Me llamo Susana Monteagudo y tengo múltiples facetas laborales. Soy la chapucillas que lo mismo te escribe un libro, te hace una visita guiada en un museo, te monta un makerspace, te diseña una web o te maqueta una revista. Soy periodista de formación y curiosa de nacimiento. De pequeña prefería estar con los mayores y hablar de Rumasa. Ya entonces me gustaba mucho leer y los videojuegos. Luego me atrajo la música. Después la mediación cultural. Mi madre siempre me dijo que tenía vocación para la educación pero yo debía ser un poco tonta y no le hice caso. Luego ya sí. Ahora trabajo en la didáctica de la Fundación Bancaja. Durante quince años formé parte de la coordinación de Mondo Sonoro Comunitat Valenciana y he trabajado como directora de arte de algunas editoriales locales. Soy autora de seis libros y de otro en camino. La informática no se me da mal. Hago todas estas cosas para pagar autónomos y sobrevivir, no os creáis. Pero si dijera que no disfruto, mentiría.

 

Un disco: ¡Vaya trampa para una melómana! ¿Cómo decidirse? ¿Un clásico tipo At Last, de Etta James? ¿Uno de esos que marcaron mi juventud como Dog Man Star, de Suede? ¿Me hago la cultureta con Preisner’s Music, de Zbigniew Preisner? Mejor elijo uno que estoy disfrutando últimamente, Tragedia Española, de Confeti de Odio, así, sin pretensiones.

Una película: Si me pongo trascendental, Stromboli, pero en este momento apuesto por el cine amable, ni que pintado dada la situación actual, y me quedo con Todos Dicen I Love You. Soy amante de los musicales desde la infancia. Creo que la culpa es de La Bruja Novata (con la fabulosa Angela Lansbury) y de aquellas sesiones de tarde y fantasía en Televisión Española con Un americano en París, Cantando bajo la lluvia, My Fair Lady, Mary Poppins o West Side Story. Por comparación, la vida puede resultar un tanto gris, por eso voy a todas partes con auriculares.

Un montaje escénico: No soy muy de escénicas, la verdad. Con un presupuesto limitado, a la hora de gastar en ocio tengo otras preferencias. Me gusta la comedia y el mimo. Recuerdo especialmente lo mucho que me impactó ver Mediterrània, de Els Comediants, en el Principal cuando tenía dieciséis años.

Una exposición: No creo que vuelva a ver una exposición como El Greco to Picasso. Time, truth and history, en el Guggenheim de Nueva York en 2006. Ni por selección de obras ni por significación. La labor del comisionariado, excelente. La muestra estaba organizada por ejes temáticos y motivos, lo que permitía trazar conexiones y constatar herencias entre artistas de distintas épocas. Entrar por primera vez a ese icónico museo y ver aquellas joyas de nuestra pintura fue absolutamente memorable, muy Síndrome de Stendhal, vaya.

Un libro: Kafka en la orilla, de Murakami. De los últimos que he leído, Porque ya no queda tiempo, de Rafa Cervera es maravilloso. De los clásicos, me quedo con A Sangre Fría, de Truman Capote o Las uvas de la ira, de John Steinbeck por enfoque y valores con los que me identifico.

Una serie: The IT Crowd, sintonizo con el humor británico y tiene momentos gloriosos, como los tenía Bottom o Red Dwarf. Pero reconozco que no soy especialmente seriéfila. No, al menos, al nivel actual. Desconecto de las conversaciones al respeto y desde que el tema las copa prácticamente todas, me siento asocial. Parece que no se hable de otra cosa. No es que vaya yo de “especialita”, es que me cuesta engancharme a una serie por escasez de tiempo. Prefiero ver una película o un documental, que empieza y acaba en dos horas a lo sumo. En los noventa, cuando vivía ociosamente, sí estuve enganchada a Cheers, Seinfeld, Doctor en Alaska, Frasier, Las Chicas de Oro…

¿Quién te gustaría que te hiciera un retrato? Me gustaría ser una de las damas poderosas que Tamara de Lempicka retrató en los años veinte (los buenos) o convertirme en una de las niñas del grafitti colorista de Julieta XLF.

Una app: Uf… Soy un poco disidente e intento usar alternativas descentralizadas. Lo cual me trae infinidad de problemas, ja ja… Mi teléfono es un sistema libre, sin Google Services, así que el mundo de las aplicaciones no lo tengo muy controlado. Tampoco vayáis a pensar que no uso Facebook, Instagram o Whatsapp… vivo en una contradicción constante, lo admito. Me encantaría que un día diéramos un salto a redes más honestas que no vivan de vender nuestros datos. De momento es una utopía.

Una comida: Cualquier plato de cuchara hecho con cariño o unas buenas bravas, pero sin ingredientes de origen animal.

Un bar de Valencia: La Tavernaire y, por supuesto, sus bravas.

Una calle de Valencia: La calle más bonita de Valencia es la de La Paz, pero yo tengo fijación con un pedacito de la Calle Astilleros, al lado del mar, que tiene unas casas adosadas de principios del s.XX, no especialmente ostentosas, pero que me dan mucha envidia.

Un lugar de València que ya no exista: Las dunas de la Playa de la Malvarrosa. Mi madre, mis hermanos, mi tía Maruchi, mis primos y yo nos juntábamos cada tarde de verano en esa playa. Éramos mínimo diez si no se unían otros familiares, lo que sucedía a menudo. Aquello siempre era una fiesta ¡y también una riña constante!. Nada como el veraneo humilde y complaciente. No necesitábamos más. Muchos de mis recuerdos transcurren en ese escenario: mi tía haciendo el pino, la interminable hora de la digestión, el sagrado polo de limón de mi madre, el vendedor de papas y, con suerte, una partida en los futbolines o el billar del merendero. Los días que hacía aire, nos refugiábamos tras las dunas. Me da pena que se haya perdido todo eso.

¿Con quién te tomarías un vermut? Ahora mismo con Fran Lebowitz. Y si no estuviera muerto, con James “The Amazing” Randi. Ambos desbordan inteligencia, honestidad e ironía. Pero necesitaría mínimo un par de vermuts para no resultar demasiado tímida. No soy especialmente dicharachera en una primera cita.