Laura Fernández. Foto: Noemí Elías.

Ya lo dijimos una vez y ahora lo actualizamos: ¿Cómo escribe Laura Fernández (Terrassa, 1981)? Imaginad que esto es la lista de la compra y apuntad: 150 gramos de cultura pop, 250 de ciencia ficción real, 150 de humor absurdo, otros 150 de narración visual casi cinematográfica, 450 de personajes con vidas delirantes y una puntita de diálogos no aptos para corazones con taquicardia. Sazonad todo con unas cuantas mayúsculas y listo.

Su libro La señora Potter no es exactamente Santa Claus fue uno de los títulos de 2021 para lectores y crítica. Con él ganó el Premio Las Librerías Recomiendan (en el apartado de ficción) o el Ojo Crítico. Dos años después tiene nuevo volumen, Damas, caballeros y planetas. Diecisiete cuentos escritos entre 2009 y 2023, que se desarrollan en el planeta Rethrick, todos con sus respectivas intros, además de un prólogo y un epílogo. Más de 400 páginas de Laura Fernández en estado puro listas para el disfrute.

Participaste en la primera, y única, edición de nuestro Incultura Fest en 2016. Tu última novela hasta entonces era La chica zombie (2013). ¿Cómo ha cambiado la Laura Fernández escritora desde entonces?

Ha cambiado poco, pero aprendió mucho en el proceso de la escritura de Connerland (2017) y, sobre, todo, de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021). He aprendido muchísimo sobre mí misma, he aprendido a controlar un poco el poder que tienes al escribir, todo eso que te sale de dentro. Entonces era todo más tentativo y ahora tengo la sensación de que lo controlo ligeramente, aunque nunca del todo.

Y también ha cambiado la idea de que he sido vista, vosotros me visteis antes que nadie, pero yo no era vista, estaba ahí como al fondo de la clase, o casi invisible, una especie de cosa fantasma que estaba escribiendo en mi casa (ríe) y publicando libros que leían unos pocos, siempre muy apasionadamente eso sí. De repente ha pasado La señora Potter que me ha cambiado la vida literalmente. Ahora soy escritora para los demás, yo llevo siéndolo para mí desde niña, pero la gente ahora me trata como escritora, me toman en serio, hay un respeto increíble por lo que hago. Y no tengo la sensación de haber hecho nada distinto, sí algo más grande porque realmente La señora Potter me destruyó un poco y a la vez me creó de una forma distinta, pero realmente ha sido seguir más allá en el camino.

Me gusta algo que dijo David Bowie, y que aparece en el documental Moonage Daydream (Brett Morgen, 2022), de que el artista siempre debe ir todo el rato donde no toca pie, que ese es el buen camino para que lo que haga tenga un valor no solo para él, sino para el universo. Me parece increíble, no escribas o no hagas nada si no vas a aportar algo nuevo al universo, me parece genial. Y tengo la sensación de que siempre he ido hacia allá porque a mí me interesa, me apasiona y me divierte hacerlo, pero no me veía nadie. En ese camino de ir hacia allá llegué a La señora Potter, por en medio me autodestruí y me recreé y, de repente, fui vista.

Con Damas, caballeros y planetas es la primera vez que tengo la sensación de que es un libro deseado, y no solo por mí, sino por alguien más. Cuando me llegaron a casa los ejemplares fue una sensación muy distinta a las otras veces, entonces era algo como muy íntimo, al tener pocos lectores pensaba que lo disfrutábamos cinco y ahí había toda una maquinaria generándolos, con árboles muriendo por mi culpa (ríe). Y, ahora, este libro, al menos los lectores a los que les gustó La señora Potter lo esperan. Ya son muchos más, me siento justificada, existo como escritora, soy vista. El mundo se ha vuelto un poco más amable a mi condición de escritora, antes era infinitamente más hostil o solitario.

