Deportes

Aquellos recintos deportivos que se fueron para siempre

El frontón Chiqui se encontraba en lo que hoy es el Cine Lys. Foto: Eva M. Rosúa.
El frontón Chiqui se encontraba en lo que hoy es el Cine Lys. Foto: Eva M. Rosúa.

Se aprecia en  ciertos grabados y mosaicos de la Grecia clásica escenas de juegos con pelota, carreras o lanzamientos, evidenciando la práctica deportiva como una manifestación lúdica importante en esa sociedad. Posteriormente, Roma propagó ese legado heleno a los territorios de su imperio, romanización que consiguió la introducción de las carreras de cuádrigas y los juegos de pelota en la ciudad de Valentia. Destruído por los pueblos invasores visigodos el circo romano, recién sorprendente y gratamente descubiertos sus restos, ubicados longitudinalmente entre la calle de la Paz y la plaza de Nápoles y Sicilia, en Valencia desaparecieron las carreras de caballos, perdurando, en cambio, el juego de pilota, con hasta trece trinquetes censados en el interior del perímetro de su muralla en el siglo XVI. De ellos, aún continúa, en la calle de su mismo nombre, el de Pelayo, construído en 1868 y considerado el recinto deportivo en uso más antiguo de Europa: una auténtica maravilla escondida en el centro de la ciudad. Si bien, por fortuna, la pilota, en todas su variantes, aún se continúa practicando en la Comunitat Valenciana(destacando mayoritariamente  la especialidad de escala i corda en el cap i casal), desde los inicios del siglo pasado ha tenido que competir, como práctica y espectáculo deportivo, con la eclosión de deportes modernos, surgidos por la creciente tendencia del culto al ocio, consecuencia de las sociedades del bienestar . A la brillante idea del barón Pierre de Coubertain de volver a implantar, a finales del siglo XIX, los juegos olímpicos de la Antigüedad, se añadió la aparición de deportes como el fútbol, rugby, tenis, boxeo,  baloncesto, voleibol, béisbol, balonmano o hockey, auténticos dominadores en este nuevo milenio.

Liberada del corsé de la muralla, derribada en 1865, la expansión de Valencia permitió disponer de múltiples espacios donde poder desarrollar la práctica de estos nuevos deportes. Actualmente resulta impensable edificar un trinquete en el centro neurálgico de la ciudad, pero casi ciento cincuenta años atrás no supuso problema alguno la construcción del emblemático de Pelayo en medio de la huerta, en una calle aún sin trazar. Sometido todo recinto deportivo a los designios urbanísticos, resulta excepcional  y sorprendente la permanencia del trinquete en el corazón de Valencia, posiblemente ayudada por su ubicación en un nulo atractivo patio de luces de una manzana de pisos, paradójico y plausible garante de su supervivencia como patrimonio de la ciudad. Al margen del de Pelayo, en el siglo pasado en Valencia hubo cuatro locales más para la práctica del juego de pelota: el Frontón Valenciano, el Jai Alai, el trinquete Juan Mena y el frontón Chiqui.

Lugar en el que se ubicño el frontón Jai Alai. Foto: Eva M. Rosúa.
Lugar en el que se ubicó el frontón Jai Alai. Foto: Eva M. Rosúa.

El primero, diseñado por Javier Goerlich e inaugurado la noche del 11 de noviembre de 1933 en la calle general San Martín, se localizaba en lo que es el pasaje Doctor Serra, construído éste a mediados de los cincuenta, consecuencia del derribo previo del Valenciano. Moderno, confortable, con siete filas de butacas, palcos, y graderío en anfiteatro, acogió durante un par de décadas míticas partidas de las modalidades de frontón, destacando las del pujante cesta y punta de la época, deporte que tuvo en otro de los frontones de la ciudad, el Jai Alai, su auténtico lugar de referencia. Edificado en 1893, en la actual calle del Pintor Peiró, próxima al paseo de la Alameda, el Jai Alai, aunque reconocido entonces como la indiscutible catedral de la cesta y punta vasca, compitió asimismo con Pelayo por la disputa de partidas de pelota valenciana, siendo hasta testigo de espectáculos tan dispares como demostraciones de esgrima o representaciones de ópera.

