que no tengo más remedio que creerme lo que me dicen.

Mi padre era mecánico electricista y tenía un taller de coches en el Cabanyal, y mi madre, lo que antes se venía llamando ama de casa. Fiel a su hogar y con un dominio de la zapatilla magistral.

Seguramente por el oficio de mi padre me viene mi afición por el mecanismo y el funcionamiento interno de los coches. Ninguna. Y eso que llegué a cursar un curso de FP de automoción que, por supuesto, no llegué a terminar. Lo que se me daba realmente bien era escaparme a la hora del patio y visitar alguna de las más selectas tiendas de discos del centro.

Yo «iba» a Artesanos, en Antiguo Reino de Valencia, a un tiro de piedra de Harmony y Contraseña. Allí me proveía de algunos discos. Recuerdo el día que llegué y el entusiasmado dependiente de Contraseña me dijo que le había entrado una cosa de importación con la que iba a flipar. Se trataba del primer álbum de Nirvana, Bleach. Claro, me lo agencié en cinta de casete (economía teenager), que, por cierto, aún conservo. Así que, cuando salió Nevermind, yo me echaba el pisto de que ya tenía un disco de ese grupo. Y así era.

Por esa época empecé a montar mis primeros grupos y ensayábamos en el taller de mi padre. De algo tenía que servir. Pero nada, aquello no iba ni pa’lante ni pa’trás, hasta que un día descubrí que lo que me gustaba era hacer radio.

A mediados de los noventa puse en marcha el programa radiofónico La Sustancia Verde en Mislata Radio, que permaneció en antena durante más de veinte años, además de realizar colaboraciones en revistas especializadas.

Pero, como la cabra tira al monte y es irremediable, y el mundo lo estaba pidiendo a gritos, tras un paso de cinco años por Una Sonrisa Terrible, en 2010 monté Los Radiadores, con los que he publicado seis álbumes y unos cuantos EPs.

En estos momentos me encuentro en la fase de composición de un nuevo disco. ¿Qué os pensabais? Esto es así: uno no puede parar. Además, ¿no he dicho ya que la cabra tira al monte…? Y, como buen Tauro, la cabezonería es innata.

Ah, y claro, en el último año he estado trabajando en un libro sobre el primer álbum de los Ramones, que verá la luz en breve de la mano de Efe Eme. Y es que con los Ramones empezó todo, incluso para mí. Pero eso ya os lo contaré otro día.

Una canción:

Siempre me ha fascinado Alone Again Or, y eso que ni siquiera la primera vez que la oí era la original. La primera vez que la escuché fue en la versión de Germán Coppini, bautizada como Mujer, que sonaba bastante en la radio que mi madre tenía en la cocina, donde sintonizaba Radio Popular todo el día. Me quedaba ensimismado con la melodía y con la forma de cantar de Coppini. Y eso que, por aquella época, a mí me interesaba mucho más el punk. Y, en esas, me agencio el álbum Anything de The Damned y, buah, ahí estaba también.

Con el tiempo me enteré de que se trataba de una versión de unos hippies llamados Love. Que, por supuesto, ni idea de quiénes eran. Y eso que a The Doors, Grateful Dead o Jefferson Airplane ya los controlaba algo.

A través de un amigo que me suministraba cosas de la Costa Oeste, tipo Country Joe and the Fish o Quicksilver Messenger Service, llegué al álbum Forever Changes y, desde entonces, no me he separado de él ni de la magistral Alone Again Or.

Una película:

Hace poco hablaba con unos amigos de El lado oscuro del corazón, la película de Eliseo Subiela, protagonizada por Darío Grandinetti, Sandra Ballesteros y Nacha Guevara. Me fascina ese eterno adolescente, un Peter Pan que se niega a madurar y no quiere adaptarse a un sistema organizado y «normal». Y es que ya lo decía Santiago Auserón en su canción A cara o cruz: «En el caos no hay error».

