Los días difíciles

Dibujo: Eva M. Rosúa.

Dibujo: Eva M. Rosúa.

A los éxitos de un colectivo deportivo, como contrapartida, siempre le acompaña el ingrato sabor de la decepción sufrida al no haber conseguido el objetivo previsto, y  tanto más lo es si esta viene acompañada de una frustración con tildes de mala suerte o injusticia. En ese sentido, y a lo largo de su casi centenaria historia, el Valencia CF ha sido protagonista de este tipo de episodios, desde goles encajados en últimos minutos, a derrotas en tandas de penaltis, pasando por decisivas actuaciones arbitrales en su contra. Cada aficionado, desde su propia perspectiva vital, atesora su original elenco de estos trágicos desenlaces, y, al margen de apreciaciones particulares de cada cual, objetivamente existe una coincidencia en esos momentos-cumbre que, no por agridulces, dejan de ser parte de la liturgia del club.

En la retina de cualquier valencianista seguirán  seguramente grabadas las recientes eliminatorias de semifinales de Europa League frente al Atlético de Madrid y Sevilla, a la sazón campeones esa misma temporada. Cronológicamente, fue anterior, en la temporada 2009-10, el duelo con los colchoneros: el partido de ida, celebrado en Mestalla, terminó con empate a dos, y en la vuelta, el 8 de abril de 2010, en el feudo rojiblanco,a falta de cuatro minutos para finalizar, y con empate a cero en el marcador, Juanito sujetó claramente a Zigic dentro del área, evitando el remate del serbio a gol. Ni la muestra de la camiseta desgarrada de Zigic significó evidencia de penalti alguno para el árbitro alemán Meyer, quien, con su injusta decisión, privó al Valencia de tan gran oportunidad para llegar a la final europea.

Cuatro años después, el conjunto blanquinegro volvería a ser protagonista de otro fatal desenlace para sus aspiraciones de intentar disputar la final de la Europa League. En el encuentro de ida, disputado en el Sánchez Pizjuán, el colegiado esloveno Skomina se ensañó con el club valencianista, otorgando al Sevilla el primer gol pese a ir precedido de un clarísimo fuera de juego y, posteriormente,  mostrándole asimismo una injusta tarjeta amarilla al delantero valenciano Alcácer, impidiéndole por ello participar en el partido de vuelta, al que se llegaría con un resultado favorable al equipo andaluz de dos a cero. Una semana después,el 2 de mayo de 2014, Mestalla se vestía como en sus mejores galas para ayudar a lograr la épica remontada. Para rematar la desdichada eliminatoria, al destino no le pareció suficiente con lo acontecido en el partido de ida y esta vez se erigió como abanderado para privar al Valencia de su propósito y, así, cuando, con el 3-0 en el marcador, ya se festejaba la presencia del Valencia en la final europea, el sevillista M’Bia se convirtió en auténtico villano marcando, en el minuto 94, el gol que clasificaría finalmente al Sevilla: todo un manual de referencia de la frustración competitiva quedó recopilado con  lo acontecido en esta semifinal.

Pero ese sentir depresivo que se asienta en el grupo cuando esas circunstancias adversas acontecen en una semifinal, resulta  multiplicativo si el escenario protagonista es la finalísima del torneo. Un estado de shock invade al perdedor, impotente ya sea con la falta de ayuda de la diosa fortuna o con las caprichosas decisiones arbitrales. A la intrínseca tristeza que conlleva todo subcampeonato se le une, en estos casos, un vacío tremendo existencial, en el que se niega la evidencia y no se da crédito a lo ocurrido, y en el que cualquier consuelo resulta incapaz de apaciguar el ánimo del perdedor.

De entre todas las finales disputadas y perdidas por el Valencia, algunas resultan significativas por pertenecer a esta categoría de las desgraciadas. Podría citarse como tal a la final de Copa de la temporada 1944-45, en la que, con empate a dos en el marcador, el árbitro, el recordado Pedro Escartín, dio como válido el tercer gol del Athletic (entonces, Atlético de Bilbao), marcado en flagrante fuera de juego, y a falta de minuto y medio para la conclusión, por el extremo Rafa Iriondo.

