Escenarios

Lo que es y lo que no es “Classe”

Classe. Ángel Fígols y Maria Andrés.

¿Quién no ha tenido algún profesor que le ha cambiado la vida mientras estudiaba? ¿Hasta qué punto los alumnos cambian también la vida de los profesores? Son dos de las preguntas que se hace Classe, una coproducción de Teatreencompanyia y La Medusa, que se podrá ver del 1 al 4 y del 8 al 11 de marzo en la sala Carme Teatre.

El dramaturgo Xavier Puchades adapta a la realidad española una obra del chileno Guillermo Calderón. Ángel Fígols da vida a un profesor “nacido durante el franquismo y educado en la transición donde las luchas sociales se transformaban en democracia y frustración”. Maria Andrés es “una joven nacida en democracia en busca de un camino alternativo y diferente al de sus compañeros”. De fondo, “la progresiva degradación de la escuela pública en beneficio de la privada con la consiguiente desigualdad social”.

La obra, que forma parte de las Residencias de Creación de Carme Teatre, ha contado con Sònia Alejo como ayudante de dirección, Marc Gonzalo en la iluminación, Estíbaliz Gonzalo en el vestuario y Ana Penyas en el diseño del cartel. Para conocer más a fondo el montaje, le pedimos a Puchades que nos explique lo que es y lo que no es la obra.

Classe es:

Un artefacto teatral generador de preguntas a esas preguntas que deberíamos plantearnos sobre la vida, sobre lo que somos, sobre dónde estamos y hacia dónde vamos. Preguntas fundamentales, lanzadas desde el amor y la rabia, desde la crueldad y el patetismo. Es un teatro que reivindica la escucha, eso que olvidamos en una sociedad donde prima el parloteo de sordos. ¿Y si confiáramos de nuevo en la palabra como impulso para la acción, para reconocernos en el otro, para comprendernos, quizás, un poco mejor?

Un duelo generacional llevado al límite. Todos hemos tenido un profesor que nos ha cambiado la vida, pero a menudo olvidamos que los alumnos también provocan cambios en la vida de sus profesores. Hoy, la experiencia no se puede medir únicamente a partir de los años vividos. En este eterno presente impuesto, las fronteras de la edad se diluyen. Los más viejos todavía se creen jóvenes y los más jóvenes se piensan ancianos y en lugar de buscar lugares de encuentro, se distancian. No es casual que, en las recientes manifestaciones de jubilados, nuestros mayores estuviesen prácticamente solos. El teatro es un cruce de caminos donde establecer un diálogo con el otro.

Parte del tema de la educación y la enseñanza, del diseño de un sistema educativo obsoleto repleto de parches inútiles: sus sucesivas reformas partidistas e interesadas. Obsoleto incluso para su objetivo principal: producir individuos para el mercado laboral neoliberal. Bueno, quizás no sea tan obsoleto en este sentido, la universidad ha pasado de ser una fábrica de parados a serlo, además, de precarios. ¿Qué significa exigir una “mejor educación”? ¿Para qué educamos y para que se nos educa? ¿Sirve de algo quejarse, manifestarse? ¿Cómo hacerlo? Preguntas. Preguntas. Preguntas.

Revisa la derrota de la izquierda entendida como aquella ideología que se funda en la defensa de una clase social explotada y humillada. Para eso se supone que nació. Construir la historia de las luchas sociales a partir de idealizados mártires no ha sido de gran ayuda. Las derrotas se asimilan, se entienden y se superan, convertirlas en recuerdos nostálgicos de una lucha que ya nunca volverá, en inútil merchandising emocional, no sirve de nada. Tampoco ignorar a las minorías porque no dan votos o ignorar que la izquierda está repleta de machitos. La izquierda como herida abierta en la desmemoria colectiva.

Sobre todo, es teatro. Teatro hecho desde la necesidad de acercarse al misterio del teatro. Porque el teatro es un misterio, como la vida. Con dos intérpretes, Maria Andrés y Ángel Fígols, de generaciones, formación e intereses muy diferentes, que se enfrentan juntos, posiblemente, a uno de sus retos profesionales y vitales más grandes. Verlos en acción es una gozada. Queremos que estremezca, sacuda y zarandee tanto como nos ha estremecido, sacudido y zarandeado a nosotros.

Classe no es:

Un bote de melocotones en almíbar.

Un panfleto político.

Una classe.

“A ver si me entretienen un rato y me olvido de que la vida es un retrete”.

Una obra de teatro que hemos montado por hacer algo o para ver si el mercado se pone generoso.