Y, al mismo tiempo, obsesionado por la Parca, acechando constantemente cada decisión. Pero, sobre todo, lo que me fascina es la búsqueda de la mujer de sus sueños, tal vez idealizada; de la felicidad, de la estabilidad emocional y de alguien que le comprenda, que sea su cómplice, su otra mitad. Pero, sobre todo —y es algo que no perdono bajo ningún pretexto—, que no sepa volar.

Además, si se adereza con poemas de Oliverio Girondo, Juan Gelman y Mario Benedetti, llegamos a la cuadratura del círculo.

Por cierto, si alguien tiene mi copia en DVD, que me la devuelva. La de VHS aún la conservo.

Un montaje escénico:

Hace unos años, mi pareja, Vanessa , me dijo que había comprado entradas para la ópera. Toma ya. Resultaba que quería que fuésemos los dos, junto a nuestras hijas, Gal·la y Vera, a ver La Flauta Mágica de Mozart en el Palau de les Arts Reina Sofía. Le hacía especial ilusión que fuéramos los cuatro.

Pues allí que nos plantamos. Yo no había visto nunca una ópera completa, y menos en un teatro. No sabía si iba a poder aguantar las tres horas de duración sin una barra cerca. No es un género que yo controlara mucho… Bueno, nada, la verdad.

Pero lo cierto es que se lo agradecí profundamente, ya que me encantó. La escenografía y su tratamiento escénico, los cantantes, la música, las actuaciones, la historia… Tampoco puedo explayarme mucho más, ya que para mí fue una completa novedad. Solo puedo decir que me gustó y que, ¿si volveré algún día a la ópera?, pues es bastante probable que sí.

Una exposición:

Recientemente vi en Madrid la exposición del artista urbano y activista político Banksy, en el Museo Banksy de Madrid, donde se puede ver un buen número de sus murales. Me fascina ese arte urbano y la crítica social que subyace en sus obras, especialmente contra el capitalismo y las guerras. Que curiosamente está bastante ligado.

Un libro:

Pues más que un libro, en lo que estoy sumergido ahora mismo… Y es que este verano me ha dado de nuevo por la novela negra y policíaca. Han caído dos relativamente recientes: Entre los muertos, de Mikel Santiago, y Enero sangriento, de Alan Parks. Y es que cuando pillo la senda, ya no puedo dejarla.

Ahora estoy revisitando el clásico Adiós, muñeca, de Raymond Chandler, que me pillé de segunda mano. Eso es algo que no puedo evitar: rebuscar en rastrillos, mercadillos o en las secciones de saldos de las librerías. Siempre encuentras títulos tiraos de precio, esperando a que alguien les dé una segunda oportunidad.

En uno de esos me agencié también, por cuatro pavos, Carvalho: problemas de identidad, de Carlos Zanón, un autor del que me gusta bastante todo lo que escribe y que ahora mismo se encuentra en la sala de espera, esperando su turno para ser devorado.

Una serie:

Me gustan bastante las historias de universos paralelos y realidades alternativas y, por otro lado, las novelas de ciencia ficción de Philip K. Dick, así que no podía escaparme de El hombre en el castillo, una serie basada en la novela del genial escritor estadounidense.

En general, no me interesan demasiado las series y, en particular, las que tienen muchas temporadas, pero esta me resultaba muy atractiva. Me tragué las cuatro temporadas sin rechistar, hasta que Amazon decidió cancelarla. Imagino que la acción, un tanto pausada, y la temática ucrónica les interesaban únicamente a cuatro frikis, entre los que me incluía. Tengo pendiente revisitarla.

Un podcast:

No estoy enganchado a ningún podcast en concreto. Lo utilizo sobre todo para escuchar algún programa radiofónico o algo concreto que se me haya podido escapar o que no haya escuchado en el momento de su emisión.

Suelo recurrir bastante a los podcasts de El Sótano, de Radio 3, ya que, por su horario actual, me resulta más difícil escucharlo en directo.

¿Quién te gustaría que te hiciera un retrato?

