Nací en el Mediterráneo

Foto: Eva M. Rosúa.

Fotos: Eva M. Rosúa.

Sabir es el nombre de una antigua lengua que se habló desde el siglo XVIII hasta mitad del XIX. Era una mezcla del catalán, el griego, el árabe o el italiano y la utilizaban marineros y comerciantes en sus transacciones, en tabernas y sitios de buen beber. Era, por decirlo de alguna manera, la lengua de la gran (no) nación del Mediterráneo. Ahora, también, es el nombre de una revista que nace con el objetivo de reivindicar esa identidad con la que el popular mar baña las tierras con las que tiene contacto.

Nacida sin ánimo de lucro y tomando el litoral catalán como punto de partida (pero con la intención de expandirlo en sucesivas entregas), las 112 páginas de la publicación están impregnadas de la idiosincrasia propia del carácter mediterràneo. Desde el estupendo texto ficcionado de Joan Carbó a partir de un libro del geógrafo Pierre Deffontaines, que actúa como necesaria introducción, hasta el artículo que cierra la revista, sobre el joc de la morra como vehículo unificador de este territorio. La brisa, la calma, el sabor salado en los labios, acompañan la lectura de Sabir incluso más allá de la filiación espacial, por simple gozo lector.

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La cocina tiene un protagonismo crucial (como no podía ser de otra manera) en la revista. Carme Ruscalleda (Sant Pau), Paco Pérez (Miramar), los hermano Roca (El Celler de Can Roca) y Eduard Xatruch, Mateu Casañas y Oriol Castro (Disfrutar, Compartir) reflexionan sobre sus platos, el entorno en el que se crean y el futuro. La perseverancia de Ruscalleda por incorporar las medusas a su carta, la reivindicación (con poso histórico) del gengibre y el cilantro por parte del trío Xatruch-Casañas-Castro o el reconocimiento de la luz como una influencia creativa más, por parte de los Roca, dimensiona y expande el concepto de cocina mediterránea que en ocasiones puede parecer sujeta a patrones demasiado fijos y marcados.

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El vino también ocupa un papel importante en Sabir. De hecho, el artículo más interesante de la publicación gira en torno a él. La historia del Mas Molla y de Lluis, su propietario. Empieza armado con un rifle haciendo frente a las amenazas por no querer vender sus tierras para que una carretera las cruce y termina lamentando la normativa que le impide vender sus caldos a bares y restaurantes. En medio, un relato que es como el oxígeno de la revista. Por lo que cuenta y por cómo lo cuenta, por el escenario, por las características de la historia y por sus personajes.

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La síntesis de la publicación, la búsqueda de la identidad mediterránea, presente a través de reflexiones que pivotan sobre el gyotaku, Google Street Views, un poema de Marta Pessarrodona o las obras de Maria Yelletisch, alcanza su momento culminante con una ilustración fantástica de Konstantinos Skopas, en la que recrea una isla inexistente que le toma prestado el nombre al mar en cuestión. Podría ser, perfectamente, el editorial de la revista.

En definitiva, un número uno que promete muchas alegrías futuras en su afán por capturar y plasmar un sentimiento, una filosofía y forma de vida, que se extiende más allá de los límites del litoral. Para zambullirse en ella, basta con acercarse a alguna de las dos librerías Dadá.

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