Casi veinte años después, en la final de copa de Ferias de 63-64, otro colegiado (el portugués Campos), con su parcialísima actuación evitó el que hubiera sido el tercer título consecutivo del equipo valencianista en la competición europea. Excepcionalmente no se jugó la final a ida y vuelta, sino que se celebró a partido único en el Nou Camp y contra el Zaragoza de los cinco magníficos. El gol inicial del equipo aragonés, logrado por Villa en claro fuera de juego, no fue sino el comienzo de un sinfín de atropellos de Campos para con el conjunto valenciano (gol anulado muy discutible y clamoroso penalti al delantero Guillot no señalado), rematado con señalar la finalización del partido minutos antes del noventa, con dos a uno a favor de los zaragocistas y con el Valencia totalmente volcado en pos del gol que le llevara a la prórroga. Como signo de protesta ante tan nefasta actuación, los directivos del equipo ché no acudieron a la cena oficial donde se hacía entrega de los trofeos, quedándose allí para siempre, en aquel hotel céntrico de Barcelona, la copa del subcampeón de esa edición.

Y, para cerrar la trilogía de injusticias arbitrales, habría que referirse a la final de Copa de 1970-71, a la que acudía el Valencia como flamante campeón de liga veinticuatro años después. Como rival, el FC Barcelona y, como juez de la contienda, el ínclito Sáiz Elizondo. La primera parte finalizó con uno a cero a favor del Valencia con gol de Pepe Claramunt, de penalti. Al inicio de la segunda, Paquito logró el segundo, acortando distancias cuatro minutos después Fusté. Y con el dos-uno comenzó el calvario valencianista con las decisiones partidistas del árbitro vizcaíno: anuló inicialmente por fuera de juego el gol del empate barcelonista para, posteriormente y haciendo caso omiso a su linier, darlo como válido. Resultado de las protestas de los jugadores blancos (entonces, no eran aún de nuevo blanquinegros), expulsó erróneamente a Sol por considerarle autor de haberle propinado un empujón, en realidad realizado por Vidagany. Con uno menos, el Valencia llegó a la prórroga y, de nuevo, fue damnificado por las acciones de Sáiz: esta vez, dando validez al tercer gol del Barça, pese a venir precedido de falta dentro del área de meta al portero Abelardo y de posterior remate a gol de Zabalza en flamante fuera de juego de Asensi. Aún tuvo arrestos el equipo ché de empatar, pero el postrero gol de Alfonseda resultó definitivo. El equipo ché perdía así la final, al igual que el año anterior y el siguiente, logrando, por segunda vez, una terna consecutiva de subcampeonatos  y ostentando un récord, hasta ahora, único en la historia del torneo.

En el campeonato de Copa, también el Valencia se distingue por haber sido protagonista de la única final aplazada por una lluvia torrencial estival. Con empate a uno entre el Deportivo y el Valencia, el colegiado decidió suspender el partido por impractabilidad en el terreno de juego. Con un Valencia lanzado en aras del triunfo final, no fue esta vez ni el destino ni el árbitro de turno, las inclemencias meteorológicas se encargaron de evitar el que parecía iba ser un triunfo claro valencianista. Los dioses de las tormentas, también en su contra. Con tal desdicha afrontó el conjunto blanquinegro la reanudación tres días después, consciente de que las leyes de la naturaleza le eran desfavorables, manifestándosele tal presagio cuando, al comienzo del resto del partido, Alfredo Santaelana, con su 1.69, ganó en el salto de cabeza a Andoni Zubizarreta, veinte centímetros más alto, brazos al margen. Posiblemente el entonces presidente Paco Roig se sentiría cual Felipe II en la derrota de la Armada Invencible : “Envié mis naves a luchar contra hombres, no contra los elementos”.