En ese aspecto estoy servido, ya que, en algún momento de mi trayectoria, me han fotografiado excelentes fotógrafos a los que admiro, ya sea encima de un escenario o posando. Tengo también retratos de Balbina Benito, Antonio Chumillas, Isa Terrible o Domingo Giner… E incluso caricaturas de Isma Rumbeu o César Tormo.

Pero, puestos a pedir, estaría bien un retrato de Mik Baro o Paco Roca… Dos artistas, cada uno en su estilo, a los que admiro profundamente, tanto por su trabajo como a nivel personal. Ahí lo dejo…

Una comida:

Pues últimamente me chifla el ceviche. Voy buscando lugares que lo hagan y, además, cada uno tiene su estilo. Cuando lo pido, observo sus ingredientes e incluso me atrevo a preguntar cómo lo elaboran. Y, como soy un poco cocinillas, intento reproducirlo en casa.

La verdad es que cada vez voy acertando más, aunque nunca lo hago de la misma manera.

Un bar de València:

Siempre me he considerado una persona de acción. Quiero decir que siempre me han gustado más las barras —hay algunas preciosas en Valencia— que apalancarme en una mesa y dejar que el tiempo transcurra sin ton ni son.

Así que, con permiso, hoy me dejaré caer por Benimaclet. La primera parada será en la bodega Baltasar Seguí, en Emilio Baró, para finalizar en Tulsa, sentado en una banqueta mientras escucho buenas canciones de psicodelia, punk o garage y converso con los parroquianos y con mi querido Giussepo, con una Mahou fría en la mano.

Ah, pero en verano es otra cosa. Que no me falte una hamaca en el chiringuito Mumbai, de El Perelló, mientras miro al horizonte sin nada importante que hacer y con una buena selección de reggae de fondo.

Ya se me ha ido otra tarde de bar en bar.

Una calle de València:

Pues no destacaría ninguna, pero sí muchas.

Una de mis grandes aficiones desde adolescente consiste en perderme por la ciudad, deambular por los barrios, sobre todo por callejuelas poco transitadas, callejones e incluso toparme con algún cul-de-sac y tener que desandar lo andado.

Mi momento favorito es al atardecer, en otoño o en invierno, cuando los edificios proyectan su sombra sobre las calles y la luz del sol tan solo se intuye. La gente que me conoce a veces alucina que sepa tantos nombres de calles. Antes memorizaba y recordaba bastantes más. Y es que voy sin prisas, leyendo los letreros de las calles y de los comercios, observando las fachadas, las casas…

Un lugar de València que ya no exista:

Pues echo de menos la Valencia de antes de que se convirtiera en un parque temático, cuando podías cruzar la ciudad de punta a punta dando un paseo sin sentirte amenazado por hordas de turistas sin camiseta, cruzando las calles de lado a lado como pollos sin cabeza.

Cuando era una ciudad acogedora, confortable, y el Carmen o Ruzafa eran barrios históricos en los que vivía gente del lugar, pagando un alquiler razonable por un piso y con la que podías conversar del día a día.

Se ha convertido en una ciudad de lugares masivos de ocio y festivales random, adocenamiento mastodóntico y pisos turísticos por doquier. Supongo que es el efecto del capitalismo sin medida.

Bueno, es lo que hay. Bienvenidos a la Valencia del siglo XXI.

¿Con quién te tomarías un vermut?

Pues como no soy de uno y ahí van dos: por un lado, diré con alguien con quien es imposible que suceda, y sería con Tip, en la barra del Vert i Blau, en el Perellonet, aunque seguramente caerían unos cuantos. Y, ya puestos, ya que lo he citado, con Carlos Zanón en el precioso bar Madame Jasmine del Raval de Barcelona, para hablar del ambiente nocturno de la ciudad, de Johnny Thunders y de unos cuantos malditos más de la historia de la música. Igual hasta se nos hacía de día.

Ale, así, sin comerlo ni beberlo, ya han salido dos bares más.