Así que respondiendo a tu pregunta, me siento, a diferencia de entonces, comprendida o menos fuera de lugar… que siempre voy a estar fuera de lugar (ríe), pero menos que antes. O por lo menos aceptada. Que sé que me ven como esa persona es rara, que está ahí haciendo sus cosas, que cada cinco años va a sacar un novelazo de estos que no saben por dónde voy a salir, pero estoy ahí, existo. 

Y ese saber que ahora hay más lectores esperando, ¿te afecta a la hora de escribir?

Nada. Soy mi primera y única lectora. Que luego haya más gente me hace muy extremadamente feliz y a la vez no me lo creo. Cuando vienen a que les firme el libro, siempre me pongo de pie y me presento, me llamo Laura (ríe), porque para mí es una sensación irreal. Que la gente venga, que te diga que ha leído el libro en voz alta, que cantaban los diálogos… pero les entiendo porque a mí también me gusta (ríe). Me lo he pasado muy bien escribiéndolo y me alegra que alguien se lo haya pasado también muy bien leyéndolo. Pero a mí lo que la gente piensa me da igual porque la importante soy yo, me tiene que gustar a mí. Soy hiperexigente con todo lo que escribo y por eso las cosas funcionan en el submundo propio que tiene lo que hago, funciona porque creo en ello, con fervor, desde el principio, pero sobre todo porque soy mi propia lectora. Yo misma estoy deseando ponerme a escribir para ver qué pasa. Eso para mí no se va a acabar nunca, me da igual lo que pase fuera. Ahora estoy haciendo una novela infinitamente más rara, una cosa con narrador dupla, muy muy rara, pero a mí me apasiona. Luego la gente viene a las charlas y me pregunta si no podía haber escrito la novela normal. No, no la podía haber escrito normal, ya hay muchas novelas normales (ríe)

Me hace feliz que haya lectores porque también me permite ganar un poco de dinero y poder dedicarme más a escribir que al periodismo, pero para mí es sagrada la literatura, tiene un nivel sacramental, que solo depende de mí y la voy a hacer para mí. Tengo una vida muy muy normal. Vivo en un pueblo, con los niños, mi vida de civil es como la de cualquiera. No me cambia para nada el hecho de que haya lectores, me hace feliz que me lean, claro, o ir a las presentaciones y que haya gente, porque siempre espero tres personas y luego de repente hay sesenta.

Y el hecho de que tengas ahora más lectores por el éxito de La señora Potter no es exactamente Santa Claus y de que la próxima novela aún tardes en acabarla, ¿crees que tiene algo que ver con que la editorial haya querido publicar este libro de cuentos?

Lo tiene, esto es así. La editorial, enseguida, cuando vio el éxito de La señora Potter me preguntó por la novela nueva. Les dije que iba a ser más larga, como de mil páginas e infinitamente mucho más compleja, y que necesitaba, y necesito, leer muchos libros, así que un mínimo de seis años hasta que la tenga. Se quedaron helados (ríe).

No creo que la gente necesite una novela de estas cada dos años. Primero porque yo no puedo, no tengo tiempo, tengo que trabajar. Y luego que la gente no lo puede asumir. Entonces les dije que tenía un montón de cuentos y las novelas antiguas libres de derechos. Reeditaron estas en bolsillo y les envié los relatos. Cuando leyeron que eran todos de marcianos pues claro (ríe)… Pero esto es lo que hago, vengo de aquí y estos son mis cuentos.

Tenía algún cuento escrito desde hacía casi quince años, la nouvelle con la que se abre el libro (El mundo se acaba pero Floyd Tibbts no pierde su trabajo) la empecé durante la pandemia pero como estaba escribiendo La señora Potter la dejé, había empezado hace tiempo el último (Sandy McGill nunca ha viajado a otro planeta) y tenía un montón más, de hecho no están todos. Hay tres que no incluí, podían haber entrado perfectamente, pero algunos sí que hablaban de lugares reales y prefería que todos ocurrieran en Rethrick. 

¿Has revisado o reescrito alguno de ellos?

No hay ningún cambio, están todos exactamente igual que estuvieron su momento, no he cambiado ni una línea. Ni los volví a leer. Los he leído ya publicados.

