
Cuatro días, cuatro noches regresa del 23 al 26 de abril con una mirada generacional inspirada en el universo de Chéjov y una experiencia escénica con maridaje gastronómico.
La Sala Russafa acoge del 23 al 26 de abril Cuatro días, cuatro noches, una propuesta de la compañía La Portuaria que cierra el mini ciclo ‘Vincles’, centrado en relatos escénicos sobre el impacto emocional de la pérdida en la mediana edad. La pieza, definida como una ‘dramedia’, forma parte además del VII Festival de Arte y Gastronomía FestIn, incorporando una experiencia gastro-escénica en colaboración con la cervecera artesanal Olhpös.
Firmada y dirigida por Víctor Sánchez Rodríguez, la obra obtuvo el reconocimiento a Mejor Espectáculo en la Mostra de Teatre d’Alcoi 2025 y se enmarca en una línea de investigación dramática donde el autor revisita el legado de Chéjov para trasladarlo a conflictos contemporáneos. En este caso, el foco se sitúa en una generación cercana a los 40 años que cuestiona sus vínculos, su energía vital y las expectativas de futuro.

La acción se desarrolla en un hotel de costa en temporada baja, donde tres hermanas se reencuentran tras la muerte de su padre. Incapaces de viajar a Valparaíso —la ciudad chilena donde él fue feliz— para cumplir su última voluntad, intentan reconstruir su propio sentido de felicidad en un entorno marcado por la decadencia turística, el calor persistente y el peso de las decisiones no tomadas.
El montaje ya se presentó en 2024 en el marco de Russafa Escènica y regresa ahora con una nueva lectura, más cercana a la experiencia vital de su creador. “Es una época en la que se hace más presente que llegará un momento en el que mueras y comienzas a valorar la energía”, explica Víctor Sánchez Rodríguez, quien subraya la necesidad de establecer límites y priorizar aquello que realmente impulsa la vida personal y creativa.
El interés por el universo chejoviano atraviesa la pieza, no como adaptación directa, sino como referencia estructural y temática. La influencia de Las tres hermanas es evidente en la construcción de los personajes y en el deseo de un destino idealizado —aquí Valparaíso en lugar de Moscú—, aunque la trama se articula desde problemáticas actuales como la precariedad laboral, el acceso a la vivienda o la frustración ante proyectos vitales no cumplidos.
En escena, Gloria March interpreta a una actriz cuya carrera se ha ido diluyendo tras un inicio prometedor; María Maroto encarna a una viuda vinculada al legado de su marido poeta; y Toni Agustí (sustituido el 25 de abril por Jorge Valle) da vida a la hermana menor, que ha abandonado sus aspiraciones medioambientales. Entre conversaciones, relaciones fugaces y espacios vacíos, las protagonistas intentan redefinir su relación y afrontar la pérdida de lo que alguna vez imaginaron como su futuro.
«Me dan mucha ternura porque hacen lo que pueden, tenían unos planes que no han salido», apunta Víctor Sánchez Rodríguez, quien insiste en que la vida no responde únicamente a la voluntad individual. Su trabajo continúa explorando el legado de Chéjov como una vía para abordar inquietudes contemporáneas, un proceso que ya ha tenido continuidad en su reciente estreno El Aguante, con ecos de La gaviota.
La programación de Sala Russafa apuesta así por una propuesta que combina reflexión y humor para retratar el desencanto y la búsqueda de sentido en una generación marcada por la incertidumbre, sin renunciar a una puesta en escena cercana y emocionalmente reconocible.










