Los fantasmas (no) atacan al jefe

Topper
Thorne Smith solo vivió 42 años, pero lo hizo con tal intensidad que parecía que siempre ganaba una vida extra en el pinball del día a día. Resulta asombroso que su corta biografía diera para tanto. Y que actualmente sea poco más que un desconocido. Dilapidó una importante herencia familiar en viajes exóticos y entregándose de cabeza, y sin freno, a los placeres mundanos. Amargó su caracter siendo un asalariado en empresas de publicidad. Conoció el éxito gracias a sus novelas en las que los personajes bebían como si no hubiera un mañana, exhibían sin pudor (para la época) sus efervescentes deseos sexuales, lucían con orgullo su caracter gambitero y montaban fiestas con cualquier excusa, sin olvidar que siempre había un componente fantástico más allá de la tercera fase. Fue miembro de la mesa redonda del Hotel Algonquin y compartió amistad y cama con Dorothy Parker. Una parada cardíaca se lo llevó en 1934 cuando se encontraba de vacaciones. Como si su corazón repudiara esa palabra.

Sus libros se encuentran prácticamente descatalogados y son pasto de coleccionistas que aspiran, con sus ventas, imitar la vida disoluta del escritor. En España, solo se han traducido dos de sus obras. Ambas se publicaron el año pasado. El Nadir optó por la novela negra con “¿Se cayó…?”, mientras que Barataria cicatrizó una asignatura pendiente de nuestro país y editó “Topper y los fantasmas joviales”. Topper es, posiblemente, el protagonista que más satisfacciones (sobre todo económicas) ocasionó a Smith. Se trata de un banquero de mediana edad, cierto grosor perimetral, abocado a una vida gris y aburrida, cuya mayor satisfacción se la da su gato Ostras cuando se acurruca en sus piernas, y con un matrimonio enmohecido por los continuos problemas digestivos de su mujer y la obsesión de esta por cocinar pierna de cordero. Todo cambia en su vida cuando se compra un coche. Más que por el vehículo en sí, porque se le aparecen los fantasmas del matrimonio Kerby, crápulas cum laude.

La novela se publicó en 1926 y fue un fenómeno de ventas. Sus siguientes obras siguieron contándose por victorias. Smith vendió millones (sí, han leído bien) de copias, trabajó como dialoguista para la MGM e hizo más caja (aún) con las adaptaciones al cine y la radio de sus libros. Hoy apenas es conocido, pero sus textos llenos de borracheras infinitas, flirteos picarones (casi inocentes hoy en día), gamberrismo despendolado y fenómenos sobrenaturales arrasaban entre la gente y llenaban las estanterías de los hogares.

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Thorne Smith.

Topper fue su personaje más popular (sin olvidar su libro “The Passionate Witch” llevado al cine por René Clair como “Me casé con una bruja”, antecedente de “Embrujada”, su adaptación televisiva) y contó, incluso con una segunda parte y películas (Cary Grant participó en la primera, “Una pareja invisible”, que catapultó su carrera) y versiones para la pequeña pantalla, de las que se desentendió Smith.

No cuesta imaginar porqué “Topper y los fantasmas joviales” triunfó. Su estilo fresco y directo (que ha mantenido el tipo a pesar de los años transcurridos)  hace avanzar la narración gracias a unos diálogos llenos de combustible sarcástico. Hay momentos realmente hilarantes, en los que resulta evidente la influencia del cine cómico mudo (que vivía, por entonces su apogeo, ajeno al próximo final que se le avecinaba), con mucho gag visual, acciones trepidantes, personajes caricaturizados y travesuras por doquier. Puede que Topper sea uno de los primeros loser de la historia del humor. Esos con los que Ricky Gervais hace maravillas.

Como en todo buen texto con intención de hacer reír, aquí también hay conflicto. El protagonista se debate entre seguir perteneciendo al mundo de los bien pensantes e ir agonizando en vida o bailar alocadamente y abrazar todas las diversiones y oportunidades que le ofrece el mundo. Esa disputa interior la aprovecha el autor (insuperable el capítulo dedicado al juicio) para lanzar dardos envenenados hacia la moralidad imperante en la sociedad, ese conservadurismo rancio tan fanático de la doble decencia. Por si fuera poco transgresor para la época (fantasmas femeninos que tientan con el adulterio al protagonista), Smith lo aliña con las escandalosas actuaciones de sus seres de otros mundos. Un festival cómico-pirotécnico (al que le deben su existencia un montón de películas que después copiarían esa máxima de gente fallecida que vuelve para interactuar con sus seres queridos) que acaba transmitiendo la sensación de que un corazón que late no tienen porqué ser sinónimo de vida. Una reflexión nada superficial y necesaria, y más, si cabe, si es a golpe de carcajadas.

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