¿Cómo surgió la idea de incluir una intro de cada uno de ellos?

Les dije a la editorial que me gustaría hacer lo que hace siempre Stephen King. Antes de cada cuento explicar por qué lo escribió y qué pasa en él y eso unirlo con lo que hizo Lucia Berlin al final de su vida de explicarse a sí misma, el por qué cree que ha escrito ese cuento o más bien qué le intenta decir el cuento. Esto es algo muy de género, Philip K. Dick también lo hacía. En la ciencia ficción y en el terror es muy normal que el escritor al inicio o al final explique por qué ese cuento. En la editorial no lo entendían, estaban como asustados, entonces les lleve libros de Stephen King para que vieran que él lo hacía y les encantó. Y con estas intro el libro ha ascendido en algún nivel.

También pensé que ahora que me enfocan, que alguien me está mirando, quería decir lo que pienso de la literatura española y de la literatura como algo que crece, no como algo que aparece, me salió como muy de dentro, tenía que haber un cierre de agradecimiento a toda esta gente que me ha pedido los cuentos y que no existirían sin ellos, yo misma no existiría como escritora de cuentos, e hice un epílogo que se acabó convirtiendo casi en un manifiesto.

En el libro acaban conviviendo la ficción y lo autobiográfico.

Es un libro divertido de cuentos, pero a la vez tiene autobiografía, y a la vez es un poco Mientras escribo, de Stephen King, porque explico cómo se me ocurren los cuentos, que no lo he sabido hasta que me he puesto a pensar cómo lo hago (ríe). Me ha servido también para ver qué diferencia hay para mí entre un cuento y una novela.

Ha acabado siendo un Cómo se hizo Laura Fernández en general. Desde el inicio, desde lo de la máquina de escribir que me dejaban en el colegio porque hacía mecanografía en el comedor y nos la llevamos a casa para practicar y la devolvíamos, se acaba convirtiendo en una construcción de mi personaje como escritora, también de los cuentos. Es algo muy norteamericano, que aquí no se estira para nada, el escritor no se cuenta a sí mismo como una historia también, es algo que envidio de los americanos y que lo vivo así. Muchas veces me compro los libros de cuentos de Stephen King más para leer lo que cuenta de cada cuento que por el cuento en sí, que a veces están bien, pero otras no (ríe). Pero eso que cuenta antes de cada cuento siempre es tan nutritivo… poder ver cómo le funciona la cabeza. Mariana Enríquez es otra autora que también lo explica todo. Es increíble cómo les funciona la cabeza.

¿En esas intros reconoces a la Laura Fernández periodista?

Sí y no. Hay otra voz en esas intros porque es un yo distinto. En el periodismo no acostumbro a utilizar el yo casi nunca, cuando hago la columna de Quemar después de leer lo hago a veces, pero no me gusta.

Me refería más al hecho de ir citando a otros autores.

No, en eso no, ahí es la Laura lectora apasionada confesional. Estoy confesando toda la verdad y nada más que la verdad. Cuando digo que llevo toda la vida queriendo escribir ¡Noticia bomba! (Evelyn Waugh) es que es verdad, desde que lo leí. Igual que cuando leí Dios le bendiga, Mr. Rosewater (Kurt Vonnegut) pensé que ese libro lo tenía que reescribir y hacerlo a mi manera. Hago esas cosas todo el rato con los libros y me los guardo en algún lugar para reescribirlos de otra manera, tengo que encontrar una puerta para entrar, pero sé que voy a hacer ese libro. Luego no se ve si no lo digo, nadie lo nota.

Por eso digo que es la Laura lectora apasionada confesional , no es periodismo, es otra cosa porque normalmente esos libros nunca los he leído por trabajo, los que menciono son como amigos, no son de trabajo. 

Es habitual que para definir algunos rasgos de las obras de escritores/as se recurra a decir que tienen un universo literario propio. En tu caso también ocurre, pero además tienes otros universos más allá de los libros, aquellos en los que suceden las historias. De hecho, dedicas el libro a tu familia terrícola, dando a entender que hay otra…

(Ríe) La otra familia es claramente toda esa gente que hay en el libro, la gente que he creado en algún momento de mi vida.