Y, cuando no ha habido factor externo que le pudiera perjudicar, el Valencia ha sido capaz de superarse y convertirse en el generador de su propio mal fario, como ocurrió en la temporada 1985-86, en el momento más crítico de su  historia, cuando, en la penúltima jornada del torneo, accedió a adelantar al sábado su partido en el Nou Camp contra el Barcelona (jugaba el miércoles la vuelta de semifinal de Copa de Europa contra el Göteborg), aun a sabiendas del posible perjuicio que le pudiera ocasionar: el Cádiz, que marcaba la posición de salvación, aventajaba en dos puntos al equipo valenciano; el objetivo debería haber sido llegar a la última jornada con tal diferencia de puntos o menor y dirimir el descenso en Mestalla, en un vaticinable agónico Valencia-Cádiz. Pero no. Jugó un día antes que el Cádiz-Betis. Perdió. Y los equipos andaluces, obviamente, empataron, descendiendo ese domingo, por la radio, a Segunda División por primera vez. Entonces no estaban normalizados los horarios unificados en penúltima jornada, pero el club debió haber velado más y mejor por sus derechos. Esta vez, superándose a sí mismo, decidió ser el dueño de su desgraciado azar.

Si bien, y sin caer en el típico y tópico victimismo (pues, en otras situaciones, el Valencia ha sido el antagonista de estas decepciones, como en la final de la Recopa de 1980, ganada por penaltis al Arsenal, o como cuando se benefició del empate entre Atleti y Barça para ganar la liga de la 70-71), sí que merece mención aparte la segunda final perdida de Champions frente al Bayern, en la temporada 2000-01. Tras haber perdido la del año anterior en París frente al Real Madrid, el equipo blanquinegro repetía, esta vez en sede milanista. A los diez minutos ya se habían pitado dos penaltis, uno para cada bando, con suerte dispar, pues si bien Mendieta había transformado el suyo, no así el muniqués Mehmet Scholl. Con ventaja valencianista finalizó la primera parte. Tras el descanso, el colegiado pitó un segundo penalti más que discutido a favor del Bayern que, por medio de Effenberg, esta vez sí que logró el empate a uno, guarismo que ya no varió hasta el final de la prórroga. En la tanda de penaltis, tras empatar a tres en la tanda de cinco, se prosiguió con los lanzamientos vía muerte súbita. Un fallo del argentino Pellegrino proclamó al Bayern como campeón de Europa, dejando al Valencia con el honor de ser, junto a la Juventus, el único club en perder dos finales consecutivas de la máxima competición europea. Pero, en esta ocasión, a la mala suerte y al sufrido criterio arbitral, hubo que añadirle el subyacente influjo de la norma no escrita de la compensación.

Retrotrayéndonos en el tiempo, un par de años antes el Bayern sufrió uno de los instantes más dramáticos en una final de la Champions cuando, tras ir ganando por la mínima al Manchester United, este fue capaz de remontarle en tres increíbles minutos en la prórroga: la desolación en el equipo alemán debía ser contrarrestada en la siguiente ocasión que se presentara. Y así, lo mismo que les ha pasado a otros damnificados por el destino (el Milán, ganando al Liverpool un par de años después de que el equipo inglés le ganara por penaltis, tras haberle remontado un tres-cero en la segunda parte; o el Chelsea que, luego de perder en los lanzamientos desde los once metros con resbalón incluído de su capitán Terry, se desquitó también con los penaltis contra el Bayern, después de haber forzado la prórroga en el 83, con gol de Drogba), el Valencia espera que, entre todas las fuerzas futbolísticas, le ayuden a resarcirse. Jamás en una final de Copa de Europa, con marcador ajustado, un equipo ha sufrido dos penaltis en contra: tan sólo el Valencia. Al inicialmente pitado a su favor, el árbitro optó por la compensación poco tiempo después, pero, ante el imprevisto desatino del equipo alemán, se vio obligado a pitar un segundo, muy discutible, por manos de Carboni. Con dos máximos castigos en contra en tan sólo cincuenta minutos destruyó ese obvio y manifiesto margen arbitral que se presupone en toda una final de la Copa de Europa, con el fin de minimizar el posible desequilbrio deportivo que se pudiera derivar con decisiones tan drásticas. El título nobiliario del Bayern influyó sobremanera.

Es por eso que, pese al triunfo en la copa de la UEFA en la 2003-04, el valencianismo sigue alerta y convencido de que el máximo organismo europeo está en deuda con su club. Y, muy atento, con esperanza e ilusión, no desfallecerá hasta  que se cumpla: Todos saben que al Valencia CF se le debe una Copa de Europa.

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