También los políticos, preferentemente del sector republicano, eligieron los frontones y trinquetes de la ciudad para pronunciar sus mitines, destacando su predilección por el gran aforo del Jai Alai, capaz de albergar a 6500 personas, factor determinante en su elección por los representantes del pueblo desde donde proclamar sus multitudinarias oratorias a los electores. Después de la guerra civil entró en desuso, con una efímera recuperación en los años setenta, albergando de nuevo partidas de frontenis, a mano, pala y de cesta y punta, convirtiéndose finalmente en un gimnasio hasta el año 2005, fecha de su definitiva demolición. Similar destino tuvo el elegante frontón Chiqui, ubicado en las actuales dependencias del cine Lys, en el Pasaje de Ruzafa, otrora calle de Calvo Sotelo, inaugurado el 2 de enero de 1942. Coqueto, con tan sólo 500 localidades y  de reducidas dimensiones, conocido como el palacio de la raqueta, se especializó en partidas de mujeres pelotaris con raquetas, las señoritas raquetistas, con destacada y prolífica actividad en el deporte femenino en los difíciles años de posguerra. Su privilegiada localización propició un cierre tan previsible como inevitable.

No tan céntrico, el trinquete de Juan Mena, sito en el número 14 de la calle del mismo nombre, en el distrito Botánico, programó partidas de pelota durante casi cien años, desde su fundación en 1877 hasta su conversión a finales de los sesenta del siglo pasado en el añorado cine Versalles, manteniendo así la fidelidad y la afición por la pilota en un barrio de extramuros. Con el bastión de Pelayo, apoyado ya, al menos con firmes intenciones, por las autoridades públicas, esos otros cuatro frontones y trinquetes forman parte de la memoria deportiva de Valencia, cuando en la capital reinaba el juego de pelota, ajena a un futuro venidero, sometido indefectiblemente al  dominio incontestable de las disciplinas deportivas foráneas emergentes.

Aunque desde hace unas décadas la población de Sedaví se ha erigido en el auténtico baluarte del boxeo valenciano, durante el siglo XX este liderazgo lo asumió la Plaza de toros de Valencia, con sus míticas veladas, destacando de entre todas aquella del 1 de junio de 1935, cuando un boxeador español, el valenciano Baltasar Berenguer, “Sangchili”, se proclamaba por vez primera Campeón del Mundo en el peso gallo, derrotando al norteamericano Al Brown. Organizados por la Organización Pugilística Valenciana (ORPUVA), concesionaria del coliseo taurino, los combates de boxeo consolidaron a la ciudad del Turia como plaza principal del deporte de los guantes. Con asistencias superiores a veinte mil espectadores, las veladas celebradas los sábados entre abril y octubre supusieron  la cita preferente e ineludible para disfrute de los valencianos. La Organización adoptó un sistema empresarial semejante a la de los locales pugilísticos mundiales más importantes de la época (Madison Square Garden de Nueva York, el Luna Park de Buenos Aires o el Palais des Sports parisino), proporcionándoles a los socios una alta rentabilidad, combinando peleas entre grandes estrellas del ring con desafíos entre púgiles canteranos valencianos, capaces estos por sí mismos de congregar a más de quince mil entusiastas seguidores en la Plaza de toros, como ocurrió en un par de combates entre los veinteañeros Llácer y Beltrán. La innovación constante, con carteles atractivos con el título de Campeonato de España o de Europa de por medio, o creando una afición femenina por el espectáculo por medio de entradas más baratas, el negocio se mantuvo rentable para la Organización hasta que la inherente decadencia del boxeo les obligó a virar su objetivo a la lucha libre americana, heredera, ya a mediados de los sesenta, de las veladas en el coso de la calle Xátiva. Los duelos de los viernes nocturnos entre el bien y el mal, propios del catch, ocuparon un espacio preponderante en el ocio de los valencianos hasta la llegada del desarrollo económico y, sobre todo, de la democracia, como si, con ésta, Valencia alcanzó esa etapa madura, ciertamente incompatible con el deleite de los previsibles desenlaces de los amañados combates de lucha americana.