¿Y cómo consigues no perderte en esos otros universos tan poblados? ¿Haces fichas, esquemas…?

No, no hago nada, soy muy caótica y siempre llevo una libreta o dos encima. Cuando se me ocurre algo lo apunto en ellas, luego en casa no la encuentro, me enfado muchísimo, intento recordar y al final es todo muy intuitivo, son retazos de cosas que recuerdo. 

Cuando voy a crear, por ejemplo, un lugar en el que va a suceder una historia y sé que ya lo creé, lo busco y lo pongo otra vez. Y con los personajes pasa igual. Busco cómo era la persona, pero hay muchas cosas que he olvidado Por ejemplo, leyendo el cuento Recuerda que eres una Womble me di cuenta que en la primera página digo que Stevie Womble es, probablemente, hija de Robbie Stamp y pensé ¡qué dices! ¡esto cuando lo escrito yo! ¿por qué? (ríe) A partir de eso se me ocurrieron tres cuentos sobre ella.

Es muy bonito lo que me hago a mí misma en lo que escribo porque me lanzo tantas ideas para continuar que es como que quiero que no se acabe nunca ese otro mundo. En cada cuento hay tantos tantos cabos sueltos que esto no se va a acabar nunca, eso es supervitalista, es como enfrentarte a la muerte cada día porque esto no se va a acabar, voy a poder seguir contando esto siempre, es como lanzarme salvavidas de veinte en veinte al mar. Es algo bonito como digo, pero que he visto después.

Me volvería loca si solo tuviera que vivir una vida, necesito tener muchas vidas a la vez y que todas sean divertidas, que se aligeren de la carga de la vida real, que tengan ese toque como absurdo visto desde fuera para que la vida real no imponga su peso. La vida real pesa mucho y la vida ficticia es ligera porque puede ser cualquier cosa, no es algo impuesto, es algo que inventas todo el rato 

Aún así no tienes bastante solo con vivir esas otras vidas. Escribes en la intro de La señorita Slope no ha muerto: “A veces ocurre que los protagonistas de mis novelas escriben novelas que yo querría haber escrito” y va y la escribes.

Les doy títulos a las novelas que escriben y me encantan y pienso, joder, vaya título, ¿no?, qué novela hay ahí dentro, de qué irá. Hay novelas, por ejemplo, Paraíso 23, de Robbie Stamp de las que habló desde La chica zombie, no sabía esa novela de qué iba y en Damas, caballeros y planetas hay un relato en el que cuento de qué va, me va bien para ese relato, entonces ya se ha quedado con ese argumento… y pienso que yo si pudiera escribir eso… (ríe) es que todavía es más loco, una novela que ha escrito un personaje mío es aún más loca que la que puedo escribir yo. Javier Calvo me decía que habría que crear como lo que se hizo de Lovecraft, que un montón de escritores hicieran cuentos de Rethrick con seudónimos para que eso creciera.

En tus historias da la sensación de que todo es posible, pero al mismo tiempo que no, que hay alguien que no permite que se acabe descontrolando todo hasta un punto en que el lector se pierda definitivamente y se vea expulsado de la trama.

En el caso del cuento es más controlable, porque veo más o menos lo que hay al otro lado, veo la otra orilla, entonces voy en una dirección. Me ha enseñado mucho Stephen King. La idea de la trama para mí es algo sagrado y la construyo de forma inconsciente, la necesito. La trama es como un andamio en el que avanza, es la que pone límites a los personajes, pero es un límite muy laxo, porque la trama depende del personaje. Me he dado cuenta que lo que creo son personajes muy coherentes, que quieren algo dentro del cuento, van a buscarlo y les surge un impedimento. Pero todo esto lo creo de forma orgánica, el personaje me surge y ya quiere algo, es como si estuviera ahí dentro y quiere algo y no lo va a conseguir por algún motivo. El mundo que creo para ellos está cerrado en realidad, es un mundo parecido al nuestro, tiene un límite concreto y el personaje es muy libre dentro de ese límite y todo lo que puede pasar a su alrededor, que hablen un maletín, un edificio o su intercomunicador espacial, por poner algún ejemplo, le dan pistas. Le están dando pistas, o le están limitando, o le están haciendo la vida más divertida o más absurda, pero hay una dirección en el cuento. Siempre hay una trama y ese es el límite que tiene la historia y, en realidad, es lo que quiero decir.

