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La gran canción americana

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El folk rock comenzó su decadencia cuando a alguien se le ocurrió aquella etiqueta de americana. Lo de country quedaba demasiado Kenny Rogers, lo de country alternativo ya olía a pasado reciente y había que guardar las formas. O vender la misma música con otra etiqueta. De aquellos polvos vinieron todos esos grupos casi clónicos de cualquier lugar del mundo, de aspecto desaliñado milimetricamente controlado, que decían conocer a Gram Parsons aunque sonaran a los peores Eagles, bucólicos hasta el bostezo, mimetizándose formalmente con la Naturaleza como los niños de una guardería el día de carnaval, sobrinos lejanos de Phoebe Buffay y que con su segundo disco tenían la necesidad de demostrar lo rockeros que eran. Toda generalización es injusta, pero si la música cotizara en una bolsa de valores hubiera sido más fácil hacerse millonario comprando acciones de The Head and the Heart que de Lambchop.

Querer ponerle los clavos al ataud de la música folk sería de una imprudencia denunciable. Ahí siguen incombustibles Iron & Wine, Sam Amidon, His Golden Messenger o Tiny Ruins por poner algunos ejemplos. Incluso la supuesta moda campestre parece haberse aminorado, aunque David Duchovny (sí, el de Expediente X y Californication) le guiñe un ojo en su primer disco publicado hace unos meses. Richmond Fontaine serían otro nombre a añadir al listado anterior, aunque ya han pasado cuatro años de su último trabajo, “The High Country”, el más sordido y tal vez el más alejado de los cánones del estilo que hablamos, prometen álbum para el 2016. Mientras espera ese día, su líder, Willy Vlautin, cambió de compañeros y bautizados como The Delines grabaron, el año pasado, el disco (“Colfax”) que necesitaba este género para sacar la cabeza del agua para algo más que tomar aire.

Vlautin ha podido canjear amigos de aventura, pero sigue empeñado en componer la gran canción americana. Ahora, además, con la voz de Amy Boone (The Damnations) ha encontrado la narradora perfecta. Es como el reverso de las historias que cuentan Richmond Fontaine. Como la versión femenina de las mismas. Eso sí, con un trazo elegante y un aroma soul que las tamiza hasta elevarlas a la exquisitez máxima. Aunque siga hablando de almas perdidas, de perdedores, de las miserias de la clase obrera, de vidas tristes que caminan a golpe de supervivencia, de un romanticismo que duele.

Como un Burt Bacharach componiendo para Dusty Springfield, Vlautin prolonga su trabajo de novelista (ya ha publicado cuatro libros, dos de ellos editados en España: “Vida de motel” y “Northline”) y narra lo que el ojo en ocasiones no ve o no quiere ver. Con los gramos necesarios de misterio y melancolía, con la pausa que otorga la noche para escuchar, con el estrecho límite que separa la cochambre de lo bohemio. Y todo, inexplicablemente, rozando la belleza perfecta. Ni Tom Waits toca el piano, ni Hope Sandoval se pone frente al micro. Aunque podrían hacerlo. Son Sean Oldham (Richmond Fontaine); Jenny Conlee, de The Decemberists (está previsto que le sustituya Cory Gray, de The Dandy Warhols, en la gira española) y Tucker Jackson (The Minus 5) los que acompañan a Vlautin y Boone en este viaje en el que no es por casualidad que versioneen un tema de Randy Newman. No, si al final, habrá que comprar acciones de Kurt Wagner y compañía.