Libros

Una conversación fantasma entre Roque Larraquy y Diego Ontivero

Diego Ontivero y Roque Larraquy. Foto: Paula Solimano.
Diego Ontivero y Roque Larraquy. Foto: Paula Solimano.

A Roque Larraquy le gustan las canciones de Sumo, Joy Division, Kraftwerk o David Bowie. A Diego Ontivero las de Radiohead, Talking Heads, Roxy Music, Charly García, Virus o The Mothers of Invention. Larraquy se lo pasa en grande leyendo a Marcel Schwob, Rem Kolhaas, Swift o Macedonio Fernández. Ontivero prefiere a Roberto Arlt, Camus o Borges. A Roque le encanta el cine de Andrei Tarkovsky, Ernst Lubitsch o Lucrecia Martel. A Diego el de Fellini, Kubrick o Pasolini. Las series de televisión preferidas del primero son The Knick, Les revenants y Veep. El segundo se decanta por Twin Peaks. Si tienen que elegir un sex symbol, Arpad Miklos y Charlotte Gainsbourg son los escogidos respectivamente. A ninguno de los dos les apasiona el fútbol, pero sí el vino y el asado. Roque Larraquy es guionista, profesor y escritor (“La comemadre” fue su ópera prima). Diego Ontivero es diseñador gráfico e ilustrador. Juntos son los responsables del libro “Informe sobre ectoplasma animal” (Eterna Cadencia Editora).

TAPA EC INFORME FINALUn viaje (que tampoco es tal) por los casos más curiosos de apariciones fantasmales de animales en la Argentina (con una justificada salida a Montevideo) de la primera mitad del siglo XX. Humor y fantasía en una novela en la que las líneas que separan ciencia y literatura se entremezclan difusas como la sombra de las criaturas no-ausentes de las que habla. Texto e ilustraciones caminan por separado, pero estableciendo una relación tan sugerente como las historias que se van relatando. También comparten esa sensación de enrarecimiento que acompaña cada página del libro. Ambos son expertos en crear atmósferas que al mismo tiempo atraen e inquietan. Como la ectografía, una ciencia que a estas alturas poco importa si existió o no.

Lo que sí ocurrió fue esta charla espectral entre ambos. Su objetivo es conocer todo lo que envolvió a este fascinante informe. Que nadie piense en Roque y Diego como dos modernos cazafantasmas que beben mate. A la pregunta ¿Con el fantasma de quién os gustaría encontraros?, Larraquy responde que prefiere no toparse con ninguno. Ontivero elige el de Roberto Bolaño. ¿Para qué? “Para dar un paseo por el DF mexicano”, contesta. Acto seguido empiezan a conversar.

Roque Larraquy.- Desde el primer momento “Informe sobre ectoplasma animal” fue pensado como la unión de dos narrativas, una que corre a través de un relato que plantea una mirada positivista sobre fenómenos sobrenaturales, desprovistos por medio de esta mirada de toda alusión mística o mágica, y otra que circula a través de imágenes. La idea era mantener una cierta distancia entre la imagen y el texto, para que esas dos narrativas no se empastaran entre sí y pudieran organizarse a partir de su propia causalidad.

Diego Ontivero.- El espacio que se genera entre ambas series permite desarrollar, con la intervención del lector, un formato que se podría definir como una novela, ya que busca producir una impresión de mundo completo. Roque tenía una colección de textos sobre ectoplasmas animales, que originalmente iban acompañados por fotografías donde literalmente aparecían animales; esas primeras fotografías fueron descartadas de mutuo acuerdo, por la dependencia que establecían frente al texto. A partir de ese momento trabajé la idea de evitar una representación subordinada, a favor de una presentación donde la imagen ocurriera como un compendio de formas que en sí mismas generan sentido.

Roque.-  El tiempo del relato en diálogo con el tiempo de la imagen.

Diego.- El primer trabajo consistió en quitar de la imagen elementos que supusieran un anclaje epocal y permitieran aludir a espectros, su propia temporalidad, en contraste con un texto que se articula en torno a fechas precisas, entre los primeros años del siglo XX y la década del cincuenta.

Roque.- La única remisión gráfica a una época se encuentra en lo que Diego definió como el “color de mapoteca”, donde a partir de la desaturación de los colores se podía dar una impresión de registro histórico avejentado por el paso de los años; este “color de mapoteca” debería entrar en contradicción, sin embargo, con la evidencia y los recursos propios de una imagen producida digitalmente, a la que no consideramos como una virtualidad, sino como una materialidad. En ese pivotaje entre lo virtual y lo material se tiende un enlace hacia el texto, que presenta a los espectros como una materia que puede manipularse, alterarse e incluso producirse en escala industrial, borrando la idea de la separación entre mundos y pensando lo vivo y lo muerto como una continuidad.

Diego.- Percibimos lo vivo y lo muerto como mundos diferentes o separados entre sí en virtud de un imaginario cultural fechable bajo el amparo de un paradigma científico.

Roque.- En este sentido, la novela trabaja también la idea del declive de los discursos de la ciencia, por medio de la construcción de un aparato teórico, el de la “ectografía animal”, que rápidamente se integra al panteón de las ciencias fracasadas, junto a la frenología o el espiritismo, que no resisten el paso del siglo veinte por contener en sus postulados restos del pensamiento mágico de siglos anteriores. A pesar de este movimiento, y como efecto inesperado de la publicación del libro, muchos lectores nos preguntaron si el armado del proyecto contemplaba algún saber esotérico de nuestra parte, es decir, si el proyecto contenía alguna verdad. En este sentido, Diego, pregunto: ¿creés en la sobrevida del alma, en espectros?

Diego.-  Sólo creo en la geometría.