En este libro, como digo en el prólogo, a la vez soy trama y personaje porque en el fondo la trama es algo que me estoy intentando decir a mí sin darme cuenta. Muchas veces cojo, como explico en la intro de El redactor estrella de Rocketbol Amazing Times, una estructura ya hecha como, en este caso, la de Que no muera la aspidistra, de George Orwell. Es, simplemente, colocar a un escritor en una pensión triste y preguntarse por qué está triste. Me voy haciendo preguntas, las preguntas se responden y el mundo va apareciendo alrededor del personaje. Pero lo que aparece primero siempre es el personaje y luego ya vienen los problemas a los que se va enfrentando y la trama se va construyendo sola porque tengo el arquetipo, sin saber cómo, supongo que a base de leer y leer muchísimo y leer cosas muy bien estructuradas como las novelas de Stephen King, con muy buenos personajes, que te crea una sensación de control del propio cuento. No hay un pensamiento previo nunca pero lo hay en el fondo, es pura inconsciencia.

Mientras estoy escribiendo el cuento me doy cuenta de qué es lo que va a pasar porque lo que necesito es eso. Cuando lo empiezo lo empiezo gustosamente, por ejemplo, está en tal sitio, va a la pensión para fantasmas, ¿qué va a hacer?, llama al periódico porque se acaba de morir y quiere seguir trabajando. Entonces a partir de ahí es ¡hala!, ¿qué pasa cuando un tío quiere seguir trabajando después de muerto? Pues que los otros dicen «¡joder y nosotros ahora qué!, si él va a ser el redactor estrella ¿nosotros qué vamos a hacer, vamos a seguir para siempre así?». Y esto me viene, y me di cuenta porque me lo dijo alguien desde fuera, por la precariedad en el mundo periodístico real.

Siempre hay algo que me quiero decir, el cuento siempre nace de una necesidad imperiosa de ordenar algo que no está bien. Es muy raro, parece muy metafísico, pero es la verdad, no hay un pensamiento consciente en mí nunca. Por eso no tengo miedo a la página en blanco, para mí la página en blanco es allá-que-voy, no sé a dónde, pero voy. No es que me siento a escribir y quiera hacer algo, no, nunca.

¿Y esos personajes con nombres tan fascinantes son bautizados antes de que sepas cómo son y quiénes son?

Siempre estoy recopilando, en varias libretas, nombres raros y los mezclo. A veces pongo un nombre con otro apellido, otras pongo tres, o añado guiones… El nombre para mí es superimportante, del nombre nace el personaje.

Floyd Tibbts es un nombre cómico ridículo, no necesitaba un tercer nombre, a mí me genera ridiculez, absurdez, pequeñez… que le llamen Floydito. En cambio los hijos tienen esos nombres, Carstairs y Atticus, como mucho más autoritarios que el propio padre, ya ves que los niños van a ocupar más espacio en la vida de la familia que el padre. 

Hace poco entrevisté a Edward Carey, el autor de Trilogía Iremonger. Los secretos de Heap House, y me dijo que él necesita crear al personaje. Él dibuja muy bien, todos los dibujos de sus libros son suyos, y necesita hacer cuadros con sus personajes, me los enseñó. Tiene toda la pared llena de ellos, mientras está escribiendo ve los cuadros de todos los personajes. A veces, incluso, los esculpe en madera, en esculturas. Dice que necesita sacarlos fuera y a mí me pasa igual con el nombre. Una vez tengo el nombre, el personaje ya existe, ya va solo, ya me dice cosas, ya sé cómo se comporta, ya lo veo entrar a una habitación y cómo hace las cosas, no importa tanto el aspecto físico como el nombre.