Mientras el apogeo del boxeo permaneció vigente en la ciudad, proliferaron gimnasios donde poder prepararse la cantera valenciana, sobresaliendo un par situados en dos céntricos edificios: uno, en un entrepiso de la calle Cobertizo de San Pablo, y el otro, en los últimos pisos de la finca en cuyos bajos se localizaba el frontón Chiqui. Y de tal importancia resultaba entonces el deporte del cuadrilátero que hasta en los Baños del Almirante (singular edificio mudéjar del siglo XIV, catalogado en la actualidad como Bien de Interés Cultural) se instaló otro local para su práctica en 1963. Obviamente imposible tal disposición de gimnasios y frontones en el mismo corazón de la Valencia de este siglo, la memoria de su ubicación transporta a una nostálgica época, cuando el rentable negocio del espectáculo aún podía compensar los réditos y las plusvalías derivadas de una atrayente especulación inmobiliaria.
Otro recinto que, durante la primera mitad del siglo pasado, también albergó peleas, en este caso de gallos, se encuentra al principio de la calle de san Vicente (en el número 7 de la calle Aluders), La Gallera. Inaugurada en 1890, era y sigue siendo un claustro de planta dodecagonal, con tres pisos ataviados de distinguidos balcones, con vistas privilegiadas a ese espacio central, donde antaño combatían los animales en duelos extenuantes y mortales. Su elevada concurrencia garantizó un elevado nivel de apuestas, permitiendo la continuidad del negocio durante más de cincuenta años, reconvirtiéndose finalmente en la década de los noventa del siglo pasado en una sala singular de arte contemporáneo, con exposiciones específicas,  adaptadas inexcusablemente a la temática y raíces del local.

Tramo de la Avenida del Puerto en el que se ubicó el Canódromo Avenida. Foto: RRG.
Tramo de la Avenida del Puerto en el que se ubicó el Canódromo Avenida. Foto: RRG.

Avanzada la segunda mitad del siglo pasado, comunes fueron otras apuestas por duelos entre animales, en este caso de nobles competiciones de carreras, muy distantes de las sangrientas peleas de gallos, con estadios construídos a tal efecto. El 16 de junio de 1961, se bendijo el primero de los canódromos de Valencia, el Avenida, con 114 metros de longitud, y con una tribuna, junto a la recta principal de llegada, capaz de albergar a 300 espectadores sentados, así como  una galería superior con acceso a las dependencias del bar y de las taquillas. Situado en la avenida del Puerto 127, entre las calles José Brell y Muñiz H. de Alba, al Avenida, en esa aventura de las carreras de galgos tras una liebre mecánica inalcanzable, le acompañó el Canódromo de la Cruz Cubierta, edificado en medio de huertas y descampados, entre las calles Pio XI y Tomás de Villarroya, junto a la actual ronda sur de la capital. Tras poco más de dos décadas de funcionamiento, el interés por este tipo de espectáculo se desvaneció, dejando de funcionar ambos canódromos a mitad de los ochenta. Una manzana de fincas ocupan la pista del Avenida por donde corrieron antaño los galgos, resultando curiosa, por analogía con la Gallera, la presencia de otro espacio cultural, el Espai Rambleta, en la antigua ubicación del canódromo de la Cruz Cubierta.

Coincidente en el tiempo con las carreras de galgos, emergió en Valencia un interés por el turf, competición similar con los caballos como animales protagonistas. En una de sus pedanías, en el paraje de El Saler, el ayuntamiento de Valencia, en uno de sus cíclicos delirios megalómanos, decidió construir un hipódromo como parte de un, tan ambicioso como disparatado, proyecto deportivo. Preludio de lo que, años más tarde, ocurrió con la Copa del América, la Fórmula 1, la Global Champions Tour de Hípica y con la pretendida organización de unos Juegos Europeos, la alcaldía conservadora de Valencia ya apostó por un enfoque caótico similar con este hipódromo y un puerto deportivo para embarcaciones de vela en El Saler.

El movimiento popular (“El Saler per al poble”) finiquitó las ansias faraónicas urbanísticas, impidiendo un desastre ecológico en tan valiosa pedanía. La funcionalidad del hipódromo, que ocupó la zona de las vigentes dependencias del centro de interpretación Racó de l´Olla, no superó el lustro: inaugurado el 16 de octubre de 1976, se disputaron regularmente las temporadas de otoño de ese mismo año y las de primavera y otoño del siguiente, decayendo la frecuencia de sus carreras hasta su liquidación a inicios de los ochenta. Concebido como un hipódromo de carreras de segunda fila, donde promocionar a aquellas cuadras sin suficiente calidad para competir en el madrileño de la Zarzuela, el fracaso económico, unido a las presiones  de los colectivos ecologistas, propició su definitivo cierre. La posterior regeneración con arenal de dunas y con flora y fauna autóctona eliminó rastro alguno de su efímera presencia en el parque natural de l´Albufera.