Y ocurre lo mismo con los títulos. ¿Necesitas tenerlo antes de escribir un cuento o una novela? 

Los títulos aparecen, también, muchas veces antes que nada, sobre todo los de los cuentos. El título, casi siempre, es una pregunta. Directa en algunos casos como ¿Por qué, por todos los dioses galácticos, tenía que ser ELLA? En otros como El mundo se acaba pero Floyd Tibbts no pierde su trabajo también hay una pregunta para mí, ¿por qué no pierde su trabajo? Yo misma cuando me puse a escribir el cuento me pregunté por qué no lo pierde, entonces ya me tengo que responder. O en Sandy McGill nunca ha viajado a otro planeta, ¿por qué no ha viajado a otro planeta?. O La señora Potter no es exactamente Santa Claus, ¿por qué no es exactamente Santa Claus? Siempre hay una afirmación y una rebeldía contra la afirmación, el saber por qué esto es así, cuéntame. Para el lector es una invitación a la lectura, un enigma.

El título de la colección de cuentos, no se ha percatado nadie aún, es el título de un capítulo de mi novela Bienvenidos a Welcome (2008) que se llamaba así, Damas, caballeros y planetas, y me gusta porque no deja de ser algo que está dentro ya de la propia ficción y está en el principio de todo.

Los cuentos se engloban en un periodo muy amplio, entre 2009 y 2023, algunos de ellos fueron encargos, pero (y más allá evidentemente de sus interconexiones y de que sucedan en Rethrick) guardan una coherencia total.

Como he dicho antes, no los he revisado. Están tal cual porque los cuentos no son míos, son de la persona que los hizo entonces, que era otra yo, era alguien que no sabía un montón de cosas, que había leído solo unos libros concretos y todavía no otros. Intervenirlos es sacrificarlos para mí, no serían los mismos, no tendrían sentido como cuentos. A mí me gusta mucho leer todo de un escritor, hago mucha arqueología de los escritores, creo que el escritor aprende ante el lector, va creciendo y va ampliando lecturas y va ampliando universos y va volviéndose más barroco o menos, más denso, más complejo, a medida que avanzan sus lecturas y en su vida. Sacrificar la espontaneidad, o incluso los errores o los aciertos iniciales, es matarlo de alguna forma. Ahora mismo puede que sea imperfecto, pero entonces era perfecto. Para mí, el primer cuento que escribí era perfecto en el momento que lo acabe, si cambiara algo estaría traicionando a la persona que decidió que ese cuento merecía ser publicado.

Entonces esa coherencia que dices es porque soy yo todo el rato, son mis intereses. Al final uno tiene que ser muy honesto y sincero consigo mismo y si lo eres todo el rato no puedes no ser coherente porque eres tú, no estás pretendiendo nada, eso es lo que eres desde el principio.

¿Y ese aprendizaje, crecimiento y avance por el que dices que pasa el escritor se percibe en esta colección de cuentos?

Sí, sí que se ve el cambio. Lees El mundo se acaba pero Floyd Tibbts no pierde su trabajo o Sandy McGill nunca ha viajado a otro planeta y ves cómo ha pasado La señora Potter, la ves pasar (ríe), dices aquí pasó algo, entre este cuento y el otro ha pasado alguna cosa, las frases son más largas, hay menos espontaneidad, hay más sensación de estar en una especie de mantra, el humor está igual, pero el trance es distinto. Y está bien que se vea que es distinto. Por eso están desordenados para que los cuentos en sí mismos sean comprendidos. El primer cuento que escribí está como muy al final para que llegues después de haber leído mucho, está muy protegido, está como entre los guapos de la clase, allí al final del patio, a este no le puedes pegar porque es pequeño, pero no te metas con él, todos estos le quieren igual, quiérelo tú también (ríe). Los cuentos en sí mismos son como pequeños planetas, que necesitan protección de los demás. Tengo un problema con las cosas, hago como si tuvieran vida hasta los cuentos (ríe), hay un problema mental, pero está bien, funciona, para mí me va bien, es muy raro, pero no me importa (ríe).

En la intro del cuento ¿Por qué, por todos los dioses galácticos, tenía que ser ELLA? cuentas que se trata del «big bang del planeta Rethrick» y de tu propia condición de escritora de cuentos, pero a su vez es un relato que fue rechazado por Alpha Decay (de hecho no te contestaron siquiera). No es el único hecho particular en tu carrera. Por ejemplo, a tu primera novela Dos y dos son cinco (2006), firmada como Laura Malasaña, la editorial (Barataria) le amputó un capítulo porque era demasiado larga. O conociste el éxito con tu séptimo libro, La señora Potter no es exactamente Santa Claus de más de 600 páginas. Son de esas cosas que, perfectamente, podrían pasarle a tus personajes. 

Creo que la vida la moldeas tú también. Si la vives como si estuvieras en algún tipo de escenario y tomando decisiones por ti misma, sin depender tanto de lo que pueda pasar como de lo que tú creas que tiene que pasar o que va a acabar pasando, al final condicionas lo que te pasa. No es nada holístico, creo que es real. Si vives la vida como si fueras un personaje te acabas convirtiendo en una especie de personaje. O quizás es que a todos nos pasan cosas de personajes de mis novelas, pero decidimos no prestarle la atención central que le prestarías si fuera yo. A todo el mundo nos pasan constantemente cosas absurdas porque el ser humano es absurdo, y maravilloso por eso, pero no ponemos ahí el foco. Me acuerdo cuando leí Pregúntale al polvo (John Fante) y me encontré conmigo misma allí en Arturo Bandini, y pensé «dios mío, esta persona he sido yo toda mi vida», dije «claro, es que la vida la puedes vivir así». La puedes vivir como comedia o como tragedia y ¿por qué elegimos siempre la tragedia? ¿Por qué no elegimos la comedia? La vida no va a dejar de ser dolorosa porque elijas la tragedia, va a serlo aún más, y va a ser además aburrida. Si eliges la comedia, será dolorosa igual, pero al menos en los ratos en los que puedas te vas a divertir

Con La señora Potter me preguntaban mucho si no me gustaba la realidad. Yo les decía que la realidad es aburrida, y ahora me he dado cuenta por qué y es que es algo que nos imponen. La realidad es algo impuesto, es una convención social, la humanidad la ha escrito para todos, con un montón de cosas que se han decidido así cuando en realidad ahora mismo estamos en un planeta que da vueltas por el espacio, el único habitado en toda la galaxia, estamos en el vacío sideral y todo eso decidimos obviarlo, olvidarlo y nos centramos en la última serie de Netflix o en cosas aún peores o en lo que hizo la vecina ayer, porque tenemos mucho miedo de pensar que no somos nada en realidad, que  estamos en mitad de la galaxia, que no tenemos ninguna explicación por más que intentemos darla. 

Decía Ursula Klein que los escritores de ciencia ficción eran realistas de una realidad más amplia. Estoy completamente de acuerdo, no más amplia, sino de una realidad real. Al final la vida es más una novela de ciencia ficción que una realista, pero la realidad es un manto que hemos puesto sobre ella y hemos decidido que sea aburrido y triste y lleno de señores que hacen guerras inexplicables y que no entienden que están en un planeta que nada importa nada, que nada es suyo en realidad. Hay un montón de cosas que cambiarían si viviéramos la vida de forma real de verdad, no importamos nada.

Y si vives la vida así, si señalas las cosas que te pasan como las que a ti te importan, te puedes acabar convirtiendo en algo muy parecido a lo que quieres, a lo que aspiras en tus libros, a ser el personaje al que le pasan cosas absurdas. O quizá en mis libros pasan cosas absurdas, porque a mí me han pasado toda mi vida o las he visto y a lo mejor la gente no las ve, porque yo creo que nos pasa a todos.