Si bien en este siglo resulta común la dotación de pabellones polideportivos cubiertos en los barrios de Valencia, durante prácticamente toda la segunda mitad del siglo XX, y hasta la definitiva inauguración del de la Fonteta en 1983, la ciudad  hubo de conformarse con disponer únicamente de los añorados pabellones Marcol y San Fernando, donde poder disfrutar de partidos de alta competición. El gran referente del balonmano masculino valenciano de la época, el CB Marcol, disputó como local sus partidos en el pabellón de su mismo nombre, en el barrio de Nou Moles, en la calle del Castillo de Benisanó. Demolido, la construcción del complejo polideportivo Nou Moles sobre sus cimientos posiblemente facilite la continuidad entre sus paredes del aura de aquellas míticas noches de los Calabuig, Claver, Nebot y Cascallana.

Planteamiento similar se decidió con el pabellón San Fernando, en el barrio de la Fuensanta. Próximo al del Marcol, cruzando la avenida del Cid, en la calle del Rey Saúd, el Pavelló Fuensanta se construyó exactamente donde se alzaba el feudo del club deportivo español con mayor número de títulos consecutivos nacionales obtenidos, el de balonmano femenino Íber.  Loable este propósito dual de preservar la memoria, construyendo recintos para su práctica en el mismo espacio, simbolizando un nexo de continuidad con el pasado.

Tónica habitual durante el siglo pasado fue la tendencia de los clubes a trasladarse a estadios donde poder adecuarse a unas  nuevas e imperiosas  necesidades, consecuencias del continuo auge del fútbol. Al primer campo del Valencia CF, el de Algirós, situado en el camino del mismo nombre y próximo a la calle Finlandia, junto a la antigua estación de Aragón, le penalizó su limitada capacidad, cercana a los 8000 espectadores e insuficiente para la creciente masa social del conjunto blanquinegro, provocando su cambio de domicilio a Mestalla en el año 1923. Ya casi centenario, remodelado y ampliado sucesivamente, el futuro próximo del club pasa inexorablemente por su demolición, con posterior traslado al nuevo feudo valencianista en la avenida de las Cortes Valencianas, de diseño más acorde al concepto actual del futbol como espectáculo.

El origen marítimo del Levante resultó patente en la ubicación de sus terrenos de juego: el de la Cruz, en el camino Hondo del Grao, donde disputó sus partidos hasta que, al finalizar la guerra civil, la OJE se lo expropió; y el de la Malvarrosa, donde se ejercitaron sus equipos de categorías inferiores, y en el que el primer equipo disputó un único partido oficial, en Tercera División, el 1 de junio de 1969,venciendo al Constancia por 4-0. En 1939, con plantilla pero sin campo donde competir, se fusionó con el Gimnástico quien, huérfano de futbolistas, cedió su estadio de Vallejo a esta nueva entidad, denominada UDELAGE hasta 1941, y ya Levante UD a partir de entonces. El Gimnástico asimismo aportó una ingente cantidad de seguidores procedentes de los barrios céntricos de Valencia, fieles asistentes a los partidos de su equipo en la década de los veinte en el Stadium, campo de juego ubicado en el cauce del río Turia, a la altura del museo Pío V. Su estructura, en tan entrañable lugar, con una grada de diez filas rodeando el terreno, condicionó el crecimiento de la masa de aficionados del Gimnástico. En 1925,el conjunto azulgrana, obligado en su progreso como club, migró a un estadio de mayor capacidad, el de Vallejo. Encuadrado entre las calles del Convento de los Carmelitas, del Poeta Bodría, Almassora i Alboaria, Vallejo fue un auténtico referente en el ámbito deportivo de la capital hasta su derribo en 1968. Con una pista bordeando el terreno de juego y capaz de albergar 20.000 espectadores, aunque el estadio es recordado como testigo del primer ascenso del Levante a primera, lo bien cierto es que, en Vallejo, además del fútbol, se jugaron partidos de hockey sobre hierba, de balonmano a once e, incluso, se  organizó el Campeonato de España de atletismo de 1941. Versátil, a su vez, para el ciclismo en pista como velódromo, realmente, más que un campo de fútbol, Vallejo fue el auténtico estadio multiusos de la ciudad de Valencia.

Cautivos del, en ocasiones  irracional, progreso, la desaparición física de estos emblemáticos recintos debería  disociarse de su olvido en la sociedad valenciana. Quizás la simple colocación de una placa y de un mural gráfico donde se ubicaron permitiría perdurar su recuerdo. Modestos y sencillos gestos con que contribuir a la memoria del patrimonio histórico de Valencia y poder  homenajear ese orgulloso pasado de la ciudad, legado fundamental en su desarrollo futuro.